EL CRISTAL
El hospital apareció ante mí como una mole blanca y fría. Clínica privada, seguridad en la entrada, luces demasiado intensas para la noche que llevaba dentro.
Entré casi corriendo.
El ambiente era aséptico, silencioso, roto por el pitido lejano de las máquinas y el murmullo bajo del personal. Urgencias al fondo, camillas yendo y viniendo, rostros tensos. El olor a desinfectante me revolvió el estómago.
El vuelo había sido interminable. Angustia pura. No había dormido, apenas había respirado en horas.
No podían arrebatármelo también a él.
No ahora.
Santini era lo único que me quedaba. Mi ancla. Mi familia.
Avancé por el pasillo privado mientras las imágenes se imponían sin permiso: Miami, las risas; Moscú y el vodka; las bromas; la última noche juntos, sin saber que podía ser la última.
Al llegar al ala privada, su equipo de seguridad ya estaba allí. Hombres serios, trajes oscuros, miradas tensas. Me reconocieron al instante. Nadie preguntó nada.
Me detuve frente a la habitación.
Una cristalera separaba el pasillo del interior.
Ahí estaba.
Santini dormía. Demasiado quieto. Conectado a máquinas, cables, monitores. Su pecho subía y bajaba con lentitud. Vendajes visibles. El pitido constante confirmaba que seguía ahí.
Apoyé una mano en el cristal.
No entré.
Aún no.
Tragué saliva y me giré hacia uno de sus hombres.
—¿Tenéis noticias? ¿Qué pasó exactamente?
—Un coche le cerró el paso al salir de una cena. Luego apareció una moto. Disparó y huyó. Rápido. Profesional.
—¿Y él?
—Le dispararon en el abdomen. Esta madrugada entró en el quirófano. Pararon la hemorragia. Está estable. Grave, pero fuera de peligro inmediato.
—¿El cirujano es de confianza?
—Sí.
—¿Y el hospital?
—En el informe no figura ningún disparo. Se ha registrado como una perforación abdominal por accidente doméstico. Una caída sobre vidrio.
Sostuve su mirada.
—Asegúrense de que siga siendo así.
Cerré los ojos un instante.
—Voy a averiguar quién ha sido —dije con una calma que no sentía—. Y va a pagar por esto.
Levantaron la mirada.
—Han vuelto a tocar a mi familia… —añadí—. Y eso tiene consecuencias.
Minutos después, el teléfono sonó.
—Seco —dije al instante—. ¿Tienes algo nuevo?
Su voz llegó firme, como si ya supiera la respuesta.
—Sí, señora. Todo apunta a los hombres de Ríos de nuevo.
No me sorprendió.
—Tiene sentido. Es su forma de operar.
La rabia me cruzó el pecho. Respiré hondo.
—Envía a los mejores hombres que tengamos. Que lleguen hoy mismo. Refuerza la seguridad del hospital: vigilancia veinticuatro horas. Nadie entra ni sale sin autorización.
—A sus órdenes, señora.
—Y hay algo más —añadí, bajando la voz—. Quiero al ejecutor. Nombre real. Familia. Rutinas. Todo. Hijos, colegios, trabajos.
Una pausa.
—Esta vez no hay límites, Seco.
Silencio al otro lado.
—Entendido.
—Es prioridad absoluta. Cuando lo tengas, me llamas.
Colgué.
Volví la vista hacia la habitación.
Santini seguía ahí, inmóvil tras el cristal.
—Esta vez voy a llegar hasta Ríos —murmuré—. Ha ido demasiado lejos.
Me quedé de pie.
Sin moverme.
Vigilando.