BAJO CONTROL
Estaba desayunando en el jardín, con el sol de la mañana filtrándose entre las palmeras y el café aún humeante, cuando sonó el teléfono.
Al ver su nombre, sonreí sin querer.
—Qué bien oírte —dije—. ¿Cómo estás?
—Totalmente recuperado, Sophie. Puedes lanzar la operación.
Solté una carcajada incrédula.
—Venga, Julien… por favor. Te acaban de pegar un tiro y me dices que estás recuperado.
—Que sí —insistió—. Estoy al cien por cien, je te le promets . No podemos arriesgarnos más. Si esperamos, perdemos la ventana. Lánzala. Esta vez va en serio.
Me recosté y bajé la voz.
—No me importa esperar. Lo principal no son los negocios.
Hice una pausa.
—Si algo he aprendido en esta vida es que lo principal es la familia.
—Te lo agradezco —respondió—, pero si no estuviera bien no te estaría llamando.
—¿Estás seguro?
—Mira —dijo, con esa media risa suya—, anoche me lo pasé muy bien… ¿Tú crees que habría estado con una mujer si no estuviera recuperado?
Me eché a reír.
—De verdad… no sé cómo podéis hacer los hombres.
Suspiré.
—¿Y tú cómo estás, de verdad? ¿Cómo llevas lo de Thiago?
—Mejor de lo que pensaba —admití—. Ha dolido. Pero después de lo de Elías… esto no es nada. No le llega ni a la suela. Nunca voló a la altura del Halcón.
Guardé silencio un segundo.
—Lo siento —añadió él—. Mais quel connard… Perder a una mujer como tú… quel con , definitivamente.
—Lo que más me irrita es que me alertasteis todos. Y no hice caso.
—A veces estamos ciegos, Sophie —respondió con suavidad—. Algo me decía que no era trigo limpio. Mi deber era advertirte.
—Al menos ha pasado ahora —dije—. No más adelante.
—¿Vas a tomar represalias? —preguntó.
Sonreí.
—Claro. Pero a mi manera. No quiero sangre.
Me incliné hacia la mesa.
—Voy a tocarle donde más le duele: en su reputación y en sus negocios.
—Astuta… —murmuró—. ¿Qué has pensado?
—Reducirle la mercancía poco a poco. Ya no lo necesito. El mercado está abierto.
Hablé despacio, midiendo cada palabra.
—Los clubes paralelos con el Cubano siguen creciendo. Puedo aumentar la rentabilidad ahí, atraer a su clientela… vaciarle los locales sin que lo vea venir.
—Qué astuta, Sofía. Qué inteligente.
—Y no solo eso —continué—. Mi objetivo es que se ahogue solo. Cuando Ríos vea que, pese a tener el control, sus clubes se vacían… sospechará. Le exigirá más. Mucho más: precio, compromisos, presión. Y no tendrá salida.
— Mon Dieu… —rioó—. Una mujer traicionada puede ser muy peligrosa.
—Aprende la lección —le devolví la risa—. Tú también juegas a varias bandas.
—No, Sophie —replicó—. La diferencia entre él y yo es que yo nunca dejé que una mujer dejara un cepillo de dientes en mi casa.
—Tienes razón.
Hice una breve pausa.
—Si necesitas algo, dímelo. Si quieres venir, tengo espacio de sobra. Te pondré una enfermera las veinticuatro horas, si hace falta.
—Eso suena tentador —bromeó.
—Idiota —me reí—. Te hablo de una enfermera de verdad.
—De verdad, estoy bien —insistió—. Gracias igualmente.
Miré el jardín, el cielo limpio.
—Perfecto —dije al fin—. Entonces vamos adelante con la operación.
—A por el territorio americano.
Colgué con una sonrisa firme.
Esta vez, todo estaba bajo control.
Fui a verlo esa misma tarde.
El Cubano estaba exactamente igual que siempre: albornoz abierto, puro encendido, música latina de fondo y los pies descalzos sobre la mesa baja, como si el tiempo no pasara para él.
—Cubano… tú no cambias —dije al entrar.
Se rió sin moverse un centímetro.
—Intérprete… ¿qué te trae por aquí?
Me senté frente a él.
—Vamos a cambiar la jugada.
Alzó una ceja, interesado. Se quitó el puro de la boca.
—Te escucho.
—Quiero empezar a retirar mercancía de los clubes de Thiago.
Se quedó quieto un segundo. Luego se recostó en el sofá.
—¿Estás segura?
—Completamente. Ya no lo necesitamos.
Exhaló humo despacio.
—Es un movimiento grande.
—Pon toda esa mercancía en los clubes paralelos —continué—. Tus contactos. Los de siempre, que han crecido contigo. Ahí va a estar ahora lo bueno.
Frunció el ceño.
—Pero al principio perderemos dinero.
Sonreí, ladeando la cabeza.
—Eso es lo que va a parecer.
Hice una pausa.
—Vamos a atraer a toda su clientela. Cuando empiece a escasear lo bueno en sus clubes, se moverán solos.
El Cubano chasqueó la lengua, pensativo.
—¿Y qué hacemos con el ruido?
—Haz correr el rumor —dije—. En sus clubes. Que la mercancía ya no es la nuestra. Que ya no viene del Mono. Que es la de siempre… la que menos gustaba.
Sonrió despacio.
—Eso se me da bien.
—Lo sé. Eres el mejor creando rumores.
Soltó una carcajada.
Me miró con atención, más serio.
—Intérprete… ¿estás bien? Algo ha pasado.
Suspiré.
—Si tú supieras… Los hombres a veces pensáis con partes del cuerpo que no son el cerebro.
Se echó a reír.
—Yo siempre fui claro. Nunca prometí nada a nadie.
—Eso mismo he oído hoy —respondí—. Parece que es la frase del día.
Nos reímos los dos.
—El problema de Thiago —añadí— es que no fue claro desde el principio. Se creyó más listo que yo.
Lo miré fijamente.
—No sabe hasta dónde puedo llegar.
Asintió, serio.
—Mantenme informado de la operación.
—Y prepárate —añadí—. En breve lanzamos Nueva Orleans y Nueva York. Te quiero concentrado, Cubano.
Se incorporó, teatral.
—A sus órdenes, señora. A este paso no voy a tener solo una casa en Gran Caimán… también en Bahamas y otra en Maldivas.
Sonreí.
—Cubano… concentrado.
Se rió mientras yo me levantaba.
Salí de allí con la sensación clara de que la partida acababa de cambiar.
Esta vez, las reglas las ponía yo.
La venganza se servía en plato frío