La Intérprete LO TENEMOS
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LO TENEMOS

Pasaron varias semanas.

La operación de Nueva Orleans fue un éxito absoluto. Todo salió según lo previsto: sin sobresaltos, sin fisuras. Los tiempos se cumplieron y las rutas funcionaron como un reloj.

En Nueva York ocurrió lo mismo. Fluido. Preciso. Rentable.

Todos estuvieron a la altura.

El socio quedó más que satisfecho. Firmamos un acuerdo de continuidad: Nueva Orleans y Nueva York quedaban consolidadas.

La Casa Neroni seguía viento en popa, y el acuerdo se amplió sin necesidad de presión. Cuando el dinero fluía, las palabras sobraban.

Además, el plan con el Cubano funcionó incluso mejor de lo esperado. Los clubes paralelos empezaron a llenarse. La clientela migró casi por inercia. Los rumores habían hecho su trabajo: la buena mercancía ya no estaba donde antes.

Y el dinero siguió ese mismo camino.

Los clubes de Thiago comenzaron a vaciarse.

Escuché rumores, discretos pero persistentes: Ríos ya se había enterado. Había visto la pérdida de clientela, el descenso de ingresos. Comprendió —demasiado tarde— que Thiago había jugado a dos bandas.

Y reaccionó como siempre: presión. Más dinero. Condiciones más duras. Exigencias asfixiantes. Amenazas veladas… y otras no tanto.

Exactamente como había previsto.

Thiago intentó verme varias veces. Insistió. Llamó. Envió mensajes. Incluso apareció por el edificio en más de una ocasión.

Nunca lo recibí.

No entró en mi despacho. No cruzó ninguna de mis puertas.

¿Para qué?

No me interesaba recrearme en la desgracia ajena.

La venganza ya estaba servida.

Y yo había conseguido lo que quería: control, rentabilidad y distancia.

Una noche, ya en la cama, con la habitación en silencio y la ciudad respirando a lo lejos, sonó el teléfono.

Miré la pantalla.

El Seco.

—Señora —dijo al otro lado—, disculpe que la despierte a estas horas.

Me incorporé despacio.

—Habla, Seco. Si llamas a esta hora, es porque hay algo importante.

Hubo un segundo de silencio.

—Tenemos al hombre.

El pulso no se me aceleró. Se me afiló la atención.

—¿Aquí, en Miami? —pregunté.

—Sí, señora. Lo tenemos.

Cerré los ojos un instante.

—Perfecto.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó.

Me levanté de la cama.

—Espérame —respondí—. Voy ahora mismo.

Colgué.

El verdadero final acababa de empezar