La Intérprete SU JUEGO
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SU JUEGO

La invitación llegó como una frase lanzada al aire, de esas que parecían casuales y, sin embargo, escondían una intención.

—Me han invitado a una fiesta en un yate… —dijo Thiago, con esa sonrisa ladeada—. ¿Quieres venir conmigo?

Yo acababa de cerrar el despacho, aún con la cabeza llena de cifras, rutas y nombres en clave. Pero al mirarlo, apoyado con esa seguridad insolente no me pude resistir.

Me preparé sin prisa. No por vanidad: por estrategia.

Elegí un vestido que hablaba sin gritar: blanco, limpio, ajustado, elegante como un cuchillo. Tacones, el pelo suelto, una gargantilla de oro blanco.

No era la Sofía de antes. Era otra. Más precisa.

Thiago pasó a recogerme y, al verme, se quedó quieto un segundo.

—Ay bendito… —murmuró—. Así no se puede salir por Miami.

—Ah, ¿no?

—No si me quieres dejar vivo.

Sonreí, aunque por dentro noté ese vértigo: el juego empezaba a mezclarse con otra cosa.

Llegamos a la marina. Música filtrándose entre los barcos, luces reflejadas en el agua, voces, risas, copas. El yate era enorme, blanco, impecable. Seguro de sí mismo.

Thiago bajó primero y me tendió la mano. La tomé.

Al poner un pie en la cubierta, lo sentí: un silencio breve.

No tuve que presentarme.

Las miradas fueron primero a Thiago… y después a mí.

No curiosidad.

Cálculo.

Respeto.

Thiago lo notó. Se le ensanchó el gesto.

—¿Ves? Te miran distinto.

Caminamos entre lino, seda, relojes caros, música suave, champán frío. Todo medido para parecer natural.

Thiago saludaba a todos. Era su terreno.

Yo no lo seguía. Caminaba a su altura.

Entonces lo oí.

—No sabía que Thiago jugaba en ligas tan altas…

No miré. Tomé la copa que me ofrecían y bebí despacio.

Thiago, en cambio, sonrió. Ese comentario lo alimentaba.

Y ahí lo vi claro: no era solo que le gustara estar conmigo. Le gustaba lo que yo decía de él.

Subimos a la zona alta. El skyline de Miami flotaba al fondo, irreal.

—¿Te gusta? —me preguntó.

—Me gusta observar.

—¿Y qué observas?

Lo miré un segundo.

—Que te gusta que te miren conmigo.

Sonrió, sin negarlo.

—¿Y a ti?

—A mí me da igual que miren. Me importa que recuerden.

Se quedó un instante sin saber si tomárselo como un juego.

Y entonces la vi.

No fue su aspecto.

Fue cómo se acercó.

Directa a él.

—Thiago.

Su nombre sonó demasiado cómodo.

Él sonrió distinto.

—Valeria…

Ella lo tocó. Apenas un roce. Suficiente.

No era nuevo.

Valeria me miró después.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

—Ella es Sofía —dijo Thiago.

Solo Sofía.

Nada más.

Y eso lo dijo todo.

—Encantada —dijo ella.

—Igualmente.

—Una amiga —añadió—. De hace tiempo.

—Se nota —dije.

Thiago intentó aligerar.

—Bueno, disfrutemos.

Pero ya no era solo una fiesta.

Los detalles hablaban.

Y yo escuchaba.

Nos quedamos un rato más. Nombres, copas, promesas. Yo sonreía lo justo. El resto, me lo guardaba.

Un hombre se acercó demasiado.

—No te había visto por aquí. ¿Eres nueva en Miami?

Antes de que pudiera responder, Thiago apareció a mi lado.

—Está conmigo.

El otro sonrió, sin apartarse del todo.

—Solo saludaba.

—Pues saluda desde lejos.

Hubo un instante de más. Después, el hombre se retiró.

Cuando se fue, Thiago me miró.

—Aquí hay muchos buitres.

Lo observé un segundo.

—¿Lo dices por ellos… o por ti?

Thiago sostuvo la mirada.

No respondió.

Y no hizo falta.

Ya no era solo deseo.

Había algo en su forma de mirarme —más cerrado, más suyo— que no me gustó.

Porque yo no era de nadie.

Me acerqué a su oído.

—No confundas compañía con pertenencia.

Tragó saliva.

—Me lo estás poniendo difícil, española.

—Acostúmbrate.

Me aparté.

La música siguió.

Algo se había desplazado.

Una grieta.

Y las grietas siempre terminaban por abrirse.

Thiago empezaba a querer controlarme… y yo empezaba a sentir demasiado.

Y ambas cosas, en mi vida, siempre acababan en lo mismo: fuego.

El coche avanzaba en silencio por las calles de Miami. Las luces corrían al otro lado de la ventanilla, pero yo seguía en el yate.

Thiago rompió el silencio.

—No me ha gustado cómo ha terminado la noche.

Giré la cabeza hacia él.

—¿No?

—No. —Hizo una pausa—. No quiero que acabe así. Vamos a terminarla juntos… bien. Como siempre.

Lo miré. Esa sonrisa suya, peligrosa, irresistible. La que usaba cuando quería algo.

Y funcionaba.

—¿Quieres venir a mi casa? —pregunté al final.

Sonrió.

—Por supuesto.