La Intérprete LA MOTO GUZZI
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LA MOTO GUZZI

A la mañana siguiente me desperté antes de que sonara el teléfono.

No por obligación.

Por nervios.

Cuando bajé las escaleras de la casa de Santini, lo vi.

Estaba apoyado en una Moto Guzzi negra, con el casco en la mano.

Levantó la mirada.

Y sonrió.

Fue una sonrisa segura… y ligeramente tímida a la vez.

Y eso me desarmó más que cualquier otra cosa.

— Buongiorno , Sofía.

— Buongiorno —respondí disimulando mis nervios.

Me ofreció el casco.

—Prometo conducir despacio.

Me ayudó a subir a la moto con una naturalidad delicada, como si tuviera miedo de incomodarme.

Me senté detrás de él.

Al principio dudé dónde colocar las manos.

Hasta que la moto arrancó y la primera curva me obligó a decidir.

Le rodeé la cintura.

Su cuerpo estaba cálido bajo la camisa.

Firme.

Noté cómo él contenía un leve suspiro.

El motor vibraba bajo nosotros mientras descendíamos por la carretera costera.

Las curvas sobre el Mediterráneo eran suaves pero constantes. A la derecha, el mar brillaba azul profundo. A la izquierda, acantilados cubiertos de vegetación y villas escondidas entre pinos.

El viento me movía el cabello. El olor a sal se mezclaba con gasolina y verano.

Mi pecho rozaba su espalda en cada frenada suave.

Por primera vez en mucho tiempo, no había estrategia. No había cálculo.

Solo sensación.

Cuando tomamos la curva que abría la vista al Peñón de Mónaco, lo vi aparecer imponente sobre el mar.

El Palais Princier se alzaba blanco, solemne, antiguo, dominando todo el puerto de Montecarlo.

Lorenzo redujo la velocidad.

—Impresiona la primera vez.

—Mucho —susurré.

Aparcó cerca y me ayudó a bajar.

Caminamos hacia la entrada, entre turistas discretos y el silencio respetuoso de los muros.

—Fue construido en el siglo XIII como fortaleza genovesa —dijo mientras subíamos las escaleras—. Después se transformó en residencia palaciega. Si miras bien, se distinguen las capas.

Yo lo miraba más a él que a las piedras.

—Tienes una forma increíble de explicar las cosas.

Sonrió, bajando la mirada un instante.

—Es deformación profesional.

Dentro, las salas estaban llenas de frescos, tapices y techos dorados.

Se movía con familiaridad. No como un turista, sino como alguien que respetaba lo que miraba.

—Este fresco se restauró hace veinte años. El pigmento original estaba casi perdido —dijo, acercándose a la pared—. El error es querer que lo antiguo parezca nuevo. La buena restauración respeta las cicatrices.

Lo escuchaba con atención real.

—Eso es bonito.

—¿El qué?

—Que no todo tenga que parecer perfecto para tener valor.

Me miró entonces de una manera distinta.

Más profunda.

Seguimos recorriendo salas, balcones, patios interiores.

No hubo silencios incómodos. Solo pausas suaves.

Al salir, el sol ya estaba alto.

Compramos dos crepes en un pequeño puesto cercano y nos sentamos en una repisa de piedra desde donde se veía Montecarlo extendido abajo.

El puerto estaba lleno de yates blancos. Las fachadas claras. El Mediterráneo infinito.

Él apoyó los codos en las rodillas.

—No es un plan sofisticado, como a los que debes de estar acostumbrada —dijo, señalando la crepe que llevaba en la mano. Negué suavemente, sintiendo cómo algo tibio crecía en mi pecho. —Es un plan perfecto —susurré—. No lo cambiaría por nada. Sonrió con timidez. —¿Vives en Miami todo el año?

—Sí.

—Nunca he estado.

—Te gustaría. Hay un barrio lleno de murales. Te volverías loco fotografiándolo.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Arte urbano?

—Mucho. Gigantesco. Caótico. Vivo.

—Me encantaría verlo.

—Entonces tendrás que venir.

Nos miramos unos segundos más de lo normal.

Demasiado tiempo.

El viento movía suavemente mi vestido.

Al volver a la moto, el aire parecía distinto. Más denso.

Al llegar a la casa de Santini, bajé lentamente.

Nos quedamos frente a frente.

Hubo un silencio breve. No incómodo.

Solo cargado.

Lorenzo se pasó la mano por la nuca, con una vacilación apenas perceptible.

—Sofía… —dijo, con esa educación tan suya—.

No sé si es demasiado pronto, pero… ¿me darías tu número?

Mi corazón dio un pequeño salto. —Claro —respondí, procurando que la voz no delatara nada.

Saqué el teléfono y se lo tendí. Anotó el suyo también, con cuidado, como si aquel gesto pesara más de lo que parecía.

Me devolvió el móvil.

—Por si algún día decides enseñarme ese barrio de arte en Miami.

Sonreí.

—Y por si algún día vienes a descubrirlo.

Su sonrisa se ensanchó, suave.

Empecé a subir las escaleras y sentí su mirada en la espalda. Antes de entrar, me giré. Él seguía allí, apoyado en la Guzzi. Sonrió. Yo también.

Aquello no era fuego. Era algo más profundo, más lento, más difícil de nombrar.

Al día siguiente, subí la escalerilla del jet sin mirar atrás.

El motor rugió y la Costa Azul empezó a hacerse pequeña bajo mis ojos. No pensaba en negocios, ni en estrategias, ni en enemigos. Solo en una mirada. Y en una voz que aún parecía rozarme la memoria.