SEGUIMOS VIVOS
El teléfono sonó mientras revisaba unos contratos en el despacho.
Miré la pantalla y sonreí antes de descolgar.
—¿Qué has roto ahora, francés?
— Mon amour , esa manera de contestar solo demuestra lo mucho que me echas de menos.
Rodé los ojos.
—Julien, son las nueve de la mañana aquí. Si estás borracho, cuelgo.
—Jamás tan temprano. Bueno… no oficialmente.
Sonreí. Esa ironía elegante que solo él sabía manejar.
—¿Qué quieres?
—Invitarte a algo importante.
—¿Más importante que sobrevivir a un atentado?
—Mucho más. Cumplo años.
—¿Y? Eso lo haces todos los años.
—Ah, pero este no es uno más. Lo celebro en grande. Mónaco. Tres días. Nada de negocios. Solo amigos… y buen champán.
Sonreí al imaginarlo.
—¿Tres días? ¿Qué planeas, una cumbre diplomática o una orgía elegante?
—Qué vulgar eres cuando quieres —rió—. No, chérie . Una celebración como Dios manda. Terraza con vistas al Mediterráneo. Cena en el jardín. Y tú brindando conmigo.
Me quedé en silencio unos segundos.
—¿Quién va?
—Mis amigos del sur. Los de siempre. Nadie del negocio. Solo vida normal.
Normal.
La palabra me rozó.
—¿Y quieres que yo vaya a tu fiesta inocente?
—Quiero que vengas porque eres mi familia. Y porque, si no vienes, pensaré que Florida te ha vuelto aburrida.
—Imposible. Florida me ha vuelto peligrosa.
—Eso ya lo eras antes, Sophie.
Sonreí.
—¿Cuándo?
—En dos semanas. Te mando el jet si hace falta.
—No exageres.
—No exagero. Es mi cumpleaños. Y quiero que estés aquí cuando sople las velas, aunque no te guste admitir que me tienes cariño.
—Julien…
—¿Sí?
—No me chantajees emocionalmente.
—Demasiado tarde.
Suspiré, pero sonreía.
—Sabes que no me lo perdería por nada del mundo.
Hubo un silencio breve.
—Lo sabía.
—No te emociones. Solo voy para asegurarme de que no acabes desnudo en la fuente.
—Eso no puedo prometerlo.
—Julien…
—Está bien. Pero ven. Necesito verte. Y celebrar que seguimos vivos.
La frase cambió el tono.
—Seguimos vivos —repetí.
—Y eso ya es motivo suficiente.
Miré la ciudad desde el ventanal.
—Nos vemos en Mónaco, francés.
—Te espero, Sophie.
Colgué.
Por primera vez en semanas, la palabra fiesta no me sonó a estrategia.
Me sonó a hogar.