La Intérprete FUEGO Y SANGRE
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FUEGO Y SANGRE

En cuanto llegamos, fui directa al baño. Necesitaba unos minutos sola.

Me quité el vestido despacio, como si cada gesto pesara más de lo normal. Me puse la bata de seda, pero mi cabeza seguía en la fiesta.

En Valeria.

En su forma de acercarse.

En cómo él reaccionó.

Celoso. Posesivo.

Y después… exhibiéndome.

Eso me molestó más de lo que quería admitir.

Cuando salí, lo vi.

Tranquilo.

Demasiado.

Había pedido champán. Servía dos copas con naturalidad, ya sin camisa, como si la casa le perteneciera. El jacuzzi estaba preparado; el vapor subía lento bajo la luz tenue.

Me apoyé en el marco de la puerta.

—Te estás acostumbrando demasiado a esta vida conmigo.

Alzó la vista, divertido.

—No… lo que quiero es arreglar esto contigo.

Mi enfado chocó con su presencia.

Con su cuerpo.

Con esa seguridad.

Y lo odié un poco por eso.

Dejó las copas junto al jacuzzi y me hizo un gesto.

Me senté en el borde, sin entrar.

—Quiero dejarte claras dos cosas.

—Sofi… no hemos venido a discutir.

—Estoy molesta.

—¿Celosa?

Sonrió.

—Es una amiga. Tengo muchas… en este trabajo hay que tratar con todo el mundo.

Lo miré.

—No te confundas. No es por Valeria.

Se tensó.

—Es por algo más importante.

Entré en el agua, frente a él, sin tocarlo.

—Primero: no te pongas celoso. Yo no pertenezco a nadie. No le doy explicaciones a ningún hombre. ¿Está claro?

El silencio fue inmediato.

Me sostuvo la mirada.

—¿Está claro?

Asintió despacio.

—Claro.

Intentó acercarse.

—Perdona si te molestó… me gustas demasiado. Y cuando te pones así…

Noté cómo mi enfado cedía, a pesar de mí.

—Segundo —continué—: no soy un adorno. Si me llevas a un sitio para exhibirme, no vuelvo. A mí se me respeta.

Se quedó serio.

Midió la respuesta.

—No era eso. De verdad.

Entró en el jacuzzi y se acercó lo justo.

—Claro que me gustas —dijo—. Y no solo físicamente. Me gusta cómo piensas. Cómo miras. Cómo negocias sin pedir permiso.

Hizo una pausa.

—No eres como las demás.

No me moví.

—¿Y aun así me tratas como una más?

—No —respondió—. Por eso me molestó que te fueras así.

Se acercó un poco más.

—Y aunque estés molesta… sabes que hay fuego entre nosotros.

No lo negué.

—Te estás conteniendo —añadió—. Y lo sabes.

Incliné la cabeza.

—Eso es una presunción peligrosa.

Sonrió.

—Entonces demuéstrame que me equivoco.

Se pasó la mano por el pecho, despacio. Su piel mojada brilló bajo la luz tenue. Los músculos se tensaron al moverse.

—Mírame —susurró—. Y dime que no quieres estar entre mis brazos ahora mismo.

El silencio se tensó.

—Sabes que, si me acerco un poco más, esta noche no vas a recordar ni cómo te llamas —añadió.

—No juegues conmigo.

Se inclinó un poco más, con esa media sonrisa que siempre iba un paso por delante.

—Ven… y deja de fingir.

Nos quedamos a centímetros, respirándonos.

Y en ese instante lo supe: tenía razón. Y el peligro no era él.

Era lo que yo sentía.

Lo odié por saberlo.

Sabía usar sus armas, y en esa batalla yo ya había cedido.

Lo besé. El agua se movió alrededor de nosotros mientras el enfado se transformaba en otra cosa, más intensa, más peligrosa. Fuego. Como si el mundo dejara de existir fuera de ese instante.

El jacuzzi, la noche, Miami iluminado a nuestros pies.

Nada más.

El teléfono vibró en la madrugada.

Tardé unos segundos en reaccionar. La habitación estaba a oscuras; el silencio, roto solo por ese zumbido insistente.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

La voz del Seco llegó grave. Demasiado.

—Señora, Santini… en Marsella.

El corazón me dio un golpe seco. Me incorporé de inmediato.

—¿Qué? —tragué saliva—. ¿Está bien?

Silencio.

—Señora… no tenemos más información. Solo que ha habido un ataque armado. Está hospitalizado.

El aire se me quedó a medio camino. Me senté en el borde de la cama, helada.

—¿Está vivo?

—No lo sabemos aún.

Cerré los ojos un segundo.

—¿Dónde ha sido? ¿Cómo?

—En cuanto tenga detalles, se los comunicaré.

Asentí, aunque no pudiera verme.

—Prepara el avión. Salgo a Marsella ahora. Cancela todo.

—Así será, señora.

Colgué.

A mi lado, Thiago se movió.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, aún a medio despertar—. ¿Santini?

—Ha habido un ataque. Está hospitalizado.

Se quedó serio al instante.

—Lo siento, Sofi… ¿quieres que vaya contigo?

Negué.

—No. Voy sola.

Me levanté, buscando ropa.

—Estoy segura de que Ríos tiene algo que ver.

Thiago me observó en silencio.

—Si ha sido él… ¿qué piensas hacer?

Me giré despacio.

Lo miré con una calma que no era calma.

—Más vale que no sea él —dije en voz baja—. Porque esta vez no voy a mirar hacia otro lado.

Una pausa.

—Esta vez paga con su vida.

Thiago no respondió. Solo me miró. Como si acabara de entender de verdad con quién estaba.

—Me voy a vestir —añadí—. Salgo ya. Tú… vete después del desayuno.

Dudó.

—Sofi… espero que no estés así conmigo por lo de anoche. Me importas.

Asentí sin detenerme.

Me acerqué y le di un beso breve.

—Luego hablamos.

El jet me esperaba.

Y yo no pensaba detenerme hasta Marsella.