La Intérprete 0,5
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0,5

Aquella tarde llegué a casa sin prisa. Me serví una copa de vino y salí al jardín.

El sol descendía despacio, tiñendo el cielo de naranjas y violetas. La piscina devolvía el reflejo, inmóvil. Al fondo, el mar. Demasiado hermoso.

Entonces sonó el teléfono.

Vi el nombre y respondí de inmediato.

—¿Reynolds? —Tengo la información.

El pulso se tensó.

—Te escucho. —He rastreado el hidroavión hasta un punto fijo.

Apreté la copa.

—¿Dónde? —Coordenadas: 14°36′S, 118°57′W. El aparato llega… y desaparece del radar.

Silencio.

—Explícate. —Océano abierto. La señal se pierde. Completa.

Algo se cerró en mi pecho.

—¿Qué significa? —Que no hay rastro después de ese punto.

Noté las lágrimas antes de que cayeran.

—¿Estás diciendo que…? —No es concluyente —cortó—. Pero la hipótesis más probable es que no haya supervivientes.

El mundo se detuvo.

—¿Estás seguro? —Seguro no hay nada. Hay un margen mínimo: un 0,5 %.

Tragué aire.

—¿Cómo? —Radar desactivado manualmente. Ruta planificada. Combustible suficiente. Fuera de control aéreo. Es posible… pero improbable.

Cerré los ojos.

—Gracias. —Esta conversación no ha existido. —Tienes mi palabra.

Colgó.

El atardecer seguía intacto, como si nada hubiera cambiado.

Pero algo en mí sí.

Una parte siempre había creído que podía volver. Otra sabía que no.

Y en medio, la esperanza: persistente, incómoda.

Me quité el anillo y lo dejé sobre la mesa.

Bebí.

Alcé la copa hacia el cielo.

—A ti. Descansa en paz, mi Halcón.

No dije más.

La dejé allí y entré.

Pero ese 0,5 % seguía girando en mi cabeza, como una moneda suspendida.

Lo peor no era la muerte.

Era no poder cerrarla.