ALTITUD
El jet esperaba en la pista de Marsella cuando apareció por la puerta lateral.
—Sophie.
Me levanté y nos abrazamos.
—Estás radiante —dijo, separándose apenas—. Miami te sienta bien. —O quizá he dejado de esconderme.
Sonrió.
Se sentó frente a mí. La azafata dejó dos copas.
—¿Champán? —Te conozco.
Rió. Brindamos.
—A tu nueva vida, Sophie. —Y a los que siguen.
El avión despegó. Marsella se hizo pequeña.
—Bien —dijo, cambiando el tono—. El ruso está inquieto.
Sergei Volkov.
—Siempre negoció con el Halcón. No le gusta la incertidumbre. Cree que sin él todo puede cambiar.
—Es normal. Por eso vamos. Para que entienda que no ha cambiado nada.
Santini me observó.
—Te noto distinta. —¿Mejor o peor? —Más segura. Más tuya.
Sonreí.
Y lo vio.
—Esa sonrisa… —se inclinó—. ¿Hay alguien?
Suspiré.
—Puede.
—Ajá —sonrió—. Así que esa era tu asunto por resolver.
—No exageres. —Luego soy yo el de la mala fama —rió.
—No es nada serio —dije—. Lo conocí por negocios.
Ya sabes, la estructura de Florida que estoy montando.
Esta noche era importante. —Claro —dijo, burlón—.
¿Reunión profesional o personal? —Digamos que iba a ser profesional… hasta que lo vi.
Santini soltó una carcajada.
—No puedo creerlo. —Tiene un cuerpo escultural —añadí, encogiéndome de hombros. —Sophie… estás caliente. —Cállate —reí—. Es solo… diferente.
La risa se fue apagando. Me quedé mirando la copa.
—A veces me pregunto si estoy haciendo lo correcto.
Santini se puso serio.
—¿Por el Halcón?
Asentí.
—No lo he olvidado.
—Sophie —dijo con suavidad—. Fue él quien decidió irse. Ha pasado tiempo. Tienes derecho a vivir. Incluso a equivocarte.
—Lo sé.
El jet siguió su rumbo, estable, silencioso.