La Intérprete LA PIEZA OCULTA
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LA PIEZA OCULTA

La mañana entraba limpia por los ventanales del despacho. Brickell despertaba abajo, con su ritmo exacto, casi arrogante, y yo intentaba acompasarme. Café negro, agenda abierta, la tablet encendida. Todo en orden.

O eso quería creer.

Al cruzar la puerta, algo rompió la geometría del lugar.

Sobre la mesa había una caja negra, alargada, perfectamente colocada.

Me acerqué despacio. En la tapa, una tarjeta sencilla:

La otra noche no fue suficiente. Quiero más.

La abrí.

Dentro, lencería negra de alta gama. Encaje finísimo. Provocación sin disimulo.

Sonreí.

Muy Thiago.

Directo. Físico. Sin metáforas.

Y, lo peor, me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Cerré la caja con cuidado y la aparté a un lado del escritorio.

Entonces sonó el teléfono.

—Seco, dime.

—Buenos días, señora.

Su tono era firme.

—He estado toda la madrugada con esto. Nada. Del segundo coche, ni rastro.

—¿Nada?

—Nada. Ni matrículas, ni cámaras, ni testigos. Hemos revisado todo. Es como si no hubiera existido.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Y el coche gris?

—Ahí sí hay indicios claros. Munición, maniobra, tiempos… coincide otra vez con Sinaloa. No hay duda: hombres de Ríos.

Cerré los ojos un segundo.

—Entonces sabemos quién atacó… pero no quién nos salvó.

—Exacto. Sigo buscando y la mantengo informada.

—Gracias, Seco.

Colgué.

No me gustaba esa parte invisible del tablero.

Minutos después llamé al Chuso.

—Intérprete —respondió al instante—. Ya estoy al corriente.

—Te escucho.

—Aquí ya se comenta que te estás moviendo fuerte en Florida. Le estás quitando terreno. Ese es su lenguaje: aviso, presión.

—No te llamaba por eso —le corté—. Te llamaba por el otro coche.

Silencio breve.

—De eso no sabemos nada. No ha salido ninguna habladuría. Nadie se lo atribuye.

Me levanté y caminé hasta la cristalera.

—¿Y si no iba por mí?

—Es posible. Un cruce. Tú eras el objetivo… y el otro coche iba a por ellos. Guerras internas. A veces el caos parece coreografiado.

—Las casualidades no existen, Chuso.

Pausa.

—Voy a mover oídos. Si sale algo, te aviso.

—Gracias. Y una cosa más.

—Dime.

—El negocio que tenía pendiente contigo ya está en marcha.

Hice una pausa

—Se abre algo grande. Y quiero que estés dentro. E necesito en Florida esta semana. Voy a organizar una reunión como las de antes. Estratégica.

Hubo una risa breve.

—Es un honor que me hayas elegido, Intérprete.

—Has sido fiel. Confiaste cuando otros dudaron.

—¿Podemos saber algo más?

Sonreí.

—Prefiero decírtelo en persona.

—¿Territorio?

—Estados Unidos.

—Órale… Nos vemos la semana que viene.

Colgué.

Abrí el móvil y envié dos mensajes cifrados, precisos. Cité a Park y a Santini en Miami. Ambos confirmaron sin demora.

Dejé el teléfono y miré de nuevo el regalo de Thiago.

Todo avanzaba. Demasiado.

Salí del despacho entrada la noche.

—No me lleven a casa —dije al subir al coche—. Vamos al ático del señor Cruz.

—Entendido, señora. Vigilaremos el edificio.

La ciudad se deslizaba a mi alrededor mientras avanzábamos. Llevaba una chaqueta larga, ligera, cerrada hasta el cuello. Debajo, solo el regalo de Thiago.

La idea me hizo sonreír.

Su ático estaba iluminado con discreción.

Abrió de inmediato.

—Te estaba esperando —dijo, con esa sonrisa que ya conocía.

Me acerqué. Nos besamos nada más vernos.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja—. Después de lo de anoche…

—Estoy aquí —respondí.

Me sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.

—¿Has visto mi regalo?

No contesté.

Di un paso atrás.

Mis dedos desabrocharon la chaqueta sin prisa. La tela cayó, y quedé frente a él, solo con la lencería negra.

Thiago se quedó inmóvil un segundo.

—Wow… —murmuró.

Se acercó despacio, como si midiera la distancia. Sus manos se detuvieron en mi cintura.

—Te queda incluso mejor de lo que imaginaba.

—Lo sabía.

No hicieron falta más palabras. La puerta se cerró a nuestras espaldas y la noche se volvió más intensa, más cercana. Aquello ya no era solo fuego: era algo más peligroso. Y aun así, no me aparté.

Desperté envuelta en su cuerpo, con la luz de la mañana filtrándose por las cortinas. Todo estaba en silencio, salvo su respiración lenta contra mi cuello.

—¿Estás despierta? —murmuró, sin abrir los ojos.

—Sí.

Se movió apenas, acomodándome más contra él.

—He pensado algo.

Levanté la cabeza.

—Eso suele ser peligroso en ti.

Sonrió.

—¿Por qué no te traes algunas cosas aquí?

Parpadeé, aún medio dormida.

—No te sigo.

—Tu despacho está en Brickell. Mi ático también. Está más cerca que tu casa —dijo, con un tono práctico que no ocultaba la intención—. Habrá noches en las que te convenga quedarte.

—¿Convenga? —arqueé una ceja—. ¿Esto es logística?

Se rió, bajo.

—Llámalo comodidad. No te estoy pidiendo que vivas conmigo. Ni compromiso. Solo… que tengas algo aquí.

Me incorporé un poco, apoyando una mano en su pecho.

—Lo pensaré.

—Eso significa que estoy ganando terreno.

Me incliné y lo besé despacio, sin responder.

—Hablando de terreno —añadió—, el club está funcionando mejor de lo esperado. Las entradas van perfectas. Los ingresos se han multiplicado.

Me miró con atención.

—Conocerte ha sido una suerte.

Sonreí, apoyando la frente en la suya.

—Me alegra que lo veas así.

Nos quedamos en silencio, dejando que la mañana avanzara.

Sabía que aquello no era solo comodidad. Ni solo negocios.

Aquella mañana salí del apartamento de Thiago con una copia de las llaves en el bolso… y algo mucho más difícil de devolver.