La Intérprete ÉLYSIUM
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ÉLYSIUM

La música se oía antes de bajar del coche. Grave, envolvente, palpitante.

San Valentín en Miami no tenía nada de cursi: era lujo, exceso y piel.

Nada más detenernos, dos hombres de seguridad se acercaron. No dije nada. Bastó una mirada. Ya sabían quién era. Me condujeron a una entrada lateral, tapizada en terciopelo oscuro. VIP. Directa al corazón del club.

Subí las escaleras y entré en el reservado.

Un balcón suspendido sobre la pista, como un palco. Desde allí se veía todo: cuerpos al ritmo de la música, luces rojas y doradas, cristal, champán, el deseo flotando en el aire.

La decoración evitaba lo obvio: rojo oscuro, luz cálida, velas bajas. San Valentín, a su manera.

Estaba sola.

En el centro, un ramo de rosas rojas. A su lado, una botella de champán frío y dos copas. Me acerqué.

Una nota doblada.

“Por esta noche. Por lo que empieza… y se consolida .”

Sonreí. Siempre había doble fondo.

—Veo que has llegado puntual.

Su voz llegó antes que él. Grave. Segura.

Me giré despacio.

—Como siempre.

Thiago apareció con una sonrisa conocida. Impecable: camisa oscura abierta lo justo, chaqueta entallada, el cuerpo insinuado sin esfuerzo. Escandalosamente atractivo.

—¿Te ha gustado el detalle? —preguntó, acercándose.

—No está mal. Siempre se puede afinar.

—Entonces voy bien —sonrió.

Nos besamos. Lento. Medido. Cargado de intención.

—¿Qué te parece el club? —preguntó—. ¿Cumple?

Miré abajo. La pista llena. Todo encajaba.

—Perfecto. Esta noche saldrá como tiene que salir.

Alcé la nota entre dos dedos.

—¿Y esto? ¿Qué pretendes consolidar hoy?

Se rió, bajo.

—Siempre tan directa.

La música subió. El club empezó a poblarse de gente importante. Thiago me presentó socios, amigos, nombres que abrían puertas. Sonrisas, copas, champán deslizándose frío por la garganta. Permanecimos juntos, demasiado cerca para que fuese casual.

Bailamos.

Thiago se movía bien. Demasiado bien. Pegado a mí, marcando el ritmo con el cuerpo, con una seguridad casi insolente. Sus manos recorrían mi cuerpo sin pedir permiso. Su boca cerca de mi oído.

—Ese vestido… —murmuró—. Te queda espectacular. Aunque estaría mejor en el suelo.

—Compórtate.

—Esta noche no —susurró—. Tengo ganas de hacerte cosas aquí mismo.

—Hablas demasiado. Eso te delata.

Seguimos bailando, rozándonos lo justo. El calor subía. El club vibraba.

Mi teléfono vibró una sola vez.

Mensaje cifrado. Una clave.

Todo estaba en su sitio.

Respiré.

—Ya está —le dije, acercándome a su oído—. Todo ha salido perfecto.

Sus ojos brillaron.

—Entonces brindemos.

—Brindemos.

—Te vas a hacer de oro conmigo —dijo—. Esto no ha hecho más que empezar.

—Concéntrate. Lo demás vendrá.

La noche avanzó entre música, risas y una tensión que se acumulaba bajo la piel. Y entonces decidí no rodearla más.

Lo miré a los ojos.

—Thiago, dime la verdad. ¿Estás viendo a otras mujeres?

Soltó una risa baja y negó.

—¿De verdad me preguntas eso?

No sonreí.

—Prefiero oírlo de ti que enterarme por otros. Tengo ojos en todas partes.

Dio un paso hacia mí, despacio, seguro. Me sostuvo la mirada, apenas ladeó la cabeza.

—Puedes tener todos los ojos del mundo mirando —murmuró—, pero no van a encontrar nada.

Rozó mi mano.

—No hay otras mujeres. No me interesan. Solo tengo ojos para ti… ¿de verdad crees que me distraería con menos?

Su sonrisa era impecable. Demasiado.

El tiempo pasó sin aviso y la fiesta empezó a apagarse entre despedidas y copas vacías. La noche había salido exactamente como debía.

—Es hora de que me vaya —dije al final.

—¿Ya? —me miró—. No. Esta noche es mía. Ven a mi ático.

No respondí. Solo lo miré.

Su ático estaba en silencio cuando entramos. Luces tenues, cristal por todas partes. Miami iluminada a nuestros pies.

El jacuzzi, lleno de espuma, pétalos de rosas flotando sobre el agua. Velas encendidas. Todo preparado.

—Has apostado fuerte —dije.

—Mucho —respondió.

—¿Y si no hubiera venido? Habrías buscado sustituta, ¿no?

—Tú no eres sustituible.

Nos besamos. Esta vez sin frenos.

La ropa cayó al suelo sin orden. Entramos en el jacuzzi juntos. El agua caliente, su cuerpo contra el mío. Mis manos recorriendo su pecho mojado, los abdominales tensos, los tatuajes brillando con la luz de las velas.

Me senté sobre él. Sus manos en mi espalda, firmes, hambrientas. Nos mirábamos sin decir nada. Solo respiración, piel, deseo.

Todo era intenso, físico, salvaje, presente.

Miami brillaba detrás del cristal. Por un momento, no existía nada más.

Esa noche había ganado una operación perfecta. Pero también estaba jugando con fuego.