ESPECIES DISTINTAS
Por la mañana había pedido un desayuno americano completo: huevos revueltos, bacon, café. Y, por supuesto, croissants. Para él.
Nos sentamos en el jardín, con la piscina brillando bajo el sol y el canal en calma. Santini miró la bandeja y sonrió.
—Oh… —dijo, señalando los croissants—. Qué detalle.
—He pensado en ti.
Rió mientras cogía uno.
—Eso, Sophie, es amistad de la buena.
Su expresión cambió.
—El Chuso me contó que has tenido dos ataques en poco tiempo.
Algo se tensó en mí.
—Sí. Hombres de Ríos.
—Según el Mono, hay rumores de que Ríos quiere tu cabeza… —añadió, más bajo—. Esto se está poniendo serio. No quiero que te pase nada.
Le sostuve la mirada.
—Estoy preparada. Tengo seguridad. Y cabeza.
Suspiró.
—Cuando alguien se vuelve imprescindible… el peligro aparece.
Durante unos segundos solo se oyó el agua de la piscina. Removí el café sin beberlo.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Levanté la vista.
—En lo que dijiste anoche. Sobre Thiago.
Frunció el ceño.
—No es mi intención que dudes.
—Necesito tu opinión. Como hombre.
Dejó el croissant en el plato.
—Ojalá me equivoque. Pero entre hombres se nota. Sabes cuándo alguien tiene códigos… y cuándo no.
Me quedé quieta.
—El Halcón los tenía —añadió.
Miré el agua antes de responder.
—Lo sé.
Silencio.
—Pero el Halcón ya no está, Julien.
—Claro… —dijo, bajando el tono—. Solo digo que no son lo mismo. Es otra naturaleza.
Sonreí apenas.
—El mundo de la noche no trae nada bueno, Sophie —continuó—. Las decepciones nacen de lo que esperamos. Ten claro qué quieres.
—No tengo expectativas —respondí—. O no las tenía.
Me miró con atención.
—¿Estás enamorada?
Pensé unos segundos.
—No. Solo me he enamorado una vez… y no creo que vuelva a pasar.
Bajé la voz.
—Esto es distinto. Más físico. Más… inmediato. Con él hay electricidad. Es otra cosa.
Santini asintió despacio.
—Sí. Ese tipo de relaciones las conozco bien. Son las mías. Mucha intensidad, poco suelo firme. Pero tú no eres así.
Sonreí.
—¿Ahora lees el futuro?
—No. Pero sé que tú acabarás queriendo estabilidad.
—Todo depende de lo que espere —repliqué—. Y ahora mismo… no espero demasiado.
Me miró de lado.
—¿Y el cepillo de dientes? ¿Y las cosas que has dejado en su casa?
Guardé silencio un instante.
—Es detallista conmigo —admití—. Me manda flores… regalos.
Se rió.
—¿Qué tipo de regalos?
Sonreí.
—La otra noche me mandó uno… un poco picante.
— Mon dieu …
—Tú has preguntado.
Se inclinó hacia mí.
—Adivino. Lencería.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo he hecho mil veces —respondió—. Es el manual.
Me reí.
—Qué básicos sois.
Luego me quedé en silencio largo.
—Tienes razón —dije al fin—. Está muy lejos del Halcón.
Respiré hondo.
—Pero tengo que seguir. Y ahora mismo… esto me hace sentir viva.
Me miró con una ternura limpia. Se levantó y besó mi frente.
—Estoy aquí. Siempre.
Unos días después, Santini se marchó.
Pero algo se había desplazado.
Nuestra relación había ganado peso.
Y, sin buscarlo, pasó a formar parte de lo imprescindible.