La Intérprete ENTRE JUGADORES
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ENTRE JUGADORES

Santini se quedaría en mi casa unos días.

Al entrar, se detuvo. Recorrió el salón con la mirada: los ventanales abiertos al canal, la piscina iluminada, el reflejo de la ciudad al fondo.

— Oh là là … —dijo al fin—. Qué casa, Sofía. Es increíble.

—Estás en tu casa. Ponte cómodo.

Sonreí mientras dejaba el bolso sobre la consola.

—Julien —añadí—, te lo he dicho mil veces: Miami te encantaría. Vente a vivir aquí. Me gustaría tenerte cerca.

Se rió y negó con la cabeza.

—Ay, no… El Mediterráneo, Marsella, la comida francesa…

—No empieces otra vez con la comida —le corté, riendo.

—Es la verdad.

—A tu favor —dije—, aquí casi nada pica. Salvo que busques restaurantes latinos. Y son excelentes.

Nos miramos un segundo y estallamos en risas.

—Ok —cedió—. Pero el Mediterráneo es el Mediterráneo. Europa es Europa.

—Lo sé —respondí, más seria—. Echo de menos Europa. Más de lo que crees.

El silencio apenas duró un instante.

—Cambiando de tema —añadí—, vamos a tomar algo. Tengo un plan.

Alzó una ceja.

—¿Plan bueno o plan peligroso?

—Depende de para quién —sonreí—. ¿Te apetece ir a uno de los clubs de Thiago? Quiero que lo conozcas.

—¿Thiago? —dijo—. Por supuesto. Tendré que dar el visto bueno.

—Lo sabía.

—¿Hay mujeres?

Lo miré incrédula y me eché a reír.

—Eres terrible. ¿Has venido a ver a una amiga o a ligar?

—Puedo hacer las dos cosas —respondió, encogiéndose de hombros.

The Velvet Club era una declaración de intenciones: elegante, sofisticado, luces cálidas, música precisa. Un rooftop de cristal y mármol. Gente hermosa y poderosa moviéndose con naturalidad entre copas y conversaciones privadas.

Entramos por la zona VIP sin detenernos. Me reconocieron al instante.

Santini silbó en voz baja.

— Mon dieu … Te has convertido en alguien importante aquí. Me fascina lo que has construido. El respeto que te tienen.

—A veces pienso en la Sofía de antes y en la de ahora —le confesé—. Y no me reconozco. Soy otra.

Entonces lo vi.

—Ahí está —murmuré—. Os vais a llevar bien. Tenéis cosas en común.

Apareció entre la gente, impecable, con esa seguridad suya. Magnético.

—Thiago, te presento. Él es Julien Santini.

—Encantado —dijo Thiago, estrechándole la mano. Esta noche estoy trabajando, pero me quedo con vosotros un rato.

Santini lo observó con una cortesía medida.

—Encantado.

—Julien tiene los mejores clubs de la Costa Azul —añadí.

—Sofía exagera.

—No exagero.

Thiago sonrió.

Hizo una señal a los camareros.

—Traednos la mejor botella.

—¿Qué bebemos? —preguntó.

—Vodka no —dijo Santini rápido—. Por favor, cualquier cosa menos vodka.

Nos miramos y rompimos a reír. Thiago frunció el ceño, divertido.

—Anécdota larga —dije—. Mejor no saberla.

—Entonces no pregunto —respondió—. En este negocio, el vodka siempre trae historias.

Santini asintió.

—Cada ciudad tiene sus reglas. ¿Cómo gestionas un sitio así?

Thiago se apoyó con naturalidad.

—Control en la puerta, buen ambiente dentro y cero problemas. El que viene a romper la noche, no vuelve.

—En la Costa Azul es diferente —dijo Santini—. Más discreto. Mucho cliente habitual. La confianza sostiene todo.

Thiago sonrió.

—Aquí todo es más rápido. Miami cambia constantemente. Si no te adaptas, desapareces.

Santini lo observó un segundo.

—Sí… aquí todo es más intenso.

—La intensidad es parte del negocio.

En ese momento alguien lo llamó desde el otro lado del club.

—Os dejo —dijo—. Pero que no os falte de nada. Sois mis invitados.

Mientras se alejaba, saludó a varias personas. A dos mujeres les dedicó una sonrisa lenta, demasiado familiar.

Santini lo vio.

No dijo nada.

Pero lo entendió.

—¿Y bien? —le pregunté.

Santini bebió antes de responder.

—¿Quieres sinceridad?

—Siempre.

—No me gusta.

Fruncí el ceño.

—Apenas lo conoces.

—No sé, Sophie… —dijo—. Algo no me cuadra. Conozco este mundo. Y no quiero que se aprovechen de ti.

—No hay compromiso —le recordé.

—Ya. Pero hay intensidad. Y ese tipo de hombres… son peligrosos fuera del negocio.

Guardé silencio.

—¿Crees que me va a traicionar?

—En el negocio no lo sé —admitió—. En lo personal… no me inspira confianza. No parece de los que se quedan en una sola mujer.

—¿Hablas de él o de ti?

Sonrió.

—Precisamente. Juego el mismo juego. Y entre jugadores, nos reconocemos.

Suspiré.

—Estás en modo protector.

— Toujours .

Bebimos un poco más, sin excesos.

—Tranquilo —le dije—. Esta noche no pienso repetir Moscú. Mañana trabajo.

Santini se rió.

—Yo tampoco. Aprendí.

Nos levantamos poco después.

Al salir, lancé una última mirada al club. A Thiago. A la noche.

Algo se tensó en mí.

No supe si era una advertencia o deseo.