La Intérprete JUEGO PELIGROSO
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JUEGO PELIGROSO

Era martes, a las ocho.

Estaba sentada en la barra del Akari Rooftop. Lo había privatizado. Sin música alta ni voces: solo el viento y el leve tintinear de la cristalería.

Vestía un vestido rojo oscuro de seda, ceñido. Elegante. Visible.

Frente a mí, Miami encendida: Brickell iluminado, la bahía reflejando luces, el océano al fondo, oscuro.

Un vaso de Yuzu Sour perlaba entre mis dedos.

Entonces lo vi entrar.

Thiago apareció desde el ascensor privado con una seguridad insolente. Americana negra abierta, camiseta ceñida marcando el torso, pantalón oscuro, hebilla captando la luz. Limpio. Peligroso. Difícil no mirarlo.

Se detuvo al verme. Sonrió desde lejos.

—Wow —dijo—. Juegas fuerte.

Miró alrededor, el espacio vacío, las mesas impecables, las vistas.

—¿Solo para nosotros?

Di un sorbo al cóctel sin mirarlo.

—No me gusta que haya testigos cuando sé que algo va a ocurrir.

Se apoyó en la barra, a mi lado.

—¿Y qué va a ocurrir?

Lo miré por fin.

—Eso depende de ti.

Se quitó la americana con un gesto deliberado, provocador, y la dejó sobre el respaldo del taburete. La camiseta de manga corta negra resaltaba sus brazos tatuados, los músculos tensos bajo la tela. Sabía perfectamente lo que hacía.

—¿Qué estás bebiendo? —preguntó.

—Yuzu Sour.

—Entonces lo mismo para mí.

El camarero apareció sin decir palabra y desapareció igual de rápido.

Thiago me observaba con atención abierta, sin disimular.

—Todavía no sé cómo te llamas.

Sonreí apenas.

—Si te lo ganas, lo sabrás al final de la noche.

Soltó una risa baja.

—Eres una mujer difícil.

—No —corregí—. Ya te lo dije. Soy selectiva.

Me recorrió de arriba abajo, sin pudor.

—¿Vives aquí? —Lo justo para que me encuentres.

Imitó suavemente mi acento, divertido.

—“Lo justo para que me encuentres”.

Lo miré.

—¿Tienes algún problema con mi acento español?

—Todo lo contrario —respondió sin dudar—. Me resulta demasiado sexy.

—Comentario fácil. No impresiona.

Rió, claramente encantado.

—Me estás descolocando.

Bebió un sorbo de su cóctel.

—¿A qué te dedicas?

—Soy empresaria.

—Eso no dice mucho.

—O lo dice todo.

Apoyó los codos en la barra.

—Yo también soy empresario. Soy dueño de varios clubs nocturnos aquí en Miami.

—Lo sé.

Se quedó quieto un segundo.

—Para no interesarte por mí, sabes demasiado.

—Sé muchas más cosas de las que crees.

Me observó con una mezcla de curiosidad y deseo.

—Misteriosa… —dijo, bajando la mirada a mi escote— además de irresistible.

Su mirada dejó de pasearse por el vestido y se detuvo en mis labios. De manera descarada, hipnótica, como si los estuviera imaginando antes de tocarlos.

—¿Podrías dejar de mirarme los labios? O al menos disimular.

Sonrió, sin apartar la vista.

—No puedo.

—¿No puedes?

—No quiero.

El aire entre nosotros se tensó. Lo sentí. Lo sabía.

Hubo un impulso.

Me incliné apenas hacia él y lo besé.

Fue un beso lento, cargado de intención. Él reaccionó al instante, acercándome por la cintura, firme, seguro. No era Elías. Thiago no contenía el impulso.

Pero yo sí.

Me separé despacio.

—Hasta aquí.

Me miró, sorprendido.

—¿Así, sin más?

—Te dije que era un aperitivo.

Sonrió, rendido.

Saqué una tarjeta y la dejé sobre la barra.

—Por esta noche, te lo has ganado.

Si quieres más… ya sabes dónde encontrarme.

Se quedó mirando la tarjeta.

SOFÍA Intérprete 1000 Brickell Avenue — Miami Un número de teléfono

—Entonces —dijo—, no lo he hecho tan mal… Sofía.

Me giré antes de irme. Le regalé una sonrisa breve y desaparecí.

Ese beso me había gustado más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Y Thiago Cruz acababa de entrar en mi juego.

Sin saber hasta dónde llegaba.