ENTRE DOS CONTINENTES
El avión privado aterrizó en Miami al atardecer.
Desde la ventanilla vi el perfil de Miami recortado contra el cielo naranja. Todo estaba exactamente donde lo había dejado. Mis edificios. Mis clubes. Mi ciudad.
Y, sin embargo… algo no estaba igual.
—Bienvenida a casa, señora —dijo el Seco al verme.
Casa. Qué palabra tan extraña. Todo estaba impecable: el jardín iluminado, la piscina inmóvil como un espejo.
Me serví una copa de vino y salí a la terraza.
Todo funcionaba. Los números eran perfectos. Florida era oficialmente mía. Santini celebrando. Ríos fuera del tablero.
Había ganado.
Entonces, ¿por qué no sentía esa euforia feroz que solía acompañarme?
Apoyé los codos en la barandilla y miré el skyline.
No pensaba en guerras. Pensaba en una Guzzi oscura, en una sonrisa apenas contenida, en unos ojos marrón verdosos que no me miraban como un trofeo ni como una amenaza, sino como si yo fuera simplemente una mujer interesante.
Me sentía distinta por dentro. Eso me desconcertaba.
Me sorprendí cogiendo el teléfono. Lo desbloqueé. Dudé un segundo. Y volví a bloquearlo.
No.
Que escriba él si quiere.
Yo no persigo.
Aquella primera noche no dormí pensando en estrategias, sino en una sonrisa.
Pasaron cuatro días.
Cuatro días de reuniones, contratos, supervisión de clubes, entrevistas con arquitectos para las nuevas reformas. Todo impecable.
Y, aun así, cada vez que vibraba el teléfono, mi corazón hacía algo extraño.
La tarde del cuarto día estaba en el despacho cuando llegó el mensaje.
Lorenzo Bianchi.
Respiré antes de abrirlo.
Ciao Sofía. Come stai? He visto una pequeña exposición en Mentón que me ha hecho pensar en ti. Colores muy vivos, muy valientes. Sonreí sin darme cuenta.
Respondí con calma.
¿Valientes como yo o imprudentes como yo?
Tres puntos.
Escribiendo…
Valientes. La imprudencia suele esconder inseguridad. Tú no pareces insegura.
Me quedé mirando la pantalla.
Si supiera.
No siempre lo que parece es lo que es.
Pasaron unos minutos.
Eso lo hace interesante.
Simple, limpio, sin presión. No me pedía nada ni insinuaba nada. Y eso… eso me movía más que cualquier seducción evidente.
Esa noche seguimos hablando: de arte urbano en Miami, de cómo el salitre dañaba las esculturas, de la luz distinta entre la Costa Azul y Florida.
Me gustó cómo escuchabas en el palacio. No es habitual.
Me sorprendió que se hubiera fijado.
Escuchar es más rentable que hablar.
Eso lo diría una mujer inteligente.
Sonreí.
Había algo constante.
Tranquilo.
Nuevo.
Una semana después, seguíamos escribiéndonos cada día. No todo el tiempo, ni con ansiedad, pero había una continuidad suave.
Una noche me quedé sola en el jardín, pensando en lo diferente que era todo. Con Thiago, el fuego inmediato. Con otros, el poder. Con Elías… el destino. Con Lorenzo… una pausa.
Me hice una pregunta que hacía años no aparecía: ¿y si no necesito conquistar nada más?
Me incomodó. Yo funcionaba con objetivos, con expansión, con estrategia.
Pero entonces Lorenzo me escribió:
Hoy he restaurado un marco del siglo XVIII. Tenía grietas invisibles que solo aparecían bajo cierta luz. Me hizo pensar que a veces lo más frágil es lo más valioso.
Sentí algo distinto. No era deseo ni obsesión, sino curiosidad. Y la curiosidad… no se controlaba.
Me descubrí imaginando su taller: la luz entrando por una ventana alta, él concentrado, las manos firmes, el silencio compartido.
Cerré los ojos. Hacía mucho tiempo que alguien no me descolocaba, que me hacía medir las palabras, que me hacía sentir… pequeña, en el buen sentido. Y eso me inquietaba más que cualquier operativo.
Apoyé la cabeza en la hamaca y miré el cielo de Miami. Quizá no todo tenía que ser guerra. Quizá podía existir algo que no necesitara dominar.
El teléfono vibró.
Buonanotte, Sofía.
Sonreí. No contesté enseguida. Lo hice unos minutos después.
Buongiorno, Lorenzo. Disfruta del amanecer en Europa.