La Intérprete HASTA NUNCA
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HASTA NUNCA

Solo bastó una semana.

Una semana para que el Cubano hiciera lo que mejor sabía hacer: mover rumores como fichas de dominó.

Una semana para que la mercancía dejara de fluir hacia los clubes de Thiago. Para que en sus barras empezara a notarse la ausencia. Para que los clientes preguntaran, dudaran… y escucharan.

Una semana para que el rumor se extendiera como pólvora.

Lo bueno ya no estaba allí.

Ahora estaba en la competencia.

La mañana del cuarto día entré temprano en el despacho. Café negro. Mente fría. Todo iba exactamente como lo había planeado.

—Señora —anunció mi secretaria—. El señor Cruz quiere hablar con usted.

Hizo una pausa.

—Parece… muy enfadado. Y nervioso.

Levanté la vista con calma.

—Por supuesto. Esta vez no me voy a negar. Dile que pase.

Entró casi sin esperar respuesta. Cerró la puerta de golpe.

—Sofía, no te puedes imaginar en el lío en el que me estás metiendo —dijo, con la voz cargada de rabia—. No puedo creer que seas capaz de hacer esto.

Me quedé quieta, observándolo, con una serenidad casi insultante.

—No te entiendo —respondí—. Habla con más claridad.

—Sabes perfectamente de lo que estoy hablando —dijo—. Te has metido con mi dinero. Eso es completamente inmoral.

Le sostuve la mirada.

—¿Me vas a dar tú lecciones de lo que es inmoral? —pregunté despacio—. ¿De verdad?

Empezó a caminar por el despacho, nervioso, pasándose la mano por el pelo.

—Esto ya basta, Sofía. Esto no es un juego. Me vas a llevar a la ruina. ¿Tienes idea de lo que significa esto? Voy a perder clientes. Ríos se va a enterar… y me va a presionar.

Incliné la cabeza.

—Ríos se va a enterar de que estabas jugando a dos bandas —corregí—. Y sí, te va a presionar.

Hice una pausa.

—Además, te he quitado la protección.

Se giró hacia mí, pálido.

—¿Qué esperabas? —continué—. ¿Qué te acostaras con otras mujeres y que yo, encima, te siguiera protegiendo?

Sonreí sin humor.

—No, Thiago. En mi mundo eso no funciona así.

Di un paso hacia él.

—Y da gracias de que te esté perdonando la vida. Porque si yo chasqueo los dedos… desapareces. Y aquí nadie sabría ni cómo, ni cuándo, ni por qué.

Se quedó inmóvil. Tragó saliva.

Por primera vez desde que lo conocí, vi miedo real en sus ojos.

—No tienes ni idea con quién te has metido, Thiago —dije en voz baja—. Ni idea.

Volví a mi silla.

—A partir de ahora no quiero volver a verte. Ya no tenemos negocios en común. Lárgate.

Se acercó un paso, desesperado.

—Sofía… podemos arreglarlo. De verdad. Podemos recuperar lo que teníamos. No es tarde. No te he olvidado.

Su voz se quebró.

—Ninguna mujer me hace sentir lo que tú. Y sabes que nadie más ha hecho arder tu piel como yo.

Solté una carcajada breve.

—Vete.

Levanté la mirada una última vez.

—He estado con hombres que volaban mucho más alto que tú.

Eso fue lo que terminó de romperlo.

—Adiós, Thiago. Hasta nunca.

Se quedó unos segundos más, derrotado, y finalmente salió del despacho.

Cuando la puerta se cerró, apoyé la espalda en la silla.

Sonreí.

No de alivio.

De satisfacción.

La partida había terminado.

Y yo había ganado.