EL REENCUENTRO
El jet comenzó el descenso sobre la bahía de Niza mientras el sol caía hacia el horizonte.
Desde la ventanilla, el Mediterráneo parecía una lámina de oro líquido. Los barcos dejaban estelas blancas y la costa serpenteaba entre villas y puertos.
Pero yo apenas veía el paisaje.
Tenía el estómago encogido.
No por el viaje. No por los negocios.
Por él.
Sabía que estaría allí abajo.
Se había ofrecido en venir a buscarme y, desde que me lo dijo, no había conseguido pensar en otra cosa.
Demasiadas semanas imaginando ese momento.
El avión tocó pista suavemente.
Respiré hondo.
Ridículo.
He negociado con hombres armados, he cerrado acuerdos millonarios sin pestañear y ahora me tiemblan las manos.
La puerta de la terminal se abrió.
El aire de la Costa Azul me golpeó cálido, con ese olor salino mezclado con queroseno que siempre anunciaba la llegada.
Y entonces lo vi.
A unos metros, apoyado en su moto negra de líneas clásicas.
Casco en la mano.
Mirándome.
Y sonriendo.
El corazón me dio un salto absurdo.
Caminé hacia él intentando mantener la compostura mientras descargaban mi equipaje hacia un coche negro.
— Buona sera …
Inclinó apenas la cabeza.
—Buenas tardes, señorita —dijo en español, con ese acento italiano suave que parecía acariciar cada palabra.
Tuve que apartar la mirada un segundo.
—No tenías que venir —dije—. No hacía falta.
Sonrió.
—Tenía ganas de verte.
No supe qué responder.
Asentí.
Se colocó el casco y me ofreció el otro.
—¿Preparada?
—Sí…
Mentira.
Subí a la moto con cuidado.
Al apoyar las manos en su cintura sentí el calor de su cuerpo bajo la camisa.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
Arrancó.
La carretera costera se abrió ante nosotros: curvas suaves, el mar a la izquierda, el viento levantando mechones de mi pelo bajo el casco.
Me aferré un poco más en una curva cerrada.
No dijo nada. Yo tampoco.
Pero la cercanía hablaba sola.
Las luces de Mónaco aparecieron antes de que quisiera admitirlo.
Grúas, vallas, estructuras metálicas… el circuito ya estaba tomando forma.
Entramos en Montecarlo.
Se detuvo frente al Hôtel de Paris Monte-Carlo.
Me quité el casco.
—Es aquí, ¿no? —preguntó.
—Sí.
Miré la fachada iluminada: mármol claro, balcones elegantes y una luz cálida que lo envolvía todo.
—No esperaba menos.
Sonreí.
—Primera vez en el circuito.
—Verás, estas calles —señaló— en unos días serán otra cosa.
—Lo imagino.
Me miró.
—¿Cuántos días te quedas?
Dudé.
—Unos días de trabajo… y luego, quizá, algo más.
Sonrió despacio.
— Bravissima .
Bajó la mirada un segundo.
—Así podré enseñarte algunos rincones de la zona.
—Sí…
Bajé los ojos.
—Tengo algo de trabajo ahora —añadió—. Me habría quedado más.
—Lo entiendo, no te preocupes.
Hubo un breve silencio.
Nos acercamos para despedirnos y, otra vez, los dos hacia el mismo lado. Nos detuvimos a centímetros. Reímos, suaves.
Cambiamos, torpes, y esta vez sí: dos besos.
Demasiado cerca.
Entré en el hotel.
Antes de cruzar la puerta, me giré.
Seguía allí, mirándome.
Sonreí.
Él también.
Y esta vez no aparté la mirada.