EL JUEGO EMPIEZA
La invitación llegó esa mañana.
Privada. Sin nombre.
Una dirección, una hora y una línea: after party – socios .
No hizo falta explicación.
Fui sola.
Elegí un vestido negro, asimétrico, de seda mate. Abertura mínima al caminar.
No iba a impresionar. Iba a medir.
El club era nuevo, pero ya imponía.
Luz dorada, baja. Música lenta, profunda. Vibraba más en el pecho que en los oídos.
Perfume caro, alcohol limpio, dinero en movimiento.
Gente elegida. Nadie sobraba.
Lo vi enseguida.
Thiago Cruz.
No necesitaba presentación.
Alto. Complexión atlética. Hombros anchos. Camisa negra, abierta un botón más de lo necesario, insinuando un pecho trabajado. Piel tostada. Barba corta, medida en su descuido. Mandíbula firme.
Ojos oscuros, atentos. Peligrosos.
Sonreía.
Y el efecto era inmediato. Magnético.
Extremadamente atractivo.
Y plenamente consciente de ello.
Yo no reaccioné.
Ni siquiera lo miré. Me senté en la barra y pedí agua con gas y hielo. Nada más.
Sentí su mirada antes de verlo acercarse. Esa presencia de alguien acostumbrado a que la noche se abriera a su paso.
—No te he visto nunca por Miami —dijo en inglés, con un acento suave—. Y eso es raro.
No giré el cuerpo hacia él. Apenas ladeé la cabeza.
—Miami es grande.
Hubo un silencio breve. Lo suficiente.
—¿Quién eres? —preguntó, directo.
Bebí un sorbo de agua. Tranquila.
—Alguien que no suele quedarse donde no la necesitan.
Le devolví la mirada por primera vez. Sin desafío. Sin interés. Neutral.
Noté el cambio. Ese instante exacto en el que algo dejaba de encajar para alguien como él.
—No bebes —observó.
—Esta noche no.
Pidió dos copas y deslizó una hacia mí. No la toqué.
—No me gusta que decidan por mí.
Eso le arrancó una sonrisa, breve, ladeada.
—Eso te va a traer problemas por aquí.
Cuando volví a mirarlo, antes de levantarme del taburete, fue él quien habló de nuevo.
—¿Española? —preguntó, casi divertido—. Ese acento no es de aquí.
—¿Te molesta?
—Al contrario —sonrió—. Me resulta… curioso.
Se inclinó un poco más cerca.
—Thiago Cruz. Puertorriqueño. Y propietario de este club.
Asentí, como si el dato no tuviera importancia.
—¿Y tú? —añadió—. ¿Cómo te llamas?
Cogí el bolso con calma.
—No es relevante.
—¿No sueles decir tu nombre?
—No a desconocidos. Y menos en lugares donde todo el mundo cree tener derecho a saberlo.
Soltó una risa baja, genuina.
—Interesante. No sueles encajar en Miami, ¿verdad?
—No tengo por qué encajar en ningún sitio.
Di un paso atrás.
—Nos volveremos a ver —afirmó, con seguridad.
Lo miré un segundo más, lo justo.
—No lo creo.
Y me fui.
No miré atrás.
Pero su silencio pesaba.
Mientras cruzaba la puerta del club, noté que me observaba.
No estaba acostumbrado a que una mujer se marchara sin darle nada.
Ni un nombre. Ni una promesa. Ni una sonrisa.
Y ahí, justo ahí,
el juego había empezado.