¿QUIÉN SOY?
El sonido de mis tacones rojos fue lo primero que oyó.
Tac. Tac. Tac.
No levantó la cabeza, pero lo sentí.
El cuerpo se le tensó antes de verme.
Había cuatro hombres míos allí, y el Seco. Todos atentos, listos para obedecer la menor de mis órdenes.
La habitación era fría, desnuda: una mesa metálica, dos sillas.
Él estaba atado, pero no humillado. Aún no.
Me senté frente a él despacio, cruzando las piernas.
—Levanta la cabeza.
Tardó unos segundos. Cuando lo hizo, sus ojos me buscaron, intentando reconocerme. No lo consiguió.
—¿Sabes quién soy?
Negó.
Sonreí apenas.
—Eso es bueno. Significa que aún no has oído lo peor.
Me incliné hacia delante.
—Pero seguro que has oído hablar de mí.
Silencio.
—Vamos —insistí, con calma—. En tu mundo siempre se habla de mí en voz baja.
Tragó saliva.
—Dicen… —empezó, y se detuvo.
—Dicen qué.
—Que hay una mujer —susurró—. Que no pertenece a ningún cártel. Que no responde a nadie.
Asentí lentamente.
—Sigue.
—Que cuando algo se rompe… ella aparece.
Me recliné en la silla.
—¿Y cómo me llaman?
No respondió.
Me levanté.
Caminé a su alrededor.
Los tacones marcaban el suelo. Despacio. Sin prisas.
—La Intérprete —dije—. Porque traduzco consecuencias.
Me detuve frente a él.
—Ahora mírame bien.
Le levanté el mentón con un dedo. No hizo falta fuerza.
—Tú estabas en Marsella.
Su respiración se aceleró.
—Yo solo… —cerró los ojos—. Yo solo cumplía órdenes.
—Órdenes… —sonreí con ironía.
Silencio.
Volví a sentarme.
—Te voy a explicar algo —dije—. No estoy aquí para gritar. Ni para pegarte. Eso lo hace la gente insegura.
Lo miré fijamente.
—Estoy aquí porque alguien tocó a uno de los míos.
Eso sí lo hizo reaccionar.
—Yo no sabía quién era —se apresuró a decir—. No sabía que…
Levanté la mano.
—Shhh.
Esperé.
—En tu mundo —continué—, atacar a la familia es una declaración de guerra.
Se le humedecieron los ojos.
—Ríos… —murmuró.
No reaccioné.
—Ríos no va a protegerte —dije—. Ríos protege su poder. Tú eres prescindible.
Hice una pausa.
—Lo quiero a él. ¿Dónde está?
—Si hablo —balbuceó—, me mata.
Sonreí. Esta vez de verdad.
—Si no hablas… yo me encargo.
Se inclinó hacia delante, desesperado.
—Elegir mal tiene consecuencias.
Silencio. Largo. Denso.
—Dime dónde está.
—No puedo.
Me levanté.
—¡No! —gritó—. ¡Espera!
Me giré despacio.
—¿Qué… qué va a pasar ahora?
Lo miré. Ya había perdido.
—Ahora vas a descubrir lo que significa decepcionar a la persona equivocada.
Bastó una leve inclinación de cabeza.
El Seco lo entendió. Se acercó y me tendió el teléfono sin decir palabra.
—Ponlo en altavoz.
Un clic. Luego, una respiración al otro lado de la línea.
—Estoy en posición —informó una voz masculina—. La mujer salió ayer a las 17:42. Entró en el edificio a las 18:03.
Guardé silencio.
—A las 18:27 encendió las luces del salón. Los niños llegaron diez minutos después. No ha vuelto a salir. Espero órdenes, señora.
Mis hombres intercambiaron miradas breves. Nadie habló.
El detenido alzó la cabeza, desesperado.
—No… por favor. Mi mujer no. Mis hijos no tienen nada que ver. No les hagan nada… se lo suplico.
El silencio pesó más que sus palabras.
Di un paso al frente.
—Ah, ¿no? —pregunté con calma—. ¿Y los míos sí tenían algo que ver?
Negó, temblando.
—Yo… yo solo seguía órdenes…
—Como ahora las siguen ellos —respondí, señalando apenas con la mirada—. ¿Recuerdas lo que hiciste?
Bajó la vista.
—Fue negocio… nada personal…
Solté una risa breve.
—Siempre es “negocio” cuando el daño lo sufre otro.
Me incliné lo justo para que no pudiera apartar la mirada.
—O hablas o doy una orden de la que te arrepentirás.
El hombre tragó saliva. El sudor le perlaba la frente. Respiraba rápido.
Sabía que el margen se le había terminado.
—Está en Colombia —soltó—. Selva. Zona del Guaviare. Se mueve poco. Cree que ahí nadie llega.
Lo observé en silencio.
—Posición exacta.
—No la tengo.
—No me sirve.
Me di la vuelta y empecé a alejarme.
—¡No! —gritó—. ¡Espera!
Me detuve.
—Te la voy a dar… —murmuró—. Pero me la estoy jugando.
—Conmigo también —respondí—. Cooperas… o mueres. Tú y los tuyos.
El silencio cayó de nuevo.
Saqué un papel y un lápiz.
—Desatadle una mano.
Lo sujetaron mientras le liberaban la derecha. Flexionó los dedos y empezó a escribir. El grafito raspó el papel hasta que me lo tendió.
Lo leí con calma.
Coordenadas.
Sonreí apenas.
—Voy a comprobarlo. Más te vale que no me estés mintiendo.
Doblé el papel.
—¿Y ahora qué va a pasar conmigo? —preguntó.
—Vas a esperar aquí.
—¿Y mi familia?
Lo sostuve con la mirada.
—Por ahora no la toco. A menos que me hayas mentido.
El miedo le desfiguró el rostro.
Me giré hacia el Seco y le tendí el papel.
—Compruébalo.
Asintió.
—Si vas ahí… no saldrás viva —dijo el detenido.
Incliné la cabeza, casi divertida.
—No me subestimes.
Antes de salir, me detuve.
—Y tú vienes con nosotros. Formas parte del plan.
Su respiración se cortó.
Salí.
A las pocas horas llegó el mensaje.
Localización confirmada.
Esta vez no iba a traducir amenazas.
Esta vez iba a traducir el final.