MOSCÚ
Seco. Cortante.
No se colaba: golpeaba.
El cielo, gris metálico. El aire, detenido.
Bajé del coche y ajusté el abrigo negro. Largo. Sobrio.
Allí no había lugar para frivolidades.
Salimos del hotel temprano. Moscú a esa hora imponía silencio. Al pasar por la Plaza Roja, todo parecía suspendido. San Basilio, irreal. El Kremlin, inmóvil.
Peso.
—Nunca me acostumbro a este lugar —murmuró Santini.
El coche dejó atrás el centro. La casa de Sergei Volkov estaba a las afueras: árboles desnudos, nieve pisada, terreno vallado.
Demasiado control.
Dos hombres armados nos detuvieron antes de parar.
—Documentos.
Santini los entregó. Yo sostuve la mirada.
Un segundo de más.
Asintieron.
La casa era una fortaleza: piedra, acero, cristal. Dentro, lujo frío. Mármol oscuro, líneas rectas. Nada sobraba.
Nos llevaron a una sala amplia. Mesa larga. Madera maciza.
Volkov ya estaba allí.
Corpulento. Rostro duro. Ojos claros.
No se levantó.
—Santini.
Se estrecharon la mano.
—Pensé que vendrías solo. —Los tiempos cambian. Te presento a Sofía.
Me midió.
—La Intérprete. El Halcón confiaba en ti.
—Y yo en él. Ahora estoy aquí.
Silencio.
—No negocio con fantasmas —dijo—. Ni con viudas sin experiencia.
Santini tensó la mandíbula.
—No estoy aquí para que confíes —dije—. Estoy aquí para que ganes dinero.
Volkov entrecerró los ojos.
—El Halcón garantizaba estabilidad. —Y la seguirá habiendo. Rutas intactas. Entradas bajo control. Salidas aseguradas. Menos ruido. Más margen.
—¿Por qué debería creerte?
Me incliné apenas.
—Porque si no, no estaría aquí.
Un murmullo leve.
—Eres directa.
—No hay tiempo para rodeos. Mantienes volumen. Mejoras margen. Reduces exposición. El Halcón asumía riesgos innecesarios.
—¿Y tú qué ganas? —Control. Continuidad.
La palabra quedó suspendida.
Volkov se levantó, fue a la ventana. Nieve.
Volvió.
—El Halcón nunca me mintió. —Yo tampoco. Pero no prometo lealtad. Prometo resultados.
Silencio.
Apoyó los nudillos en la mesa.
—El Halcón controlaba todo. ¿Tú también?
—No intento imitarlo. Él intimidaba. Yo prevengo.
—Las palabras no mueven mercancía. —Los errores la bloquean.
Me sostuvo la mirada.
—Hablas como si conocieras mis problemas.
—Los conozco. Perdiste dos cargamentos en el Báltico. Filtraciones. No logística.
Santini no reaccionó. Volkov tampoco.
—¿Quién te ha dado eso?
—No importa. Ya he cambiado la ruta. A partir de ahora, pasa por donde funcione.
—¿Y si no funciona?
—No vuelves a verme.
Sonrió, ahora sí interesado.
—El Halcón negociaba desde la fuerza. —Y terminó siendo un objetivo. Yo negocio desde la invisibilidad.
—¿Eso te protege? —Nos protege.
Se recostó.
—Eres peligrosa. —Soy eficiente.
Silencio.
—Tres meses —dijo—. Sin errores.
—No trabajo con sorpresas.
Alzó la copa.
—Veremos si el Halcón acertó.
Choqué la mía.
—No se equivocó. Llegó antes.
Volvió a sentarse.
—Tres meses. Si fallas, desapareces. —Es justo.
Santini soltó el aire.
Volkov alzó su vodka.
—Seguimos.
Brindé sin sonreír.
Al salir, el frío golpeó otra vez.
Pero ya no importaba.
Había entrado como incógnita.
Salía como alguien a quien empezaban a respetar.