La Intérprete EL INSTANTE
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EL INSTANTE

El Gran Premio aún no había desatado el caos. Mónaco respiraba una calma engañosa: vallas listas, gradas a medio montar, técnicos caminando por el circuito antes de la tormenta.

Estaba revisando unos documentos en la mesa del hotel cuando vibró el móvil.

Lorenzo: ¿Tienes la tarde libre?

Me quedé unos segundos mirando la pantalla. Sonreí sin darme cuenta.

Yo: Sí… creo que sí.

Tres puntos.

Lorenzo: Paso a recogerte.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

Bajé al vestíbulo intentando aparentar normalidad. Cuando salí a la entrada, allí estaba.

Apoyado en su moto, el casco colgando del manillar. Camisa clara arremangada, gafas de sol y esa sonrisa tranquila que parecía reservada solo para mí.

Se quedó mirándome un segundo más.

— Buonasera , señorita.

Me acerqué intentando no reírme.

—Empieza a gustarme demasiado ese saludo.

Se sonrojó apenas.

—Entonces tendré que usarlo con cuidado.

Nos miramos un instante en silencio.

—¿Lista?

Asentí.

Me pasó el casco. Nuestros dedos se rozaron y aparté la mano demasiado rápido. Él también.

Subí. Dudé un segundo antes de rodearle la cintura.

—Puedes agarrarte —dijo en voz baja.

Lo hice. Su respiración cambió apenas.

Salimos de Mónaco por la corniche. El mar se abría abajo, azul y quieto, mientras el aire olía a sal y pino.

Las curvas, el sonido grave del motor y la cercanía de su cuerpo me obligaban a mantener la atención en algo más que en él.

Mis manos en su torso. Su espalda bajo la camisa. El viento enredando mi pelo en su cuello.

No hablábamos.

No hacía falta.

Llegamos a Mentón.

La ciudad caía hacia el mar en tonos cálidos, apretada entre la montaña y la frontera. Fachadas suaves, luz dorada, una calma distinta a la de Mónaco.

—Bienvenida a mi territorio —dijo.

Caminamos por el casco antiguo hasta un pequeño puesto de helados.

Un hombre mayor levantó la vista.

—¡Lorenzo! Hoy traes compañía —dijo en italiano, guiñándome un ojo.

—Solo intenta impresionarme —respondió él.

—Ah, ¿sí? —el hombre me miró—. Entonces te hará probar el mejor gelato de la Riviera.

—Eso espero.

El hombre le dio un pequeño golpe en el hombro.

—Si no la besas antes de que llegue el verano, te cobro el doble.

Se me escapó una risa.

Lorenzo negó con la cabeza, rojo.

—Ignóralo.

Nos reímos los tres.

Después fuimos a Saint-Jean-Cap-Ferrat.

En la Plage Paloma, el mar se recogía en una curva luminosa, protegido por pinos y roca clara. El agua, turquesa, parecía moverse sin prisa.

Nos sentamos cerca de la orilla. El sonido del agua contra las piedras llenaba los silencios.

No hablábamos mucho. Mirábamos el horizonte, o nuestras manos, apoyadas en la misma piedra, sin tocarse.

Todo estaba demasiado presente.

—Estás bellísima esta tarde —dijo de pronto.

Giré la cabeza.

— Grazie …

Me miró.

Sostuve su mirada un instante, bajé a sus labios y volví a sus ojos.

Ninguno parecía saber quién debía moverse primero.

Nos acercamos casi al mismo tiempo.

El beso fue lento, sin prisa, sin necesidad de explicarse. Suave al principio, luego más profundo. Cálido. Natural, como si ya hubiera ocurrido antes.

El mundo quedó reducido al sonido del mar.

Nos separamos apenas.

Sonreímos.

—Llevaba semanas pensando en esto —susurró.

—Yo también.

Reímos, apenas

Al anochecer regresamos al hotel.

Se quitó el casco y se detuvo en mis ojos.

—Me ha encantado esta tarde.

—A mí también —respondí, demasiado consciente de mi voz.

Dudó y volvió a besarme.

Más breve. Más seguro.

—Avísame cuando tengas algo de tiempo —dijo—. Me gusta perderme contigo.

—Lo haré.

Entré al hotel.

Antes de cruzar la puerta, miré atrás.

Seguía allí, apoyado en la moto, sonriendo.

Esta vez no dudé en devolverle la sonrisa.