SOLA
Llegamos a casa ya entrada la tarde.
Claire se quitó el abrigo con su gesto preciso, como si acabara de salir de una reunión y no de una comisaría. Pedí té. Necesitaba algo caliente entre las manos.
Nos sentamos frente a frente.
La casa estaba en silencio.
Demasiado.
—Gracias —dije—. Por todo.
Claire restó importancia con un gesto leve.
—Para eso estoy. Y voy a seguir estando. En cuanto tenga la resolución, te aviso.
Asentí.
—No te voy a perder de vista.
Hubo una pausa.
—Me ha sorprendido Harris —añadió—. Su cambio.
Bajé la mirada hacia la taza.
—Empieza a ganarse mi confianza.
Claire me sostuvo la mirada un instante.
—No confíes en nadie, Sofía. En nadie.
Asentí.
Nos levantamos. Un abrazo breve. Sin más.
Cuando se fue, la casa volvió a sí misma.
Silencio.
El Seco apareció.
—Bienvenida, señora.
Incliné la cabeza.
—Todo está en orden. He pedido al servicio que preparen para usted cochinita. Como le gusta.
No pude responder enseguida.
—Gracias, Seco.
Me miró. Como si entendiera.
—Tómate el resto del día.
—¿Está segura, señora?
—Sí. Has hecho demasiado por mí esta noche.
—A sus órdenes.
Se retiró.
Y me quedé sola.
Esta vez, sin nada que sostener.
Fui al vestidor. Abrí el armario.
La chaqueta.
La cogí. El olor seguía ahí. No era un recuerdo. Era una ausencia que pesaba. Me senté en la cama con ella entre los brazos. Cerré los ojos.
Va a volver .
La idea apareció sin permiso. No la discutí. Duró lo que duró.
Me quedé dormida unos minutos. Soñé con la puerta. Con pasos. Con él entrando como si nada hubiera cambiado.
Desperté.
Nada. Solo la casa.
Cogí el móvil. Llamadas perdidas. Mensajes. Todos de Santini.
Sophie, ça va? Sophie, llámame. Estoy aquí.
Dejé el teléfono boca abajo. Salí a la terraza. La noche había caído. El mar era una masa oscura, sin forma. Me apoyé en la barandilla.
Entonces ocurrió.
Una risa.
La de mi hermana.
La voz de mi madre.
Giré.
Por un instante, creí verlo allí. Apoyado en la puerta. Mirándome.
Parpadeé.
No había nada.
El golpe llegó después. Seco. Sin aviso.
Volví dentro.
Cogí el teléfono. Marqué.
—¿Sophie?
Su voz, inmediata.
—¿Estás bien?
Abrí la boca.
No salió nada.
—Está bien —dijo—. No hace falta que hables.
Respiré como pude.
—Mañana estoy allí.
Pausa.
—No estás sola.