INNEGOCIABLE
Entré en el despacho de Sebastián con paso firme. El silencio del lugar contrastaba con el rumor lejano de la ciudad.
El despacho olía a café recién hecho y a madera pulida. Todo estaba en orden, como siempre. Demasiado ordenado para la conversación que intuía.
—Quería hablar contigo —empezó, sentándose frente a mí—. Sobre tus propiedades, tus bienes… y cómo quieres organizar todo ahora.
Asentí en silencio.
—Tus ingresos han aumentado de forma considerable desde que estás en Miami. Se han multiplicado. Tenemos margen para invertir y, sinceramente, también la necesidad de hacerlo.
—¿Qué propones?
—Varias opciones —respondió, abriendo una carpeta—. Cinco restaurantes en Brickell y Coconut Grove. Negocios limpios, rentables, fáciles de justificar. Además, propiedades en Key West.
—Key West… —repetí—. Nunca he estado.
—Es discreto, pequeño, elegante. Podría encajarte. Hay buenas oportunidades allí. Y, aparte de eso, ¿hay algo que quieras? ¿Alguna propiedad, una isla, una empresa…?
Me quedé pensativa.
—Sebastián… —dije al cabo de unos segundos—. Si te soy sincera, lo que realmente quiero no puedo tenerlo.
Me miró con atención.
—Entonces no quieres nada material.
—Exacto. No me interesa.
Suspiró suavemente.
—Aun así, si hay algo que te gustaría, dímelo.
—Ahora que lo dices… sí —asentí—. Quiero que compres una propiedad en mi isla. Máxima seguridad, discreción absoluta.
—Perfecto —dijo, tomando nota—. Creo recordar que quedan algunas disponibles, en zonas más resguardadas.
—No es para mí.
Levantó la vista, sorprendido.
—Es para el Seco —dije—. Quiero que la propiedad esté a su nombre.
Sebastián parpadeó.
—Entiendo…
—Quiero que te ocupes también de la escolaridad de sus hijos. De sus estudios, de lo que necesiten. Está aquí conmigo, lejos de su familia, y se está comportando como lo que es: familia.
Sebastián se recostó en la silla, observándome como si acabara de descubrir algo inesperado.
—Es posible. Todo eso es posible.
—¿Te sorprende?
—Un poco —admitió—. Pensé que pedirías algo para ti. Algo grande.
—Sebastián —respondí con calma—. Yo ya lo tengo todo. Todo menos lo que de verdad quisiera. Y eso no se compra.
Hubo un silencio denso.
Finalmente, asintió.
—De acuerdo. Me ocupo de todo. Hablaré con Claire para regularizar la situación legal de la familia de Ramón Aguilar y dejarlo todo atado.
—Perfecto. Mantenme informada.
Me levanté.
—Gracias.
—A ti, Sofía.
Salí del despacho con la sensación de estar cerrando una etapa… aunque no supiera cuál venía después.