La Intérprete LA CAZA
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LA CAZA

Estaba sola en el despacho aquella noche.

La ciudad seguía latiendo detrás del cristal, pero dentro solo había silencio.

Bajé las persianas automáticas, activé el inhibidor de señal y marqué un número cifrado que casi nunca usaba.

Respondió al segundo tono.

—Intérprete —dijo el Mono—. ¿Todo bien?

Fui directa.

—Te necesito.

Hubo un silencio al otro lado.

Lo conocía lo suficiente para saber que ya no estaba relajado.

—Eso no se dice porque sí —respondió—. ¿Qué sucede?

Respiré hondo.

—Sé dónde se esconde Ríos.

El silencio fue más largo.

Después, una risa baja.

—Carajo… Eso es oro, Intérprete. ¿Estás segura?

—Lo suficiente como para no estar perdiendo el tiempo contigo.

—Dale… —su voz cambió—. Entonces dime cómo puedo ayudarte.

Me levanté y caminé despacio hasta la ventana.

Los tacones resonaron firmes contra el mármol.

—Necesito contactos locales. Gente que juegue fuerte y no haga preguntas. Hombres acostumbrados a la selva, a operar lejos de todo, sin nombres ni banderas. Que sepan desaparecer.

—Los tengo —respondió sin dudar—. Exmilitares. Algunos trabajan conmigo desde hace años. Saben moverse en ese tipo de terreno. Son discretos… y leales mientras se les pague bien.

—Se les pagará bien. A ellos y a ti por la gestión.

Sonrió. Lo noté incluso sin verlo.

—Así me gusta hablar contigo, Intérprete. ¿Dónde montamos esto?

—Venezuela —respondí—. Tengo una propiedad discreta. Nadie la vincula conmigo. Desde ahí diseñamos el plan. Quiero a los hombres listos. Quietos, hasta que yo dé la orden.

—Entendido —bajó la voz—. Si nos quitamos a Ríos de encima… el tablero cambia entero.

—No lo hago por ambición —dije—. Ha cruzado una línea.

—No importa el motivo —respondió—. El resultado es el mismo. Cuenta conmigo, Intérprete.

—Te avisaré pronto. Que nadie se mueva hasta entonces.

—Quedo a la espera.

Colgué.

Dejé el teléfono sobre la mesa y apoyé las manos en el escritorio.

Mi reflejo en el cristal me devolvió una mirada que ya no reconocía del todo.

La caza había empezado.

Días después, estaba en mi casa, frente a la piscina, cuando marqué su número.

No quería enviarle un mensaje cifrado. Esto no podía escribirse en una línea fría.

Necesitaba oír su voz.

—¿Sophie? —contestó casi al segundo tono—. ¿Ha pasado algo?

Cerré los ojos un instante antes de hablar.

—Estoy organizando una operación importante —dije—. Voy a desaparecer unos días.

Hubo un silencio inmediato.

—¿Desaparecer? —repitió, más bajo—. ¿Dónde vas?

No respondí enseguida. Me conocía demasiado bien.

—¿Tiene que ver con Ríos?

Tragué saliva.

—Sí.

Otra pausa. Más larga.

—Sophie… —su voz cambió—. ¿Qué estás haciendo?

—Sé dónde se esconde.

Escuché cómo soltaba el aire.

—Eso no es una buena noticia. Es una invitación al infierno.

—Es el momento —respondí—. Se acabó jugar a medias. Se acabó esperar.

—Deja que otros vayan por ti —dijo rápido—. Tienes hombres. Tienes contactos. No tienes que ir tú.

Me levanté y caminé hacia el ventanal.

—Es personal, Julien. Ordenó matar a mi familia… y ha intentado acabar contigo.

Lo dije en voz baja. No tembló.

—Precisamente por eso no deberías ir —replicó—. Cuando es personal, se pierde perspectiva.

—No la he perdido.

—Sophie… —ahora sonaba frustrado—. Esto ya no es estrategia. Es rabia.

Me giré hacia mi reflejo en el cristal.

—Es justicia.

Silencio.

—Entonces te acompaño.

Negué con la cabeza.

—No.

—No es una pregunta —insistió—. Si vas a meterte en eso, no vas sola.

—Te necesito aquí.

—Te necesito viva —respondió casi al mismo tiempo.

Mi voz bajó.

—Julien, escúchame. Si algo sale mal… alguien tiene que sostener esto. Tú eres el único en quien confío.

—No me uses de excusa —dijo—. No me dejes aquí mientras tú te metes en una guerra.

—No es una excusa. Es responsabilidad.

Respiré hondo.

—Voy a enviarte todas las instrucciones en un archivo protegido. Plan de contingencia, rutas alternativas, distribución de poder, accesos a cuentas. Si no regreso en el plazo previsto, ejecutas el protocolo número tres. Sin dudas. Sin buscarme.

—No vuelvas a decir eso.

—Julien.

—No vuelvas a decir “si no regreso”.

Su voz se quebró apenas.

Eso fue lo que me atravesó.

—No pienso morir —susurré.

—Eso mismo piensan todos antes del último disparo —respondió.

Cerré los ojos.

—No puedo dejarlo vivo —dije al fin—. No después de lo que ha hecho. No después de lo que intentó contigo.

Guardó silencio unos segundos.

—Sophie… —dijo—. La venganza no te va a devolver nada.

—No busco que me devuelva nada. Busco que termine.

Otro silencio. Esta vez más resignado.

—¿Cuándo sales?

—Pronto.

—¿Con cuántos hombres?

—Los suficientes.

—Eso no es una cifra.

Sonreí apenas.

—Confía en mí.

—Siempre he confiado en ti. Eso es lo que me preocupa.

Caminé hacia el escritorio.

—Te necesito aquí, Santini. Al mando. Con la cabeza fría. Si yo estoy fuera, tú eres la estructura.

Se oyó un leve golpe, como si apoyara la frente en algo.

—Me estás pidiendo que me quede quieto sabiendo que te juegas la vida.

—Te estoy pidiendo que me cubras la espalda.

Esa frase lo hizo callar.

—Está bien —dijo al fin—. Pero me mantienes informado. Cada movimiento. Cada cambio. No desapareces sin avisar.

—Te lo prometo.

—Y si algo se complica, te retiras.

No respondí.

—Sophie.

—Lo evaluaré.

Suspiró.

—Eres imposible.

—Lo sé.

Un silencio más suave.

—Ten cuidado —dijo—. No te quiero perder.

Sentí el peso de esas palabras.

—No me vas a perder.

—No lo conviertas en una promesa que no puedas cumplir.

Me permití una pequeña sonrisa.

—Prepárate, Julien. Cuando vuelva… habrá un nombre menos en el tablero.

—Vuelve primero —respondió—. El resto lo discutimos después.

Colgué despacio.

Aquella tarde, el silencio de mi casa me pareció demasiado grande.