La Intérprete MIRADAS
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MIRADAS

El segundo día amaneció más lento.

La euforia del cumpleaños dio paso a algo más íntimo, más elegante. La mansión seguía llena, pero el ritmo había cambiado: ya no era una celebración desbordada, sino una cena al aire libre, con la brisa salada entrando desde el mar.

El jardín estaba dispuesto con mesas redondas vestidas de lino marfil. Velas en faroles de cristal, flores blancas y verdes. Plata antigua. Copas finas bajo la luz cálida suspendida entre los árboles.

Al fondo, un cuarteto de cuerda tocaba suave. El mar brillaba a lo lejos.

Cada asiento tenía una tarjeta con el nombre escrito a mano.

Busqué la mía.

Estaba en el lateral derecho de la mesa principal.

Y justo enfrente…

La tarjeta de Lorenzo Bianchi.

Levanté la vista.

Santini, al otro extremo, me observaba con esa sonrisa maliciosa de marsellés satisfecho.

—Te voy a matar —murmuré.

Él levantó su copa en señal de brindis.

Tomé asiento intentando aparentar absoluta naturalidad.

No mires demasiado. No le des importancia .

Demasiado tarde.

Lo vi acercarse. Camisa azul oscuro, chaqueta ligera, el cabello aún húmedo, como si acabara de ducharse.

Cuando levantó la vista y nuestros ojos se encontraron, sonrió.

Sin prisa.

— Buona sera .

— Buona sera .

Su italiano era perfecto. El mío… aprendido entre clases, negocios, y necesidad.

—Hablas italiano —dijo, sorprendido.

—Un poco.

—Tienes un acento muy bonito.

Sentí cómo el calor me subía al rostro.

—Es práctico para negociar en Europa.

—No suena a negociación. Suena… suave.

Bajé la mirada hacia la servilleta. No podía sostenerle los ojos más de unos segundos.

Y eso me desconcertaba.

Yo sostenía miradas en interrogatorios, en negociaciones, frente a hombres armados.

Pero aquella mirada marrón verdosa era distinta. No invadía. Observaba.

Y me inquietaba.

La conversación empezó a fluir. Viajes, arte, anécdotas de juventud de Julien.

Un amigo contó una historia vergonzosa sobre Santini en Marsella cuando tenía dieciocho años. Risas.

Yo participé. Reí. Comenté.

Pero cada vez que levantaba la vista, lo encontraba mirándome.

No de forma descarada.

Simplemente… ahí.

Y yo volvía a bajar la cabeza.

—Estás muy callada hoy —dijo en español, con ese ligero acento italiano.

Dios.

Su acento me resultaba peligrosamente atractivo.

—Estoy observando. —Eso hacen los restauradores. —Y los estrategas.

Sonrió.

—Entonces somos parecidos.

Nos miramos un segundo más de lo prudente.

Complicidad.

La música cambió cuando sirvieron el postre.

Y apareció la tarta.

Enorme, elegante, con “ Joyeux Anniversaire Julien” en dorado. Velas altas, bengalas encendidas.

Todos comenzaron a cantar. Santini se puso de pie exagerando reverencias.

—¡Gracias, gracias, plebeyos!

Risas.

Después llegaron los regalos.

Primero los de humor.

Un marco con una foto suya a los veinte, peinado imposible. Carcajadas.

Una placa: “Experto en finanzas… y en inversiones sentimentales de corto plazo”.

Más risas.

Luego, los elegantes: un reloj suizo, un vino de colección, un pequeño cuadro.

Y entonces llegó el mío.

No era una caja.

Era una carpeta de cuero oscuro.

Santini me miró.

—Por favor dime que no es un contrato. —Depende de cómo lo mires.

La abrió con teatralidad.

Le bastaron unos segundos.

—No.

Me miró.

—No. —Sí.

—¿Estás presumiendo de tus nuevos clubes en Miami? —No.

Sostuve su mirada.

—Son tuyos.

Silencio.

—¿Qué significa eso?

—Que es tu regalo de cumpleaños. Transferencia ya registrada. Cambié el nombre legal antes de venir.

Se quedó inmóvil.

—No puedo aceptar esto. —Claro que puedes.

—Sophie… esto es demasiado. —Para mí no.

Nos miramos.

Había emoción real en sus ojos.

—Eres imposible. —Lo sé.

Se levantó y me abrazó delante de todos.

Fuerte.

—Merci. —Feliz cumpleaños.

La música volvió a subir. Champagne, baile, copas alzándose.

Y mientras todo giraba alrededor de Santini, levanté la vista.

Lorenzo me miraba.

No con sorpresa. No con ambición. Con algo más difícil de nombrar.

Bajé la mirada, con una sonrisa leve.

Hacía tiempo que nadie conseguía descolocarme así.

Y su mirada… seguía ahí, instalada en mi cabeza.