A DOMANI
El tercer día amaneció distinto.
Sin música alta. Sin fotógrafos. Sin invitados entrando y saliendo.
Solo el círculo reducido.
El jardín trasero estaba preparado para un brunch luminoso. Mesas alargadas de madera, vajilla blanca, jarrones bajos con flores silvestres. El mar brillaba al fondo y una brisa ligera movía las copas de los árboles.
No más de diez personas.
Los íntimos.
Cuando entré al jardín, lo vi.
Lorenzo estaba de pie junto a la mesa. Pantalón beige claro, camisa blanca arremangada, gafas de sol colgando del cuello. Sin chaqueta. Sin artificio.
Simple.
Y aun así… impecable.
Cuando me vio, sonrió.
Me acerqué.
Y entonces ocurrió.
Nos inclinamos para saludarnos y, por pura torpeza, coincidimos en el mismo lado. Las mejillas no llegaron a encontrarse y, por un instante, nuestros labios quedaron demasiado cerca.
Demasiado.
Retrocedimos a la vez.
— Scusa … —dijo, riendo bajo. —Perdón… —murmuré.
Sentí el calor subir a las mejillas.
Segunda vez. Esta vez bien.
Dos besos correctos.
Pero la electricidad ya estaba ahí.
Nos sentamos. El brunch comenzó.
Croissants, fruta fresca y huevos benedictinos. El resto llenaba la mesa con una precisión casi excesiva.
Conversaciones cruzadas. Risas suaves. Porcelana.
Lorenzo quedó sentado a mi derecha
Demasiado cerca.
—¿Conoces bien la zona? —preguntó mientras se servía café. —Poco. Siempre que vengo es por trabajo. Llego y me voy.
—Eso suena triste —dijo, con una sonrisa leve.
Antes de que pudiera responder, Santini intervino:
—Sophie no descansa nunca. Trabaja demasiado. Es insoportablemente seria. —No soy seria —protesté.
—Es responsable —dijo Lorenzo, mirándome de reojo—. Eso está bien.
Me sorprendió. No exageraba. No halagaba.
Solo constataba.
—¿Cuántos días te quedas? —Una semana, quizá. No mucho más. Tengo trabajo.
Julien soltó una carcajada. —¿Ves?
Rodé los ojos. —Alguien tiene que sostener el mundo.
—El mundo puede esperar —dijo Lorenzo, con suavidad.
Lo miré. No supe qué responder.
—¿Has visitado el Palais Princier? —preguntó. —Nunca.
—Deberías. Hay restauraciones impresionantes.
Hablaba con una calma que no buscaba convencer. Solo compartir.
—Mañana puedo enseñártelo… si te apetece.
Silencio.
Mi corazón dio un pequeño salto absurdo.
—Claro —respondí—. Me encantaría.
Demasiado rápido.
Lorenzo sonrió. Sin triunfo.
—Perfecto.
—¿Cómo os conocisteis? —preguntó después.
Julien y yo nos miramos.
—En una reunión de trabajo —dijo él. —Muy aburrida —añadí.
—Hasta que empezó a hablar ella —corrigió Julien—. Traducía más que palabras.
—Exagera.
—No —insistió—. En diez minutos supe que era la persona más inteligente de la sala.
Lorenzo me miró, divertido. —Conociéndote seguro que intentaste ligar con ella —rió.
—Claro que lo intentó —dije. —Con elegancia —protestó Julien.
—No funcionó —respondimos a la vez.
—Me ignoró con una frialdad quirúrgica. —Le puse límites con educación.
Julien sonrió. —Y aun así quise tenerla cerca.
Hubo un silencio cálido.
—Primero trabajo —dije—. Luego respeto. Luego amistad.
—De la que no se rompe —añadió él.
Lorenzo asintió despacio. —Se nota.
Julien se recostó. —Con Lorenzo fue distinto. Nos conocemos desde la universidad.
—Dos semanas —corrigió él riendo. —Dos gloriosas semanas —replicó Julien—. Hasta que decidió que odiaba los números.
—Descubrí que prefería trabajar con las manos.
—Y se pasó a Bellas Artes —añadió Julien.
—Mi padre pensó que estaba loco.
—Ahora restaura piezas que valen más que nuestras primeras inversiones.
—Eso es mérito de los artistas —respondió Lorenzo, tranquilo.
Lo miré.
—Me gustaría ver tu taller algún día.
—Cuando quieras. No es lujoso… pero es auténtico.
Esa palabra quedó suspendida.
Después llegaron las anécdotas, las risas.
Y mientras escuchaba, noté algo.
Cada vez que alguien hablaba de mí, Lorenzo me miraba.
No con juicio. No con interés superficial, sino con atención. Como si estuviera descubriendo algo que le gustaba.
El resto del brunch transcurrió entre conversaciones más personales. Historias de infancia, viajes, pintura italiana, arquitectura francesa.
Yo escuchaba.
Y cuando Lorenzo hablaba, me distraía.
No por lo que decía.
Por cómo lo decía.
La forma en la que movía las manos. La voz, cálida, ligeramente grave. El acento cuando pronunciaba mi nombre.
Al despedirnos, el ambiente ya era tranquilo. Algunos empezaban a marcharse.
Lorenzo se acercó.
Dos besos. Esta vez sin torpeza.
Se inclinó apenas más cerca.
— A domani , Sofía.
Ese acento.
Cerré los ojos un instante.
— A domani .
Cuando se alejó, sentí su mirada aún sobre mí.
Y, desde el otro lado del jardín, Santini levantó las cejas con una sonrisa que lo decía todo.
Hacía tiempo que nadie conseguía dejarme sin respuesta.
Y eso me desconcertaba más que cualquier operación militar.
La mansión fue quedando en silencio.
Uno a uno, los invitados se despidieron. Las luces del jardín se atenuaron. La música se apagó. Quedaron el murmullo del mar y el viento moviendo las palmeras.
Julien y yo nos quedamos solos.
Él apareció con dos copas y una botella.
—Tranquila —dijo—. No es vodka.
Sonreí.
—Menos mal. No pienso repetir Moscú.
—Pamplemousse. Champagne con pomelo. Elegante. Nada ruso esta noche.
Levanté mi copa.
—A tu salud, cumpleañero insoportable. —A la mujer más poderosa que conozco.
Nos tumbamos en dos hamacas blancas frente al jardín abierto al cielo. Las estrellas sobre Mónaco parecían más cercanas.
Bebimos.
El aire era fresco. Me acomodé descalza, el vestido recogido sobre las piernas.
—Gracias por invitarme —dije tras un silencio cómodo—. Hacía mucho que no vivía algo así.
Julien me miró de lado.
—Hacía mucho que no te veía así.
Sonreí, sin discutir.
—Te lo has trabajado.
—Cumplo años. Y sigo vivo. Había que celebrarlo.
Hizo una pausa.
—Sophie, te has pasado con el regalo, Sophie. No era necesario.
Sonreí.
—Claro que era necesario. ¿O pensabas que lo hacía solo por generosidad?
—Ah, ¿no?
—Era una excusa perfecta para obligarte a venir más a Miami. Ahora eres oficialmente dueño de varios clubes allí. Tendrás que supervisar. Pobrecito tú.
Se llevó la mano al pecho, teatral.
—Qué sacrificio tan terrible.
—Exacto. Sol, playa, buenos restaurantes… sufrirás muchísimo.
Se rió y luego me miró con esa expresión que solo él sabía poner, mitad orgullo, mitad cariño.
—De verdad… gracias. No todo el mundo tiene una amiga así.
—Y no todo el mundo se merece una —respondí, guiñándole un ojo.
Hubo un silencio cómodo.
—Aunque creo que ahora no soy yo el único que tendrá motivos para cruzar el Atlántico —añadió, con una media sonrisa.
Lo miré fingiendo inocencia.
—No tengo ni la más remota idea de a quién te refieres.
—No me hagas hablar.
Silencio.
—Así que mañana te vas al Palacio de Mónaco —dijo al fin.
Cerré los ojos.
—Cállate.
—Te has quedado sin palabras.
—Totalmente.
Rió.
—Sophie… estás distinta.
—Ya lo sé.
—¿Qué te pasa?
Dudé.
—No lo sé. Me quedo sin respuesta cuando me mira.
Julien sonrió.
—Eso es nuevo.
—Es ridículo.
—No. Es interesante.
Me giré hacia él.
—Debe de pensar que soy idiota.
—Si pensara eso, no sería lo bastante inteligente. Y lo es.
Miramos al cielo.
—Lorenzo es buena persona —dijo—. No pertenece a este mundo.
—Ya.
—Y eso lo hace diferente.
—Y es guapísimo —murmuré.
Julien giró la cabeza.
—Ah. Por fin.
Le lancé una almohada.
—Idiota.
—Y lo sabe. Pero no juega con eso.
Silencio.
—Creo que se ha fijado en ti —añadió.
Sentí el calor subir por el cuello.
—No digas tonterías.
—Te ha mirado todo el día.
No respondí.
—Hacía tiempo que no te veía así —repitió, más bajo.
Tragué saliva.
—Desde hace mucho —dije.
El nombre no hizo falta.
Julien lo entendió.
—Vive el presente, Sophie.
Cerré los ojos.
—Lo intento, pero no es fácil.
—No compares. No todo tiene que doler para ser intenso.
Miré las estrellas.
—Con él es distinto.
—¿Mejor?
—No lo sé. Más… tranquilo.
—Eso asusta más.
Sonreí.
—No puedo controlarlo. No me había pasado antes.
—Por eso te gusta.
Chocó su copa con la mía.
—Mañana vas a ir a ese palacio. Y no vas a pensar. Solo vas a estar.
Lo miré.
—¿Y si me equivoco?
—Si te equivocas, sobrevivirás. Vive el presente, Sophie.
Sonreí.
Nos quedamos en silencio.
El mar seguía ahí. Las estrellas también.
Los planes y las amenazas dejaron de importar. Solo quedaba una mirada. Y un “ a domani ” que aún me rozaba la piel.