La Intérprete EL CIRCUITO
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EL CIRCUITO

Desde el balcón del hotel veía helicópteros sobre el puerto, azoteas llenas de gente con copas de champán incluso a primera hora, y un desfile interminable de acreditaciones colgadas al cuello.

Bajé a la calle con Santini a mi lado. Las avenidas estaban cortadas; el coche habría sido inútil. Cruzábamos entre vallas metálicas, asistentes vestidos de blanco, invitados, periodistas… y el rugido de los monoplazas probando motores a lo lejos hacía vibrar el suelo bajo los pies.

—¿Ves? —dijo él, divertido—. Te dije que te trajeras el yate. No sé cómo has podido dormir en el hotel con todo este escándalo. —No me arrepiento —respondí—. Así siento el ambiente. —Romántica —rió. —Práctica.

Subimos por una calle lateral hasta el edificio de su apartamento. El ascensor se abrió directamente al salón.

La vista era brutal: el Casino de Montecarlo al fondo, la curva del circuito pasando casi bajo el balcón y el puerto lleno de yates blancos alineados como una exposición flotante.

Me acerqué al ventanal. —Impresionante…

—Y útil —dijo él, dejando unos documentos sobre la mesa—. Hoy no miramos coches, trabajamos.

Nos sentamos.

—El ruso viene tranquilo —explicó—. Pero su socio nuevo no. —Balcanes —dije—. Quiere consolidar Montenegro y Croacia. Puertos pequeños, más difíciles de controlar. —Exacto. Quiere sentarse con nosotros para rutas y financiación cruzada.

Asentí. —Entonces ofrecemos estructura… pero sin entrar en su territorio. —Ni él en el nuestro —añadió Santini. —Equilibrio —concluí.

Sonó el timbre.

Nos miramos.

—Ya están aquí.

Entraron sin prisa, como si el lugar les perteneciera.

El ruso, el de siempre: rostro inexpresivo, traje oscuro impecable, manos grandes. A su lado, el nuevo socio, Mikhail Petrenko: más joven, atractivo, mirada calculadora, movimientos suaves. No hablaba. Observaba.

El rugido de la carrera estalló justo cuando tomaban asiento. Los cristales vibraron.

—Buen lugar —dijo Volkov. —Discreto —respondí.

El nuevo socio miraba la curva del circuito… pero en realidad nos medía.

—Queremos estabilidad —dijo Petrenko—. Los Balcanes crecen rápido. Demasiado rápido. —El crecimiento sin estructura es un problema —respondí—. Nosotros aportamos orden. —No buscamos que entren en nuestros puertos —aclaró. —Ni nosotros en los vuestros —intervino Santini—. Solo coordinación.

Silencio.

Un coche pasó a máxima velocidad bajo el balcón. El sonido atravesó la conversación como un relámpago.

—¿Qué gana mi organización? —preguntó, mirándome directamente. —Previsibilidad —contesté—. Y acceso financiero sin exposición directa.

Se inclinó ligeramente hacia atrás. —Interesante.

Santini murmuró en francés: —No sonríe ni bajo amenaza… —Cállate —susurré. —No entienden nada.

Tuve que contener la risa.

La negociación siguió: lenta, técnica, precisa.

Finalmente, Volkov habló: —Condiciones aceptables preliminarmente.

Petrenko asintió. —Terminamos mañana.

Se levantaron.

Petrenko se acercó, tomó mi mano y la besó con una formalidad casi antigua. —Encantado de conocerla.

El gesto me sorprendió. —Igualmente.

Se marcharon. La puerta se cerró.

Silencio.

Santini me miró, divertido. — Mon dieu … cómo te miraba ese hombre. —Julien… —Ni el circuito le interesaba tanto.

Suspiré. —Mañana en el yate cerramos todo. Tenemos que prepararlo todo bien. —Y mañana —sonrió— traeré gafas de sol. Para no ver la negociación paralela.

Le empujé con el hombro.

Fuera, el rugido de los motores seguía retumbando sobre Montecarlo.

La habitación del Hôtel de Paris olía a lino limpio y madera pulida.

La cama, demasiado grande para una sola persona, estaba vestida con sábanas blancas impecables. Del balcón entreabierto llegaba el murmullo del puerto: música suave, alguna risa, un motor lejano.

Me descalcé y me dejé caer en la cama. El techo alto, las molduras doradas, la luz cálida de las lámparas. Todo era perfecto. Pero mi atención estaba en la pantalla del móvil.

Un mensaje.

Lorenzo: ¿Cómo ha ido el gran día de carreras?

Sonreí sin darme cuenta.

Yo: Interesante. Mucho ruido, muchos trajes caros… y parece que los negocios van bien.

Pasaron unos segundos.

Lorenzo: Entonces ha sido un buen día.

Me acerqué a la ventana. La luna se reflejaba en el agua negra del puerto. Hice una foto.

La envié.

Mi vista ahora mismo.

Apenas tardó en responder.

Una luna también… desde otro ángulo, más cercana al mar abierto.

Lorenzo: La misma desde Mentón.

Me quedé mirando ambas imágenes en la pantalla.

Dos cielos distintos. La misma luz.

Yo: Al menos ahora no estamos tan lejos.

Tardó un poco más en escribir.

Lorenzo: En efecto… cuento las horas para volver a verte.

Sentí algo en el estómago. Una mezcla extraña de nervios y calma al mismo tiempo. No supe qué contestar durante unos segundos.

Yo: Buonanotte, Lorenzo.

Lorenzo: Buenas noches, Sofia.

Apagué la pantalla, pero no pude dejar el teléfono. Me giré sobre la almohada.

Pensé en sus ojos, en ese tono marrón verdoso que cambiaba con la luz. En la forma tranquila en que hablaba, en su acento italiano al pronunciar mi nombre. En sus manos ajustando el casco. En su espalda al conducir la moto. En la firmeza natural de su cuerpo, sin pretensión. En ese beso.

Cerré los ojos.

Esa noche mi mente no viajó al pasado.

Solo existía la brisa del Mediterráneo entrando por el balcón, la luna sobre el agua y la inquieta sensación de que llegara el día siguiente.

Por primera vez, me dormí sin pensar en Elías.