LA SELVA RESPIRA
La selva no era verde.
Era negra.
Negra cuando caía la noche. Negra cuando el cielo se rompía y descargaba agua con furia. Negra cuando cada sombra podía estar viva.
Salimos antes del amanecer.
El aire ya era espeso, húmedo, pegajoso. La camisa se me adhería a la piel como si el clima quisiera advertirme que no pertenecía allí.
El equipo se movía en silencio.
Nada de conversaciones innecesarias. Nada de heroísmos.
Solo respiraciones controladas y pasos medidos.
El coronel Salvatierra iba al frente. Yo iba en el segundo vehículo, detrás, escoltada por el Seco y dos hombres armados. No llevaba tacones esta vez. Llevaba botas de selva. Aun así, sabía que no era militar. Y eso me hacía más consciente de cada sonido.
El camino de tierra era apenas una herida marrón abierta entre la vegetación.
A ambos lados, árboles gigantescos con raíces expuestas como serpientes petrificadas.
Lianas colgando como trampas. Charcos profundos que parecían firmes hasta que el coche los atravesaba y salpicaba barro contra el techo.
El olor era una mezcla de tierra mojada, hojas en descomposición y algo más denso. Algo antiguo.
Insectos golpeaban el parabrisas. El motor rugía bajo esfuerzo.
Y entonces empezó la lluvia.
No una lluvia suave.
Una cortina.
En cuestión de segundos, el mundo desapareció tras una pared de agua. El cielo se abrió como si quisiera borrar todo rastro humano de aquel lugar.
El conductor redujo velocidad.
—Es buena para nosotros —dijo el Seco en voz baja—. También es mala.
Asentí.
Buena porque borraba huellas. Mala porque anulaba visibilidad.
Seguimos avanzando hasta el punto acordado: una explanada natural cerca del estrechamiento del río.
Ahí dejamos los vehículos.
A partir de ese momento, todo era selva.
DESPLIEGUE
El equipo se dividió como estaba previsto.
Alpha y Bravo avanzaron por el flanco izquierdo, buscando elevación natural entre raíces y formaciones rocosas.
Charlie se desplazó hacia el río.
Delta aseguró la retaguardia y el punto de extracción.
Yo me quedé en el punto seguro, quinientos metros atrás, bajo una cubierta improvisada de lona verde camuflada entre los árboles.
La lluvia golpeaba el plástico con un sonido hipnótico.
No había cobertura. Solo radios encriptadas.
El detenido había hecho la llamada horas antes. Ríos había mordido el anzuelo.
Vendría.
El coronel se comunicaba en susurros breves.
—Movimiento al norte. Tres vehículos. —Confirmado. Visual térmica activa. —Mantener posición. No disparar.
Mi pulso no era estable.
Lo notaba en la garganta.
La selva amplifica todo.
Un pájaro en vuelo parecía un disparo.
Una rama que crujía, una emboscada.
Los hombres se movían como sombras.
Sin luces.
Sin ruido.
Solo el chasquido ocasional de una bota hundiéndose en el barro.
El río crecía con la lluvia. El agua bajaba marrón, furiosa, arrastrando hojas y ramas.
Entonces lo vimos.
Faros apagados.
Tres camionetas entrando por la única vía practicable.
Se detuvieron justo donde habíamos calculado.
Quince…
No.
Dieciocho hombres.
Armados.
Uniformes mezclados, sin insignias claras. Kalashnikov. Fusiles AR-15. Uno llevaba un lanzagranadas al hombro.
Ríos no venía confiado.
Venía preparado.
El coronel susurró:
—Esperamos confirmación visual del objetivo.
Contuve la respiración.
Una de las puertas traseras se abrió.
Un hombre bajó con calma.
No necesitaba correr.
No necesitaba mirar.
Caminó hacia el claro con la seguridad de quien creía que el territorio le pertenecía.
Ríos.
Más delgado de lo que imaginaba.
Barba corta.
Impermeable oscuro.
Mirada constante, analítica.
No daba órdenes.
Los demás se colocaban a su alrededor.
El señuelo fue llevado al punto acordado. Lo empujaron hacia delante.
—Alpha listo. —Bravo listo. —Charlie en posición. —Delta asegurado.
La lluvia empezó a ceder.
Como si la selva quisiera ver.
El intercambio comenzó.
Desde mi posición solo oía fragmentos.
—¿Dónde está ella? —Viene detrás. No quiso exponerse primero. —No me gusta.
Silencio.
Ríos levantó la mano.
Uno de sus hombres empezó a inspeccionar el perímetro.
Demasiado cerca de la posición de Bravo.
—Mantener. No disparar —ordenó Salvatierra.
El hombre avanzó un paso más.
Resbaló en el barro.
Ese segundo bastó.
Bravo salió de cobertura. Neutralización limpia. Golpe seco de culata.
Silencioso.
Pero otro de los hombres de Ríos lo vio.
Un disparo rompió la selva.
El primero.
Y entonces, el infierno.
CONTACTO
No fue un tiroteo desordenado.
Fue controlado.
Ráfagas cortas. Disparos dirigidos a piernas, hombros. Neutralización.
Los hombres de Ríos respondieron con fuego intenso, pero la posición elevada de Alpha y Bravo les daba ventaja.
La lluvia volvió con furia.
El barro salpicaba sangre.
El olor a pólvora se mezcló con humedad y hojas rotas.
Ríos intentó retroceder hacia el vehículo central.
Charlie bloqueó la ruta fluvial. Delta cerró retaguardia.
Lo estaban cercando.
Un hombre intentó arrastrarlo hacia la selva profunda.
Un disparo preciso impactó en el muslo del escolta. Cayó.
Ríos quedó solo.
Intentó correr.
Otro disparo, esta vez al hombro.
Cayó de rodillas en el barro.
Sus hombres estaban reducidos o inmovilizados.
Silencio parcial.
Solo lluvia. Gemidos. Respiraciones agitadas.
El coronel habló firme:
—Objetivo asegurado.
Yo no esperé más.
Salí de la cubierta.
El Seco intentó detenerme.
—Señora, espere confirmación total.
—Ya la tengo.
Caminé hacia el claro.
Cada paso hundía la bota en barro rojo.
La lluvia me empapaba el cabello. La camisa se pegaba al cuerpo.
El olor metálico de la sangre estaba en el aire.
Los hombres se apartaron.
Y allí, arrodillado, con el barro mezclado con sangre en el rostro, estaba Ríos.
Respirando con dificultad.
Vivo.
Me detuve frente a él.
No hablé todavía.
La selva volvió a respirar.
Y el verdadero enfrentamiento estaba a punto de empezar.