ENTRE LLAMAS
La mañana me encontró sentada en el despacho, con la ciudad desplegada ante mí como un tablero de cristal. Brickell brillaba bajo el sol: rascacielos, agua, reflejos blancos. Todo impecable. Todo bajo control.
Y, aun así, no conseguía concentrarme.
Mis dedos reposaban sobre la mesa, el café intacto, los documentos abiertos… pero mi mente estaba en otro lugar: el vapor del jacuzzi, la luz de las velas sobre su piel mojada, sus brazos rodeándome con una seguridad insolente. El fuego.
Cerré los ojos un segundo.
Concéntrate .
Negocios primero. Siempre .
Respiré hondo, volví al informe… y entonces la voz de mi secretaria sonó suave por el interfono.
—Señora, tiene visita.
—¿Quién? —pregunté sin levantar la vista.
—Thiago Cruz.
No pude evitar sonreír.
—Déjale pasar.
La puerta se abrió y entró como si el despacho le perteneciera. Camiseta ajustada. El pecho marcado. Ese andar seguro que ya conocía demasiado bien.
—Vaya, no te esperaba a estas horas. Nos despedimos esta mañana… y ya estás aquí al mediodía —dije, alzando una ceja—. ¿Tan irresistible soy?
Sonrió, ladeando la cabeza.
—Bastante.
Se acercó despacio, observándolo todo.
—He venido a proponerte una comida. Quiero hablar contigo.
—Te escucho. Negocios ahora. El placer después.
Se rió, bajo.
—Anoche fue un éxito.
—No lo dudaba.
—Todo salió mejor de lo previsto. Ríos no sospechó nada. La mercancía pasó limpia.
Me sostuvo la mirada.
—He ganado mucho dinero gracias a ti.
—Me alegra oírlo.
—Y no es todo —continuó—. Esta mañana he hablado con un amigo. ¿Conoces el club Neroni, en Ocean Drive?
Levanté la vista.
—Claro.
—El dueño es amigo mío. No vive siempre aquí; tiene locales en Nueva York y Nueva Orleans. Le he hablado de los resultados… y de ti.
Me recosté ligeramente.
—Ahora sí me interesa.
—Quiere conocerte —sonrió—. Ver si hay margen de colaboración.
—Dile que cuando quiera. Estoy abierta a negociar.
Asintió, satisfecho.
Luego se quedó mirándome. No el despacho. A mí.
Yo llevaba un traje blanco impecable. Elegante, sobrio, y aun así sabía que me veía peligrosa.
—¿Qué? —pregunté—. ¿Qué estás mirando?
—Eres enigmática —dijo—. Anoche eras fuego… y hoy pareces la mujer más correcta de Miami. Pero yo sé lo que hay debajo.
Se acercó un paso más.
—Aléjate —le advertí—. Estoy trabajando. Me distraes.
—Entonces cambiamos de plan —murmuró—. Comemos aquí.
Su mano rozó mi cintura. El calor subió de inmediato. Sostuve su mirada un instante de más.
Sin decir nada, pulsé un botón bajo la mesa.
Las persianas descendieron despacio. Las puertas se bloquearon. El despacho quedó sellado.
Thiago sonrió.
—Mensaje recibido.
Al segundo siguiente me alzó con facilidad y me sentó sobre la mesa. Los papeles cayeron al suelo.
Sus manos, firmes. Su boca encontró la mía sin pedir permiso.
El beso fue intenso, urgente. Durante un instante dejé de resistirme.
Brickell desapareció.
Los negocios, el control, el poder… todo quedó fuera. Solo quedamos él y yo.
Y el fuego.