La Intérprete LAS REGLAS
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LAS REGLAS

No fue casualidad.

Sabía que a esa hora Thiago Cruz desayunaba allí. El Cubano me había informado.

Pasa casi todas las mañanas. Le gusta que lo vean.

La terraza estaba bañada por la luz limpia de Miami Beach: madera clara, plantas verdes, el murmullo del mar al fondo. Yo, sola, vestida de blanco. Elegante. Gafas grandes, pelo suelto. Café delante. Tranquila. Dueña del espacio.

Cuando lo vi llegar, no levanté la vista.

Thiago apareció con gafas oscuras, camiseta blanca ceñida, tatuajes visibles en los brazos. Cuerpo trabajado. Seguro. Sabía que atraía miradas… y contaba con ello.

Me reconoció al instante.

—Vaya —dijo, con media sonrisa—. Miami vuelve a ser pequeño.

Levanté la vista despacio.

—Será que eliges bien los sitios.

Se quitó las gafas. Me miró con interés.

—O tal vez te encuentro a propósito.

—Eso suena agotador.

Rió y señaló hacia el coche cercano, donde se distinguían mis hombres.

—¿Siempre vienes con seguridad?

—Solo cuando me apetece —dije, volviendo al café—. Hoy me apetecía.

—Alguien normal no necesita seguridad.

—¿Quién ha dicho que yo sea normal?

Se sentó sin pedir permiso.

—Nunca te había visto por Miami.

—A lo mejor no miras lo suficiente.

Alzó una ceja.

—No estoy acostumbrado a que me hablen así.

—Eso explica muchas cosas.

Sonrió.

—La mayoría de las mujeres sonríen cuando me ven.

—La mayoría no soy yo.

—Eso ya lo he notado.

Se recostó, observándome sin disimulo.

—Y sigo sin saber cómo te llamas.

—Tal vez aún no lo necesites.

—Me lo pones difícil.

—No me gusta lo fácil.

Silencio. Cómodo. Intenso.

—Entonces —dijo—, ¿por qué no nos conocemos mejor? Te invito esta noche.

Negué.

—No me gusta que me inviten.

—¿Y qué te gusta?

Me incliné apenas.

—Elegir.

Rió, incrédulo.

—No eres como las demás.

—Por suerte.

Me sostuvo la mirada, intrigado.

—Está bien. Dime tú.

Me levanté.

—Esta noche no. El martes, un aperitivo. Rooftop japonés, a las ocho. El sitio lo pongo yo.

—¿Y si no aparezco?

Me encogí de hombros.

—Entonces no habrás sabido jugar.

Sonrió, abierto.

—Wow.

Me fui sin mirar atrás.

Thiago ya estaba dentro.

El juego seguía.

Las reglas eran mías.