La Intérprete LA SANGRE
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LA SANGRE

La lluvia caía más suave ahora. Como si la selva también quisiera escuchar.

Ríos estaba de rodillas frente a mí.

Le habían atado las manos atrás con bridas militares. Sangraba por el hombro. La camisa oscura se pegaba a su piel. Respiraba con dificultad, pero no lloraba.

Eso se lo reconocí.

Tenía miedo.

Pero no suplicaba.

Me acerqué despacio.

El barro me salpicaba las piernas. El olor a pólvora aún flotaba en el aire. A nuestro alrededor, los hombres mantenían posiciones. Nadie hablaba.

Solo la selva.

Solo el sonido del agua cayendo sobre hojas gigantes.

Me detuve a menos de un metro de él.

—Levántalo —ordené.

El Seco lo sujetó del brazo y lo obligó a ponerse en pie. Ríos se tambaleó, pero sostuvo mi mirada.

Sus ojos no eran los de un monstruo.

Eran los de un hombre que siempre había ganado.

Hasta ese día.

—Así que tú eres la Intérprete —dijo con voz ronca.

Sonreí levemente.

—Veo que has oído hablar de mí.

Escupió sangre hacia un lado.

—Dicen que no respondes ante nadie. Interesante… —breve pausa—. Aun así, elegiste enfrentarte a mí.

—Decidí recordarte quién manda en este negocio.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Mandas tú?

Silencio.

Me acerqué un paso más. Tan cerca que podía oler su aliento mezclado con hierro.

—¿Mandabas tú cuando ordenaste matar a mi madre?

Sus pupilas temblaron apenas.

—Eso fue… negocio.

El Seco dio un paso adelante, furioso.

—Negocio —repetí yo—. ¿Y mi hermana? ¿También fue negocio?

Ríos sostuvo la mirada.

—Era una advertencia.

El mundo se estrechó.

La selva desapareció. Solo quedamos él y yo.

—Me advertiste mal —susurré.

Él inclinó la cabeza ligeramente.

—Y ahora vienes tú a advertirme a mí.

—No.

Saqué el arma lentamente.

No apunté todavía.

—Yo no advierto.

Un relámpago iluminó el claro por un segundo. La luz blanca dibujó su rostro con nitidez brutal.

Ríos respiró hondo.

—Si me matas, otros ocuparán mi lugar.

—Eso ya lo sé.

—No eres diferente a mí.

—No —respondí sin pestañear—. La diferencia es que yo no toco familias.

Sus labios se curvaron apenas.

—Tú acabas de amenazar la mía.

Lo miré fijo.

Silencio.

Un trueno lejano.

—Podríamos negociar —dijo al fin, bajando el tono—. Colombia es grande. Estados Unidos es grande. Podemos dividir territorio.

Lo miré con incredulidad.

—¿Ahora quieres negociar?

—Tú eres inteligente. No eres una sicaria. Piensas en estructura. Matarme ahora crea un vacío. Y el vacío trae caos.

—El caos ya lo creaste tú.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

—No tienes estómago para esto.

El comentario me atravesó.

—¿No?

—No has matado nunca a alguien con tus propias manos. Se te nota.

El Seco murmuró algo, pero levanté la mano para que callara.

Me agaché frente a él.

—¿Quieres probar?

Sus ojos brillaron. No de desafío.

De duda.

Y entonces…

Un disparo.

Pero no nuestro.

Uno seco. Lejano.

Todos reaccionaron al instante.

—¡Contacto externo! —gritó uno de los hombres.

Disparos desde la línea norte.

No eran los nuestros.

No eran los de Ríos.

Eran otros.

—¡Posiciones! —ordenó el coronel.

Explosiones de tierra a pocos metros. Ráfagas largas, automáticas. Mucho más pesadas.

No era refuerzo de Ríos.

Era algo diferente.

Uniformes oscuros comenzaron a aparecer entre la vegetación. Formación profesional. Avance coordinado.

—¡Alto! ¡Agencia federal! ¡Bajen las armas!

La selva estalló en caos.

—¡DEA! —gritó uno de los hombres.

Mi corazón dio un salto.

¿Qué demonios…?

Un proyectil impactó a centímetros de mí. El Seco me empujó al suelo.

—¡Cúbrase!

Ríos aprovechó la confusión.

Con una violencia desesperada, se lanzó contra el hombre que lo sujetaba. Lo empujó. Intentó correr hacia la espesura.

—¡Objetivo en fuga!

Me levanté.

Demasiado expuesta.

Un disparo silbó a mi lado.

Otro.

Y entonces sentí el impacto.

No bala.

Cuerpo.

Alguien me empujó con fuerza brutal hacia el suelo. Brazos firmes me rodearon. Rodamos entre barro y hojas.

El hombre que me cubría llevaba un pasamontañas negro.

Respiraba fuerte.

Me sostuvo la cabeza contra su pecho mientras las balas impactaban en troncos alrededor.

Sus manos eran firmes. Entrenadas.

Y entonces lo vi.

Los ojos.

Claros.

Helados.

Familiares.

El mundo se detuvo un segundo.

No.

No podía ser.

El hombre gritó órdenes en inglés perfecto.

—¡Extracción por el flanco este! ¡Muévanla ahora!

Me levantó en brazos como si no pesara nada.

—¿Quién eres? —susurré, sin poder apartar la mirada de sus ojos.

No respondió.

Corrió.

La selva nos tragó mientras los disparos seguían resonando detrás.

Y mientras la lluvia volvía a caer con furia, yo solo podía pensar en una cosa:

Esos ojos.

Yo ya los había visto antes.

Y eso lo cambiaba todo.