SIN ANILLO
El agua caía caliente sobre mi espalda, constante, hipnótica. Cerré los ojos y dejé que el ruido de la ducha me aislara del mundo. Durante unos minutos, solo existían el vapor y yo.
Había funcionado.
Lo supe con una claridad incómoda.
Thiago había mordido, despacio, sin darse cuenta. No por un gesto ni por una frase, sino por algo más simple: no necesitarlo. Esa había sido mi mayor arma.
Apoyé la frente en el azulejo y respiré hondo.
Volvió su sonrisa. La forma en que me miraba, como si intentara leerme. Su cuerpo bajo la camiseta blanca, los brazos tatuados, su seguridad.
Era guapo. Peligrosamente atractivo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí culpable al pensarlo.
Miré mi mano izquierda.
Ya no llevaba el anillo.
Me quedé observando la piel desnuda, como si aún esperara encontrar la marca.
¿Estaba haciendo lo correcto?
La pregunta me atravesó sin dramatismo. Sin lágrimas. Solo como un hecho.
Había pasado tiempo.
Más del que parecía.
No sabía si Elías seguía vivo. En el fondo, ya casi no importaba. Lo que sí sabía —con una certeza incómoda— era que se había ido sin darme opción. Sin pensar en mí. Sin dejarme elegir.
Me había abandonado.
Y eso marcaba un punto.
Final.
El daño no era reciente. Profundo. Silencioso. Había llorado. Esperado. Vivido en esa esperanza mínima, cruel, sin dejarme avanzar.
Hasta que entendí que no se podía amar a quien decidía desaparecer.
Me apoyé contra la pared, dejando que el agua me recorriera el pecho.
Había estado muerta un tiempo.
No físicamente. Por dentro.
Funcionando. Dirigiendo. Sobreviviendo.
Sin sentir nada que no fuera miedo, rabia o vacío.
Y ahora…
algo se movía.
No era amor.
Aún no.
Era vida.
El pulso. La curiosidad. Mirar hacia delante sin que doliera tanto. La certeza de que, pese a todo, seguía aquí.
Que no me había roto del todo.
Apagué la ducha. Me quedé un instante en silencio, envuelta en vapor.
No estaba traicionando a nadie.
Estaba regresando a mí.
Y esa decisión —lo supe entonces— no tenía vuelta atrás.