SIN HUELLAS
Las semanas siguientes fueron quirúrgicas.
Hubo reuniones con gerentes, revisión de proveedores, cambios en las rutas logísticas y una reasignación completa de la seguridad.
El Cubano se encargó de la redistribución interna. Park coordinaba los accesos marítimos. El Chuso aseguraba las rutas terrestres desde México. El Mono garantizaba el flujo desde origen. Santini blanqueaba desde Europa.
Aquello ya no era un negocio.
Era un imperio.
Florida era territorio consolidado: un monopolio limpio, eficiente, rentable.
Aquella mañana, el despacho estaba en silencio.
La bahía brillaba al otro lado del cristal, azul metálico bajo el sol. Yo revisaba documentos cuando mi secretaria llamó por el interfono.
—Señora… tiene visita.
—¿Quién?
Hubo una breve pausa.
—Agencia federal.
No hizo falta más.
Respiré una vez.
—Que pase.
La puerta se abrió con suavidad. Entró un hombre de unos cincuenta años. Traje gris oscuro, corte perfecto, mirada sin expresión. No sonreía. No parecía venir a negociar.
Se detuvo frente a mi mesa.
—Bonita vista.
—Gracias. ¿En qué puedo ayudarle?
Se sentó sin que lo invitara.
—Soy el inspector Keller.
No dijo DEA.
No hacía falta.
—Encantada, inspector Keller.
Silencio.
Me observaba como si midiera algo.
—Han sido unos meses interesantes para usted.
—¿En qué sentido?
—Uno de los hombres más intocables de Colombia cae en una operación conjunta… —pausa leve— y curiosamente, usted estaba en la zona.
—Viajo mucho.
—Eso veo.
Se inclinó hacia delante.
—Ríos llevaba años esquivándonos. Y de repente alguien filtra una ubicación exacta. Movimiento quirúrgico. Sincronización impecable.
Lo miré sin parpadear.
—Si quiere felicitar a sus hombres, adelante. Hicieron un buen trabajo.
No sonrió.
—No fue nuestra información la que activó esa operación.
Ahí estaba.
—Entonces deberían investigar quién les ayuda.
Sus ojos se afilaron.
—Eso estamos haciendo.
Silencio.
El aire se tensó.
—También es curioso —continuó— que, tras la caída de Ríos, usted consolide el monopolio en Florida en cuestión de semanas.
Apoyé los codos en la mesa.
—Inspector Keller… ¿me está acusando de algo?
—No.
—Entonces estamos perdiendo el tiempo.
Se reclinó en la silla.
—El agente Harris confirma su versión: fue víctima de secuestro con fines de presión económica y se encontraba retenida cuando se produjo la operación.
Pausa.
—No tengo nada con lo que acusarla. Ninguna llamada. Ninguna transferencia. Ningún testigo.
Eso no significa que no esté mirando.
Sonreí despacio.
—Mirar es gratis.
—Equivocarse no.
Se levantó.
—Solo quería verle la cara.
—¿Y le ha gustado?
Me sostuvo la mirada.
—Usted siempre está cerca cuando sus enemigos caen.
—Mala suerte para ellos.
Caminó hacia la puerta. Se cerró tras él. El despacho volvió al silencio.
Me levanté y caminé hasta el ventanal. Brickell seguía igual: tráfico, helicópteros, yates cruzando la bahía como si todo fuera estable.
Pero no lo era.
Habían venido a medir. No a detenerme ni a acusarme. A medir.
Sabían. No podían probar. Y eso era lo único que me mantenía en pie.
Apoyé la mano en el cristal.
La caída de Ríos había cambiado el tablero. Florida era mía: los clubes, las rutas, el dinero. Todo bajo control.
Y, aun así, no era triunfo. Era vigilancia.
La DEA no me había interrogado como sospechosa. Me había observado como variable. Y Dan había mentido por mí.
Volví a mi mesa, abrí el portátil y seguí trabajando.
Porque en este mundo no sobrevivía quien disparaba primero.
Sobrevivía quien no dejaba huellas.