LORENZO BIANCHI
Mónaco siempre tenía algo teatral. Como si cada rincón recordara que allí la belleza y el exceso convivían sin pedir disculpas.
Llevaba un vestido largo color esmeralda, de seda ligera. Nada estridente. Elegancia silenciosa. Tacones finos y cabello suelto.
Aquella noche no iba como la Intérprete.
Iba como Sofía.
La mansión se alzaba en una colina privada con vistas abiertas al mar mediterráneo. Terrazas escalonadas, jardines iluminados con faroles bajos, una piscina infinita fundiéndose con el horizonte y música en vivo flotando en el aire: saxofón suave sobre bases electrónicas elegantes.
Risas. Copas. Sal y jazmín.
No había trajes grises ni miradas calculadoras. Eran amigos. Gente que abrazaba de verdad.
Apenas entré, lo vi.
Santini.
Traje claro, camisa abierta sin corbata, sonrisa amplia. Caminó hacia mí sin protocolo.
—Sophie.
No fue un saludo. Fue casi un suspiro.
Me abrazó fuerte. De verdad fuerte. Yo también lo hice.
—Estás vivo —murmuré cerca de su oído.
—Y tú también —respondió—. Y eso ya merece tres días de celebración.
Me separé para mirarlo.
—Te queda bien cumplir años.
—Y a ti casi morir. Te has puesto aún más insoportable.
Reí.
— Bon anniversaire , marsellés.
—Ahora sí lo es.
Me tomó de la mano y me guió hacia la terraza principal.
La música subió. Las luces doradas iluminaban las mesas largas, mariscos, fruta fresca, champán francés, vinos italianos. La gente bailaba descalza sobre la piedra tibia.
Y entonces lo vi.
Alto. Moreno. Camisa blanca arremangada, pantalón oscuro. Cuerpo atlético sin ostentación. Cabello ligeramente desordenado.
Ojos marrón verdosos. Inquietos. Cambiantes con la luz.
Estaba riendo con dos personas más cuando Julien los interrumpió.
—Lorenzo.
El hombre alzó la mirada.
Y cuando sus ojos se posaron en mí, el tiempo hizo algo extraño.
Me recorrió un cosquilleo traicionero
Fue… pausa.
—Te presento a Sofía —dijo Julien—. Mi persona favorita en el mundo después de mí mismo.
—Eso es discutible —respondí.
Lorenzo sonrió. Una sonrisa suave, honesta.
— È un piacere .
Su voz era cálida, grave, italiana sin exageración.
—El placer es mío.
Me tendió la mano, y cuando la estreché noté la firmeza tranquila de alguien que no intentaba impresionar.
—Julien habla mucho de ti —dijo él.
Lo miré de reojo.
—¿Para bien o para advertirte?
—Para admirarte.
Esa palabra me descolocó un segundo.
—Cuidado —intervino Julien—. Es restaurador de arte. Tiene tendencia a idealizar cosas bellas.
Lorenzo negó con una leve risa.
—Restauro piezas antiguas. Nada más.
—“Nada más” —repetí—. Eso suena humilde.
—Lo es. Vivo en Mentón, frontera con Italia. Taller pequeño. Mucho polvo, mucha paciencia.
—Suena solitario.
—Lo es. Es minucioso. Y silencioso.
Sus ojos volvieron a los míos y algo en esa mirada era… profundo. Sin prisa. Sin cálculo.
Y, de pronto, me sentí incómodamente consciente de mí misma.
Yo, que negociaba con hombres peligrosos.
Yo, que había mirado a la muerte sin pestañear.
Allí, frente a un restaurador de arte, me sentí… tímida.
—¿Y tú? —preguntó con naturalidad—. ¿A qué te dedicas?
Santini tosió teatralmente.
—No preguntes eso en una fiesta.
Sonreí.
—Coordino operaciones logísticas y estructuras financieras en distintos mercados.
Lorenzo asintió como si eso fuera suficiente.
No preguntó más.
No quiso impresionar.
No quiso seducir.
Solo estaba ahí. Presente.
Y eso me desarmó.
La música cambió a algo más animado. La gente empezó a bailar. Santini se perdió entre abrazos y brindis.
Lorenzo se quedó a mi lado.
—¿Bailas? —preguntó con educación.
—A veces.
—Entonces esta es una de esas veces.
No me ofreció la mano de forma posesiva. Solo la extendió con naturalidad.
Acepté.
Bailamos primero despacio, luego más suelto cuando el ritmo subió. No intentaba acercarse. Mantenía la distancia.
Pero cuando nuestras miradas se encontraban…
Había algo.
Limpio. Directo.
Como si me viera sin filtros.
Y eso me incomodó.
Me aparté un momento para tomar aire.
Julien apareció a mi lado con una copa.
—Oh.
Me miró con esa sonrisa de hermano mayor travieso.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Estás rara.
—Cállate.
—Te intimida.
—No me intimida nadie.
Levantó una ceja.
—Sophie… acabas de poner de rodillas a medio continente… y ahora no sabes dónde mirar cuando él te habla.
—Es diferente.
—Ah —rió—. Diferente.
Miré hacia donde estaba Lorenzo, hablando con unos amigos. Riendo tranquilo.
—No está intentando nada.
—Precisamente.
Julien me observó con ternura.
—Hace mucho que no te veía así.
Me quedé en silencio.
Tenía razón.
Hacía tiempo que nadie conseguía incomodarme así. Dejarme sin respuesta. Sin ironía. Sin armadura.
Su mirada y su sonrisa se me habían quedado clavadas. Por un instante, no supe qué decir.