La Intérprete A SU LADO
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A SU LADO

Me quedé en aquella habitación durante días. Días enteros.

Solo salía lo imprescindible: comprar algo rápido, respirar unos minutos al aire libre, estirar las piernas… y volver. Siempre volver.

Intentaba trabajar a distancia —llamadas breves, mensajes cifrados, decisiones urgentes—, pero no era fácil. Sabía que había dejado demasiado en Miami, y aun así nada importaba más que estar allí.

Lo observaba dormir durante horas, en silencio.

Y los recuerdos regresaban solos: las carcajadas absurdas, la complicidad inmediata. La Paz.

Cuando apareció justo cuando más lo necesitaba. Cuando estaba rota. Cuando ya no quedaba nadie.

—No te puedes ir ahora —le susurraba, sin saber si me oía—. Ahora no… aún no.

Pausa.

—Te necesito, Santini.

Durante esos días, Thiago no dejó de inundarme el teléfono: palabras dulces, promesas envueltas en emojis, fotos sin camiseta frente al espejo, como si el deseo pudiera sostenerlo todo.

Ese juego empezaba a parecerme repetitivo. Vacío.

Y la desconfianza seguía ahí.

Quieta.

Creciendo en silencio.

Unos días después, salí a comprar algo rápido. Apenas diez minutos. Cuando regresé y crucé la puerta de la habitación, lo supe al instante.

Tenía los ojos abiertos.

Me detuve en seco.

—Sophie… —susurró al verme.

Corrí hacia él.

—No hables —le dije, con la voz temblando—. Los médicos han dicho que tienes que descansar.

Parpadeó despacio, desorientado.

— Qu’est-ce qui se passe ? —murmuró—. No recuerdo nada. Solo… salía del restaurante… disparos… y luego un golpe.

Tragué saliva.

—Te atacaron, Santini. Hombres de Ríos.

Frunció el ceño, intentando ordenar las piezas.

—¿Ríos…? Pero yo…

—No te preocupes —lo interrumpí—. El hospital está blindado. No entra nadie sin que yo lo sepa.

Me miró con algo parecido a gratitud… y reproche.

—No tenías por qué, Sophie…

—No voy a dejarte solo.

Suspiró, débil.

—Ahora recuerdo… En el restaurante, algunos hombres me observaban. Pensé que no era nada.

Sentí un nudo en el pecho.

—Esto es por mi culpa —dije en voz baja. Me sostuvo la mirada. —No es tu culpa. Es Ríos. Juega sucio.

—Esta vez ha cruzado el último límite —dije—. Voy a encontrar a quien disparó. Y cuando lo haga… pagará.

No apartó la mirada.

—Gracias por quedarte.

Apreté su mano con cuidado.

—Siempre.

Días después, Santini empezó a mejorar de verdad. Fracturas, golpes…, pero nada irreversible. Salió del hospital. Volvió a caminar. A sonreír, aunque aún con dolor.

Entre pasillos blancos y noches sin dormir, mi teléfono vibró.

Thiago.

¿Cómo estás? Te echo de menos.

Luego, una foto: sin camiseta, recién salido de la ducha, la toalla en la cintura. Esa sonrisa calculada.

Cerré los ojos un instante.

Te odio , pensé.

Respondí breve.

Vuelvo en tres días.

Aquí te espero , contestó. Te voy a preparar algo especial.

No fueron tres días.

Ese mismo día, cuando todo estuvo bajo control, subí a mi avión.

Mientras el jet despegaba, miré por la ventanilla. Marsella se hacía pequeña. Santini estaba a salvo. Por ahora.

Y yo… yo volvía a casa.

Con demasiado en marcha.

Y cuentas que aún no estaban cerradas.