La Intérprete LE GUSTAS
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LE GUSTAS

La mañana en Miami amaneció limpia, sin una nube.

Desde la cocina acristalada entraba una luz dorada que se reflejaba en la encimera de mármol.

Desayunaba despacio.

Por una vez no había prisa. Solo el sonido lejano del jardín y el murmullo del aire acondicionado.

La mesa tembló apenas.

Santini.

Sonreí antes de contestar.

— Bonjour , marsellés. ¿A qué debo el honor tan temprano?

—Sophie — su voz tenía ese tono cálido y ligeramente irónico de siempre —. Te llamo porque dentro de poco llega el circuito de Montecarlo.

—Lo sé —bebí café—. Como cada año estará todo abastecido.

—No te llamo por eso.

Me recosté en la silla.

—Entonces es interesante.

—Vendrá Sergei Volkov, como siempre —dijo—. Pero esta vez trae a un socio. Mikhail Petrenko. Está entrando fuerte en los Balcanes… Montenegro, Croacia, puertos pequeños. Quiere sentarse con nosotros.

Dejé la taza con calma.

—Eso sí es una buena noticia.

—Nuestros negocios con Volkov han ido tan bien que quiere ampliar.

—Perfecto. Me gusta cuando las cosas funcionan.

Se rió bajo.

—Te necesito aquí. Ya sabes cómo son estos rusos… no sonríen ni cuando les regalan un Ferrari.

—Ni cuando ganan dinero.

—Exacto. Y contigo sonríen un poco más. Milagro español.

Reí.

—De acuerdo. Además… ya echaba de menos la Costa Azul.

—¿La Costa Azul…? ¿o territorios italianos?

Rodé los ojos.

—Julien…

—¿Cómo os va?

Silencio breve.

—¿Qué quieres decir?

—Me han dicho que habláis bastante.

—¿Te ha dicho eso?

—Yo no voy a decir nada.

—Julien…

Se rió.

—Le gustas.

Sentí el calor subir por el cuello.

—¿De verdad?

—Sophie, soy empresario, no ciego.

—Eres un cotilla.

—Y tú suenas como una adolescente.

—Cállate.

—Bueno —cambió el tono—. Te espero en Montecarlo. Y trae el yate. Durante el circuito no se puede ni entrar por las calles. Une catastrophe .

—Lo valoro y te confirmo.

— À bientôt .

— À bientôt , Julien.

Colgué.

La cocina volvió al silencio.

Miré el café, ya frío.

Le gustas.

Sonreí sin querer. Hacía tiempo.

Apoyé los codos en la mesa.

No pensé en negocios, ni en territorios, ni en estrategias.

Solo en una mirada. Y en una voz pronunciando mi nombre.

Me sentí ligera.

Y eso no era habitual.