La Intérprete JUEGO SUCIO
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JUEGO SUCIO

Aterricé de noche.

El aire húmedo de Miami me golpeó al bajar del avión. El Seco me esperaba con los hombres de seguridad detrás.

—Bienvenida de nuevo, señora.

Mientras avanzábamos, me informó con su tono preciso, casi quirúrgico:

—En Marsella todo ha quedado organizado.

—Gracias.

—Seguimos detrás del hombre. Tenemos indicios, pero aún no hemos actuado. Queremos estar completamente seguros.

—Perfecto —respondí—. Gracias por la cautela. Cuento contigo.

—Siempre, señora.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Su cena está lista en casa, señora. Todo está preparado para que descanse…

Lo interrumpí con suavidad. —Gracias, Seco. Antes quiero hacer una parada. Necesito comprobar algo.

Giró ligeramente la cabeza hacia mí.

—Llévame al edificio del señor Cruz. Esperadme abajo. No sé cuánto tiempo estaré.

No hizo preguntas. —A sus órdenes.

Desde el coche vi el ático iluminado. Las luces encendidas. Perfecto. No le había avisado. No sabía que había vuelto antes.

Subí sola.

Saqué mi copia de las llaves. Entré.

Antes de abrir del todo, oí música. Risas. Dos voces.

Me detuve un segundo, inmóvil, escuchando.

No necesitaba oír más.

Abrí la puerta.

Y ahí estaban.

Thiago se giró. La sonrisa se le congeló en el rostro. Llevaba la camisa completamente abierta, todos los botones desabrochados, el torso expuesto sin disimulo.

Valeria estaba allí. Demasiado cerca. Demasiado cómoda.

Sobre la mesa, dos copas de vino a medio vaciar. La cama deshecha.

—Sofi… —dijo—. No te esperaba. Llegabas en tres días.

Lo miré sin pestañear.

—Ya veo que has sabido aprovechar mi ausencia.

—No es lo que parece —empezó, dando un paso hacia mí.

Incliné ligeramente la cabeza.

—Claro. Nunca lo es.

Recorrí la escena con una calma que incluso a mí me sorprendió.

—El mensaje de “te echo de menos”… ¿me lo mandaste antes o después de acostarte con ella?

—Sofi, espera…

No esperé.

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta. Sentí su mano intentando detenerme.

—Sofía, por favor.

No me giré.

Bajé en el ascensor.

Ahí fue donde se rompió algo.

No lloré. No grité.

Simplemente se me vino todo encima.

Santini tenía razón.

Claire tenía razón.

El Cubano tenía razón.

Todos tenían razón.

Y yo… yo había sido estúpida.

Otra vez.

¿Cómo me había dejado engañar?

¿Cómo había confiado así?

Otro hombre que no estaba a la altura.

Otra vez.

Las puertas se abrieron.

El coche esperaba. El Seco levantó la mirada al verme.

—Señora… ¿se encuentra bien?

Me limpié las lágrimas con rapidez. Enderecé la espalda y respiré hondo.

— Lo estaré, Seco.. Solo tenía que comprobar algo. Y ya lo he hecho.

Entré en el coche.

—Ahora sí. A casa.

Durante el trayecto no hablé. Al llegar, subí directamente a mi habitación. Me metí en la cama sin encender la luz.

erré los ojos.

Pensé en la traición. En lo fácil que había sido para él. En cómo había intentado engañarme cuando todos me habían advertido.

Y aun así…

su sonrisa. su cuerpo. la química. el fuego.

Eso era lo que más me enfadaba: haberlo sentido de verdad.

No con él. Conmigo.

Me quedé despierta, furiosa, calculando.

Porque iba a reaccionar. Pero no de la forma que él esperaba.

Y eso…

eso sí que iba a doler.

FIN DEL JUEGO

A la mañana siguiente llegué al despacho muy temprano.

Demasiado temprano para alguien que había dormido poco y mal.

Encendí las luces y lo vi enseguida: sobre la mesa, un ramo de flores y, al lado, una caja alargada, elegante.

Sentí una punzada inmediata de rabia.

Cogí la tarjeta.

Perdóname. De verdad que lo siento. Te debo una explicación. Apreté la mandíbula.

Abrí la caja. Una gargantilla de oro. Bonita. Brillante. Exclusiva. Visible. Exactamente el tipo de regalo que alguien como él creía que arreglaba las cosas.

Cerré la caja sin emoción.

Salí del despacho con todo en las manos y me acerqué a la secretaria.

Le tendí las flores y la caja.

—¿Te gustan las flores?

—Son… muy bonitas.

—Perfecto. Son tuyas. Esto también.

Se quedó mirándome, desconcertada.

—Gracias, señora…

Volví a mi despacho sin mirar atrás.

Me senté y empecé a trabajar. Nueva Orleans. Nueva York. Rutas, tiempos, contactos.

Me forcé a concentrarme, pero la memoria era traicionera: el despacho, la mesa, su cuerpo, aquella vez que perdí el control aquí mismo.

Sentí rabia. Mucha.

Qué estúpido, Thiago.

Qué estúpida yo.

Respiré hondo.

Eso lo resolveré después.

Ahora tocaba hacer lo que mejor sabía hacer.

A mitad mañana llamaron a la puerta.

—Señora, tiene visita. El señor Cruz quiere pasar.

Me quedé quieta unos segundos.

—Dile que no tengo tiempo. Estoy ocupada.

Volví al ordenador.

Minutos después, de nuevo la voz de la secretaria:

—Insiste, señora.

Sonreí con cansancio.

—Está bien. De todas formas, va a tener que dar la cara en algún momento. Dile que pase.

Entró.

Seguro de sí mismo. Guapo. Incómodamente guapo. Camiseta blanca ajustada.

Lo miré sin levantarme.

—¿Has visto mis regalos? —preguntó.

—Sí.

—¿Y?

—No me gustan. Se los he regalado a mi secretaria.

Se quedó un segundo en silencio.

—¿Tú sabes cuánto vale ese collar? Es oro italiano, edición limitada…

—No me interesa, Thiago. Puedo tener todo lo que quiera. No necesito que ningún hombre me regale nada.

Intentó sonreír.

—Veo que hoy lo tengo difícil.

Lo corté en seco.

—Escúchame bien. No tengo ganas de verte. Estoy ocupada. Así que te lo voy a dejar claro: cuando salgas de este despacho, esta será nuestra última conversación personal. A partir de ahora, todo será estrictamente profesional.

—Quiero explicártelo —dijo—. Lo de anoche…

—No hay explicación.

Me incliné ligeramente hacia delante.

—¿Sabes qué es lo que más rabia me da? Que todo el mundo me lo advirtió. Y no les hice caso. Ni siquiera a mí misma.

—No es lo que parece —insistió—. Fue solo un…

—¿Un qué? —lo interrumpí—. ¿Un desliz? ¿Eso vas a decirme?

No respondió.

—¿Puedes garantizarme que ha sido el único?

Silencio.

Sonreí sin alegría.

—Claro. El hecho de que te haya pillado esta vez no significa que no haya habido otras.

—Sofi, es diferente… además, yo nunca te prometí nada.

Esa frase ardió en mí.

—Te pregunté directamente si veías a más mujeres y fuiste capaz de mentirme mirándome a los ojos…

—Sofi…

—No —lo corté—. Y, además, tienes razón en una cosa.

Me recosté en la silla.

—Nunca me prometiste nada. Ni compromiso, ni exclusividad. Y eso es lo que más me irrita. Porque fui yo la que se creó expectativas. Como me dijo un amigo: la decepción depende de ellas.

Se removió incómodo.

—Si no tienes nada más que decir, lárgate de mi despacho.

—Piensa en nosotros —insistió—. En nuestra química. En esas noches…

Lo miré. Y sonreí.

—Thiago…

Hice una pausa.

—A ver si aprendes de una vez que el físico no lo es todo. Madura.

Lo vi perder la última bala.

—Antes de irme… el negocio. ¿Cómo queda?

Solté una carcajada breve.

—Ah. Eso era lo que te preocupaba. El negocio. El dinero que te estoy haciendo ganar.

—No he estado contigo por eso…

—Espero que no. Por tu bien y por el mío. Quiero pensar que valgo más que eso.

Me levanté.

—No sé todavía qué voy a hacer contigo. Pero te aseguro que las cosas no se van a quedar como están.

Tragó saliva.

—Sofi… piénsalo bien. Yo me juego mucho en esto. No mezcles el trabajo con lo personal.

Lo miré con frialdad.

—¿Acaso tú no lo mezclaste?

Abrí la puerta.

—Fuera. No quiero volver a verte aquí.

Avanzó con resignación.

—Una cosa más, Thiago —añadí—: no vuelvas a llamarme Sofi. Detesto cuando me llamas así.

Se fue.

Cuando la puerta se cerró, sentí un vacío breve. Doloroso. Pero pasó.

Y, sorprendentemente, me sentí bien.

Firme. Íntegra.

Orgullosa de no haber caído otra vez.

Sí, había perdido algo.

Pero también me había recuperado a mí misma.

Al final del día entré en casa con el cansancio clavado en los hombros.

El Seco estaba allí, como siempre: discreto, atento. En cuanto me vio, avanzó un paso.

—Señora Sofía… —dudó un segundo—. Con todo lo que ha pasado estos días, no he tenido ocasión de decírselo. Gracias. De verdad. Por la casa… por todo lo que está haciendo por mi familia. Nunca lo habría imaginado.

Negué suavemente con la cabeza.

—Seco, no tienes que darme las gracias. Tú eres mi familia. Y tu mujer también.

Hice una pausa.

—Quiero que tus hijos tengan la mejor educación posible. Y, si necesitáis algo, lo que sea, me lo dices. ¿Estamos?

Bajó la mirada, emocionado.

—Sí, señora… gracias. De corazón.

Respiré hondo antes de continuar.

—Seco, a partir de ahora quiero que se le niegue el acceso a Thiago Cruz. A esta casa y a todas mis propiedades. No puede entrar. No puede acercarse. Diga lo que diga.

Lo miré con firmeza.

—Salvo que yo diga lo contrario. Y eso no va a pasar.

Asintió de inmediato.

—Así será, señora.

Dudó un instante más y, con ese tono casi paternal que solo él se permitía conmigo, añadió:

—¿Está usted bien? Perdone la indiscreción… pero si necesita algo, aquí estoy.

La coraza se me resquebrajó apenas un segundo.

—Ay, Seco… —exhalé—. Otra decepción.

Hice una pausa.

—Me ha traicionado.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿En los negocios?

Negué.

—No. En los negocios no. Si no, no estaría respirando ahora.

Bajé la voz.

—Cuando llegué anoche… estaba con otra mujer.

El Seco apretó la mandíbula.

—Lo siento mucho, señora. Se la veía… contenta últimamente.

—Lo estaba —admití—. Y, en el fondo, lo sabía. Pero una cosa es saberlo y otra verlo con tus propios ojos. Tenía que comprobarlo.

Guardó silencio unos segundos y luego habló con frialdad profesional:

—Si quiere que tomemos alguna acción respecto al señor Cruz… ya sabe. No se manche las manos. Nosotros nos ocupamos. Limpio. Nadie se entera.

Me quedé pensativa. Muy quieta.

—Gracias, Seco.

Lo miré de nuevo.

—Me voy a vengar. Pero no de esa manera.

Asintió, sin hacer más preguntas.

—Como usted ordene, señora.

Subí las escaleras despacio, con el eco de mis pasos acompañándome.

Me sentía rota.

Pero también despierta.

Esta vez, nadie iba a volver a confundirme con alguien débil.