La Intérprete VENEZUELA
79%

VENEZUELA

La casa estaba enterrada en verde.

No era grande. No era lujosa.

Era estratégica.

Una construcción baja de hormigón, pintura desconchada por la humedad, techo de chapa reforzada y generador propio. Se accedía por un camino de tierra invisible desde la carretera principal. A veinte kilómetros, la frontera colombiana.

Selva cerrada. Calor espeso. Insectos constantes.

Dentro, el ambiente era distinto.

Mesas plegables. Mapas desplegados. Un proyector portátil iluminando coordenadas sobre la pared. Armas limpias, ordenadas. Hombres que no hablaban de más.

Allí no había egos.

Había experiencia.

El Mono había cumplido.

Frente a mí estaba el jefe operativo: el coronel Andrés Salvatierra, ex fuerzas especiales venezolanas. Cincuenta años, rostro marcado, voz baja. No necesitaba gritar para imponer respeto.

A su derecha, cuatro hombres: dos exmilitares colombianos especialistas en selva, un experto en comunicaciones y un francotirador retirado del ejército ecuatoriano.

El Seco estaba detrás de mí, en silencio.

En el centro de la mesa, esposado, el hombre que habíamos capturado.

Ahora iba a servir para algo más.

Salvatierra señaló el mapa.

—Campamento aquí —marcó una zona cercana a un afluente del Orinoco—. Selva cerrada, acceso fluvial y una única vía terrestre practicable. Ríos rota guardias cada seis horas. Entre quince y veinte hombres armados.

Yo escuchaba.

—No vamos a asaltar el campamento frontalmente —continuó el coronel—. Sería estúpido. Terreno favorable para ellos. Nosotros entraríamos como blancos fáciles.

Asentí.

—¿Alternativa?

Me miró directamente.

—Sacarlo de su madriguera.

Silencio.

Salvatierra giró la mirada hacia el hombre esposado.

—Aquí entra él.

El detenido levantó la cabeza, sudoroso.

—Yo ya les dije lo que sabía…

El Seco dio un paso hacia él. No hizo falta más.

Salvatierra continuó:

—Ríos confía en ti. Cree que sigues dentro.

El hombre tragó saliva.

—Si le llamo, sospechará…

—No si le vendes algo que no pueda rechazar —intervine.

Todas las miradas se posaron en mí.

Me acerqué despacio.

El Seco detrás.

Me incliné frente al prisionero.

—Le vas a decir que hay una entrega grande. Muy grande. Mercancía colombiana, sin intermediarios mexicanos. Directa. Y que el proveedor quiere verlo en persona.

Negó con la cabeza.

—No va a venir…

Salvatierra intervino:

—Vendrá si cree que puede quedarse con todo.

Añadí:

—Y si cree que yo estoy detrás.

El silencio se tensó.

El hombre me miró, asustado.

—¿Quiere usarla como señuelo?

Sonreí apenas.

—No. Quiere usar mi nombre.

Salvatierra señaló otra zona del mapa.

—Punto de encuentro aquí. Zona de río estrecho. Vegetación cerrada, pero con tres rutas de escape controlables.

El experto en comunicaciones añadió:

—Interferiremos las comunicaciones en un radio de dos kilómetros. Si viene con refuerzos, los veremos antes.

—Equipos en semicírculo —dijo el francotirador—. No disparamos a ciegas. Disparos de neutralización.

Miré al coronel.

—Lo quiero vivo.

Sostuvo mi mirada.

—Eso complica la operación.

—No me importa. Les pagaré el doble si vuelve respirando.

Un silencio medido.

El Mono no me había conseguido mercenarios baratos.

Eran profesionales.

Salvatierra asintió al fin.

—Objetivo primario: captura. Objetivo secundario: eliminación si la situación se descontrola.

Negué.

—No.

Todos me miraron.

—No hay secundario. Si la operación se descontrola, se repliega. No quiero un cadáver. Quiero que me mire a los ojos.

El coronel evaluó mis palabras.

No discutió.

Pero entendió el riesgo.

El hombre esposado empezó a temblar.

—Si sospecha, me mata…

Me incliné de nuevo hacia él.

El Seco sacó el teléfono.

En pantalla, una fotografía.

La esposa del detenido, caminando por una calle en Maracaibo tomada esa misma mañana.

El hombre dejó de respirar.

—Está bien —dije con calma—. Está viva. Y lo seguirá estando si haces bien tu parte.

No grité.

No hizo falta.

—Le dirás que la Intérprete quiere negociar directamente. Que quiere cerrar territorio sin intermediarios. Que irá con poco equipo porque cree que tú garantizas seguridad.

El coronel añadió:

—Ríos es arrogante. Cree que nadie lo toca en su terreno.

Yo completé:

—Y cree que yo soy demasiado soberbia para esconderme.

El hombre susurró:

—Vendrá.

Salvatierra desplegó el mapa sobre la mesa y apoyó ambas manos sobre él. Su voz no era alta, pero llenaba la habitación.

—Escuchen con atención. No hay margen de error.

Señaló un punto marcado en rojo.

—El señuelo hará la llamada desde aquí. Ubicación limpia, controlada. Sabemos que Ríos responderá si huele dinero. En cuanto confirme movimiento, activamos la fase dos.

Movió el dedo hacia las zonas elevadas que rodeaban el campamento.

—Alpha y Bravo tomarán posiciones en altura antes del amanecer. Necesito visión total del perímetro. Nada de disparos hasta que yo lo ordene.

Deslizó la mano hacia el río que serpenteaba entre la selva.

—Charlie cerrará la salida fluvial. Si intenta escapar por agua, lo interceptan. Vivo.

Marcó después una línea hacia la retaguardia.

—Delta asegurará el punto de extracción. En cuanto lo tengamos, no quiero héroes. Subimos y desaparecemos antes de que el territorio reaccione.

Alzó la mirada.

—Lo repito: lo queremos con vida. Sin improvisaciones. Sin egos.

El silencio que siguió fue más contundente que cualquier grito.

Se giró hacia mí.

—Usted no estará en primera línea.

Le miré con atención.

—Estará en un punto seguro, a quinientos metros. Solo se acercará cuando el objetivo esté asegurado.

—Pero me acercaré.

Sostuvo mi mirada unos segundos.

—Sí. Lo hará.

El generador zumbaba.

Fuera, la selva empezaba a oscurecer.

Me apoyé en la mesa.

—Cuando lo tengamos, nadie dispara sin mi orden.

El francotirador preguntó:

—¿Y si él dispara primero?

Lo miré fijamente.

—Entonces contraatacan.

Pausa.

—Pero vivo.

Salvatierra cerró el mapa.

—Señores, descansan cuatro horas. Operación en cuanto tengamos confirmación de movimiento.

El hombre esposado fue llevado a otra habitación para preparar la llamada.

Yo me quedé mirando el punto rojo del mapa.

Ríos.

Por fin.

El Seco se acercó.

— Señora, ¿está segura?

No aparté la vista.

—No.

Pausa.

—Pero estoy lista.

La selva rugía afuera.

Y esta vez, no iba a huir nadie.