LA PARTIDA EMPIEZA
El despacho de Claire era tal como lo imaginaba: líneas limpias, cristal, control. Miami brillaba detrás de los ventanales, azul y blanca, casi insolente.
—Bienvenida a Miami —dijo al verme—. ¿Todo bien?
Me senté frente a ella.
—Me estoy adaptando. No es fácil, pero estoy aquí.
Me observó unos segundos, con esa mirada que no admitía ficción.
—Tus papeles están en orden. Residencia, sociedades, cuentas reactivadas. Nadie puede tocarte ahora mismo. Has hecho bien en moverte rápido.
Lo sabía. Aun así, necesitaba oírlo.
Sebastián apareció desde el despacho contiguo con una carpeta.
—Así que esta es tu nueva base. No está mal empezar de cero aquí.
—Justo por eso he venido —dije—. Necesito un despacho. No quiero trabajar desde casa.
Sebastián alzó una ceja.
—Tengo algo. Ático en Brickell. Discreto. Acceso privado. Apenas lo usamos.
—Lo quiero. Mañana.
Claire frunció el ceño.
—¿Mañana? Sofía, acabas de llegar. Respira.
Negué.
—No tengo tiempo. Voy a montar estructura aquí. Entrada limpia. Miami es clave.
Sebastián sonrió apenas.
—No has venido a esconderte.
—No. He venido a trabajar.
Claire se recostó, evaluándome.
—Has cambiado.
—No tenía alternativa.
Sebastián cerró la carpeta.
—Mañana tendrás todo listo. Llaves, seguridad, comunicaciones.
Me levanté.
—Gracias.
—Una cosa más —añadió Claire antes de que saliera—. Miami no perdona errores.
La miré.
—Yo tampoco.
Salí. El sol rebotaba en los rascacielos.
Donde antes había miedo, ahora había otra cosa.
Dirección.
La oportunidad era evidente.
En la reunión se había mencionado Estados Unidos como un mercado complicado. Saturado. Peligroso.
Yo veía otra cosa.
Un hueco.
No tenía aún la estructura, pero sí lo esencial: contactos. Si levantaba la entrada desde Miami, el control —el mío, el nuestro— se multiplicaría.
No había margen para esperar.
Bajé al coche.
—A la marina de Miami Beach.
El trayecto se disolvió entre palmeras y luz. Mi cabeza ya iba por delante.
Lo reconocí antes de que el coche se detuviera. El yate destacaba sin esfuerzo: limpio, blanco, discreto.
El Cubano estaba en cubierta, de espaldas al mar. Albornoz claro, gafas de sol, copa en la mano.
Me vio. Sonrió.
—Intérprete. Te estaba esperando.
Subí a bordo. Sal, madera pulida, vino blanco.
Me ofreció una copa. La acepté.
—¿Qué bolá? —preguntó.
—Trabajando —respondí.
Asintió.
—No me entra en la cabeza lo del Halcón.
Lo miré un segundo de más.
—A mí tampoco. Pero no he venido a hablar de él.
Le interesó.
—Te escucho.
Me senté frente a él.
—Quiero abrir una nueva entrada en Florida. Tenemos mercancía parada. Aquí hay margen para crecer. Mucho.
Se recostó.
—¿Incluyéndome?
—Especialmente.
Giró la copa entre los dedos.
—Ya sabes por dónde se mueve aquí lo importante. Yo tengo acceso a algunos clubes secundarios, pero no a los que mandan en Miami…
—Lo sé. Eclipse. Blue Pulse. Neon Room…
Sonrió, apenas.
—Esos ya están cubiertos.
—Ríos.
No aparté la mirada.
—No me preocupa —añadí—. Vamos a quitárselos.
Soltó una risa breve.
—Eso no ocurre.
—Todo ocurre —dije—. Depende del precio.
El silencio se tensó entre los dos.
—Eres ambiciosa —dijo—. Me gusta. Pero es peligroso.
—También es rentable.
Se inclinó hacia mí.
—El dueño es Thiago Cruz. Puertorriqueño.
Lo describió sin adornos: atractivo, mujeriego, demasiado consciente de sí mismo. Dueño de la noche. Difícil de alcanzar.
—Tiene exclusividad con Ríos desde hace años —añadió—. Nadie la ha roto.
Sostuve su mirada.
—Entonces la romperé yo.
Me observó un instante más. Luego sonrió, esta vez sin ironía.
—Si lo consigues, te habrás ganado todo.
Le devolví la sonrisa.
—Entonces ve preparándote.
El mar brillaba detrás.
La partida empezaba.
Y yo no entraba a jugar.
Entraba a ganar.