MI TERRENO
La mañana amaneció clara sobre Brickell.
El despacho ocupaba la última planta del ático, suspendido sobre la ciudad. Todo blanco: paredes, alfombra, la mesa de líneas rectas dominando el espacio. Minimalismo absoluto. Ventanales de suelo a techo: skyline, mar al fondo, cristal, luz.
Estaba sentada, revisando una operación. Todo en curso. Llamadas cifradas, cifras claras, decisiones rápidas.
Control.
Tranquila.
Entonces mi secretaria me interrumpió.
—Señora Sofía, tiene visita.
Levanté la mirada, sin dejar de escribir.
—¿Quién es?
Hubo una breve pausa.
—Un tal… Thiago Cruz.
Sonreí. Todo iba exactamente como lo había calculado.
—Déjalo pasar.
Yo llevaba un traje blanco impecable, entallado. Elegante. Debajo, un top sencillo. No era armadura. Era elección.
La puerta se abrió.
No levanté la mirada.
Su presencia llenó el despacho antes que su voz.
—Vaya… —dijo, con una sonrisa lenta—. Para ser “alguien normal”, trabajas en un sitio bastante impresionante.
Alcé la mirada.
Thiago iba de negro. Camiseta de cuello en pico, ceñida, pantalón oscuro. La seguridad, intacta. Insolente.
No parecía fuera de lugar en el ático.
Parecía el dueño.
—Trabajo aquí —respondí—. ¿Te sorprende?
Sus ojos recorrieron el despacho… y luego a mí. Con descaro.
—Me sorprenden muchas cosas de ti —dijo—. Empezando por lo rápido que has cumplido tu promesa.
—¿Promesa? —arqueé una ceja.
—Dijiste que, si me lo ganaba, sabría más de ti.
Me crucé de brazos.
—Y aquí estás. No has tardado.
Sonrió.
—No me gusta dejar cosas a medias. Y tú… definitivamente no eres algo que se deje a medias.
—¿A qué has venido, Thiago? No creo que sea solo para admirar las vistas.
—He venido porque anoche me dejaste con ganas de más.
Directo.
—Qué poco paciente eres.
—Con las mujeres que sonríen y juegan a gustarme, sí. Contigo no. Tú no juegas a gustar. Juegas a ganar.
Me observaba fijamente. Demasiado. A propósito.
—¿Puedes dejar de mirarme así? —dije—. O al menos disimular.
—No puedo —contestó, sin apartar la mirada—. Estoy imaginando demasiadas cosas debajo de esa blazer blanca que llevas.
Sentí el golpe. Interno. Inmediato. —Eso es un problema tuyo —dije—. Yo estoy trabajando.
—Mentira —sonrió—. Estás controlando.
Se rió suavemente, como si le divirtiera mi resistencia.
—Eres difícil —admitió—. Muy difícil.
—Gracias —respondí—. Es una de mis mejores cualidades.
Hubo un silencio cargado. De esos que no incomodaban, sino que tensaban el aire.
—Te invito a cenar —dijo al fin.
—¿Ya tan pronto?
—Después de un aperitivo… lo lógico es una cena.
—¿Y lo siguiente qué sería? —pregunté.
Soltó una carcajada baja.
—Me estás provocando.
—No —corregí—. Estoy marcando el ritmo.
Sacó una tarjeta de su bolsillo y la dejó sobre la mesa.
—Mi ático. Brickell. Esta noche.
Tomé la tarjeta, la miré un segundo… y la dejé de nuevo en la mesa.
—No prometo nada —dije—. Soy una mujer ocupada.
—No lo dudo —respondió, mirando alrededor—. Con este despacho… y esta actitud.
Se dirigió a la puerta. Justo antes de salir, se giró.
—Hasta esta noche, Sofía.
No respondí.
Cuando la puerta se cerró, el despacho volvió al silencio.
Me quedé inmóvil, mirando la tarjeta sobre la mesa, el skyline extendido tras los cristales.
Todo había salido según lo previsto.
Thiago Cruz había mordido el anzuelo.
Yo tenía el control. Marcaba el ritmo. Decidía cuándo acercarme y cuándo retirarme. Sabía jugar. Y lo hacía bien.
Demasiado bien.
Y, aun así, mientras volvía a sentarme y retomaba los papeles, algo no encajaba.
Porque, por primera vez en mucho tiempo… algo se había movido.
No era lo de antes.
Era impulso.
La chispa de volver a sentir. El cuerpo reaccionando antes que la cabeza. La certeza de seguir viva.
El juego era mío.
Sí.
Pero, esta vez, no estaba segura de ser la única que jugaba.