LA INTÉRPRETE
Los meses pasaron sin que los notara. No porque el tiempo curara, sino porque no me permití detenerme.
Florida empezó a tomar forma.
Primero contactos. Después rutas. Luego nombres, cifras, horarios. La estructura crecía y yo aprendía a no mirar atrás.
Trabajaba desde el despacho de Brickell, con el mar al fondo. Pantallas, mapas, llamadas cifradas. Pacífico, Atlántico, Colombia, Marruecos.
Todo conectado. Todo bajo control.
Park cumplió. El Mono también. Santini sostuvo Europa con su precisión habitual.
Nadie preguntaba por el Halcón. Yo tampoco lo nombraba.
A veces, al final del día, me quedaba sola frente a la ciudad. Miami brillaba distinto a La Paz. Más dura. Más limpia. No preguntaba de dónde venías ni qué habías perdido.
No lloraba.
No porque no doliera, sino porque el dolor había cambiado de forma.
Un ruido constante. Como el mar, cuando aprendías a no escucharlo.
Algunos días llevaba su chaqueta.
No por el olor. Por la memoria.
Para no olvidar que fui otra.
Dejé de esperar llamadas. De mirar el teléfono por la noche.
El 0,5 % seguía ahí, pero ya no decidía por mí.
Aprendí a sentarme en su lugar. A hablar con hombres que no respetaban: calculaban. A sostener la mirada sin conceder nada.
Me convertí en la Intérprete.
La que entendía todos los idiomas: dinero, miedo, poder.
No estaba lista para amar.
Ni siquiera sabía si alguna vez lo estaría.
Pero estaba construyendo algo.
Y esta vez, ya no dependía de nadie.