EN SU TERRENO
El edificio se alzaba en Brickell, afilado contra el cielo. Cristal, acero, líneas limpias. Dinero viejo y nuevo en el vestíbulo: relojes imposibles, mujeres que caminaban como si todo les perteneciera.
Todo respiraba poder.
Entré sin prisa.
El vestido negro era una elección. Transparencias que no ocultaban del todo, insinuando más de lo que permitían. Ajustado como una segunda piel. Peligroso.
Cada paso marcaba intención.
—Buenas noches —dije al portero—. Vengo a ver al señor Cruz.
Me sostuvo la mirada un segundo de más. Asintió.
—Última planta.
El ascensor subió en silencio, de cristal. Miami se abría abajo, viva.
Al detenerse, la puerta del ático estaba entreabierta.
Toqué una vez.
—Adelante.
Ahí estaba.
Thiago Cruz, apoyado en la isla, esperándome. Camisa desabrochada de más, los tatuajes visibles. El cuerpo insinuado, no exhibido.
Todo en él encajaba.
Demasiado
—Vaya —dijo, recorriéndome sin ocultarlo—. Has venido a jugar.
Entré despacio.
—Me gusta saber a qué mesa me siento.
El ático era un loft abierto, sin divisiones. Barra a un lado, mesa preparada, velas discretas, copas servidas. Al fondo, la cama junto a la cristalera. Un jacuzzi en una esquina.
Todo hablaba de él.
—Bienvenida a mi hogar —dijo—. O a mi terreno de juego.
—Me recuerda a mi ático en Ciudad de México.
Alzó una ceja.
—¿Polanco?
Sonreí.
—Polanco.
Silbó bajo.
—Cada vez eres más interesante.
Al pasar junto a él, su mirada se detuvo.
—Te has vestido para matar. —Depende del objetivo.
Rió, lento.
—Aperitivo, tu nombre… cena. Voy avanzando. —Te dije que era selectiva. —Entonces espero estar a la altura.
Me ofreció una copa.
—¿Qué tomas? —Con hombres como tú no bebo lo primero que me ofrecen.
Soltó una carcajada.
—Eso duele… pero me gusta.
Sirvió la bebida con calma.
—Coquito con ron añejo. —Buena elección.
Alzamos las copas.
—¿Por qué brindamos? —Por las decisiones que cambian las cosas.
Bebimos.
No apartábamos la mirada.
La distancia se volvió mínima. Peligrosa.
Dejamos las copas casi al mismo tiempo.
Thiago dio un paso. Sus manos subieron por mi cintura, firmes, seguras. Tiró de mí sin pedir permiso.
No me aparté.
Me acerqué.
Lo besé.
Sin duda. Sin prisa.
Él respondió al instante, como si ya no pudiera esperar más.
Su cuerpo contra el mío, la respiración rompiéndose entre los dos. Mis manos recorrieron su pecho, tirando de la camisa hasta deshacerla.
Su cuerpo era exactamente como prometía: definido, poderoso, moreno. Abdominales marcados, pecho firme, los tatuajes tensándose bajo mis dedos.
Sus manos recorrieron mi espalda y, en un solo movimiento, me quitó el vestido.
Me alzó con facilidad. Mis piernas rodearon su cintura y, sin dejar de besarnos, me llevó hasta su cama.
Me tumbó con una suavidad engañosa y se colocó encima.
Su boca descendió por mi cuello, su cuerpo presionando el mío, provocando sin pausa.
Cada gesto más cerca del límite.
Nos dejamos llevar, sin palabras. Sin margen.
El mundo dejó de importar.
Solo quedaban su piel, su calor, su forma de tocarme sin reservas.
Cuando todo se calmó, nos quedamos tendidos entre las sábanas, respirando despacio.
—He estado investigando sobre ti —dijo al fin.
Sonreí.
—Ah, ¿sí?
—La Intérprete.
Giré el rostro.
—¿Y qué dicen?
—Que eres peligrosa.
—¿Lo parezco?
Sonrió.
—Peligrosamente irresistible.
Reí bajo.
—Suele pasar.
Se apoyó en un codo.
—También dicen que estabas casada. —Dicen muchas cosas. —Que tu marido desapareció. —No todo lo que se cuenta es verdad. Y no todo lo verdadero se cuenta.
Asintió.
—Entonces esto no ha sido casual. —Llámalo como quieras.
Silencio.
—Tus negocios… —empezó—. Tengo exclusividad. —No te pido exclusividad. Solo ampliar horizontes. Compartir.
Eso le despertó una sonrisa distinta. Más lenta. Más interesada.
—Nunca he negociado en mi cama.
—Siempre hay una primera vez.
Me incorporé y empecé a vestirme con calma.
—No tienes que decidir hoy —añadí—. Piénsalo.
—¿Ya te vas? —preguntó—. No hemos cenado.
—Te dije que soy una mujer muy ocupada. Salgo en unas horas.
—¿Dónde?
—Eso ya es demasiada información para una primera cita.
Negó con la cabeza, divertido.
—Eso suena a que habrá una segunda.
—Gánatela.
Me fui sin mirar atrás.
Y supe, sin necesidad de verlo, que se había quedado allí, deseándome.