La Intérprete TERRITORIO AMERICANO
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TERRITORIO AMERICANO

Pasaron semanas.

Sin darme cuenta, en el ático de Thiago ya había dejado un cepillo de dientes, una muda, un pequeño neceser: lo justo para no tener que pensar. Como él dijo aquella mañana, por comodidad.

Ninguno habló de compromiso, pero aquello hacía tiempo que había dejado de ser funcional.

Lo que había entre nosotros era otra cosa.

Sobre todo, física.

Y me devolvía a una forma de vida que creía perdida.

Seguíamos sin rastro del coche que nos había salvado aquella noche. Ninguna cámara, ningún testigo, ninguna matrícula. Nada.

Con los días empecé a convencerme de que había sido una casualidad. Un cruce de violencias ajenas. Aunque algo en mí se resistía a aceptarlo.

En paralelo, el negocio avanzaba con una solidez que incluso a mí me sorprendía. El ruso dio por aprobada mi gestión. Los ingresos se dispararon y su confianza dejó de ser una apuesta para convertirse en una certeza.

Todo funcionaba. La Casa Neroni funcionaba. Florida funcionaba.

Y el siguiente paso era inevitable.

Nueva Orleans. Nueva York.

Aquel día era importante.

Había elegido una de mis propiedades en Fort Lauderdale para la reunión: una urbanización privada, discreta; antiguas casas de pescadores reconvertidas en residencias de lujo. El tipo de lugar donde nadie miraba dos veces.

Cuando llegué, todo estaba preparado.

El primero en aparecer fue Park.

Entró en silencio, impecable, con ese control que lo definía. Inclinó ligeramente la cabeza y tomó asiento sin decir nada.

El segundo fue Santini.

Su saludo fue distinto: un abrazo largo, cálido.

—Sophie… tenemos que vernos más.

Después llegaron Chuso y el Mono, hablando antes incluso de cruzar la puerta.

—No te miento: cuando desperté, estaba en la piscina —decía el Mono—. Me miró y pensé: esta mujer me va a arruinar la vida.

—Siempre te pasa lo mismo —dijo Chuso, con una sonrisa apenas insinuada—. Por eso nunca recuerdas los nombres.

—Ya —intervine, sin levantar la voz—. Luego seguimos. Ahora, centrados.

Se miraron un segundo. Después, se sentaron.

El cubano aún no había llegado.

—Llega tarde —comentó Santini.

—Como siempre —añadió Chuso.

No respondí.

Apareció minutos después, gafas de sol, sonrisa tranquila.

—Perdón, Intérprete. Ayer tuve fiesta en el yate. Se alargó.

—Lo sé. Siéntate.

—Oye, hoy nos tienes que invitar —dijo Chuso—. Ya está bien de misterio.

El cubano sonrió, apenas.

—Cuando quieras.

Me aclaré la garganta.

—Vamos a lo importante.

El ambiente cambió.

—La Casa Neroni está funcionando mejor de lo previsto. El socio quiere replicar el modelo en Nueva Orleans y Nueva York.

El Mono asintió.

—La mercancía no es problema. Puedo aumentar volumen sin levantar ruido. Misma estructura. Más carga.

—¿Cantidades? —preguntó Park.

—Controladas. Nada que active alertas.

—Florida sigue siendo la puerta —añadió el cubano—. Yo me encargo de que todo entre limpio.

—Para el traslado hacia el norte —dijo Chuso—, había pensado en rutas aéreas.

Negué.

—No. Demasiado controladas. No vamos a arriesgar.

—¿Entonces?

—Terrestre. Ahí entras tú, Chuso. Rutas, tiempos, terreno.

Se quedó pensativo.

—Es viable. Tengo la gente y la logística.

—Perfecto. Park, coordina accesos desde California como respaldo. Santini, el lavado sigue igual, reforzado desde Europa.

Asintieron.

—Entonces queda así. Nueva Orleans y Nueva York entran en juego. Sin prisas. Sin errores. Esto no es expansión: es consolidación.

Cuando se fueron, me quedé sola frente al mar.

Todo estaba en marcha. Todo encajaba.

Y, aun así, algo no terminaba de sostenerse.