POR AHORA
La luz entró antes que el ruido.
Un hilo pálido se coló por la ventana alta de la celda y me dio en la cara.
Estaba en el suelo, con la espalda contra la pared, las rodillas recogidas. El cuerpo dolía: el cuello rígido, las piernas entumecidas, la cabeza pesada tras una noche sin descanso.
El frío lo ocupaba todo.
Ya no quedaban lágrimas.
Una puerta metálica se abrió.
Pasos.
—Tiene visita.
Levanté la cabeza.
Y la vi.
Claire apareció al fondo del pasillo, intacta. Tacones firmes, traje impecable, el gesto limpio. Llevaba una carpeta y esa concentración suya que solo aparecía cuando algo iba a romperse.
Me puse en pie como pude.
—Tranquila —dijo—. He venido para sacarte de aquí.
Asentí.
No hacía falta más.
Abrieron la celda. Caminamos por el pasillo.
Reconocí la sala de declaraciones antes de entrar.
La mesa. Las sillas.
El lugar.
El recuerdo llegó sin aviso.
Claire lo notó. Rozó mi brazo.
—Respira. Yo hablo.
Asentí.
Me senté. Crucé las manos.
La puerta se abrió.
Dan, un agente local y Coleman.
El aire cambió.
Coleman dejó una carpeta sobre la mesa.
—Vaya —dijo—. Nuestra intérprete.
Claire no levantó la voz.
—Le agradecería un tono profesional.
—Siempre lo soy.
Se sentó sin prisa. Encendieron la grabadora.
—Señora Sofía —empezó—. Es usted la principal sospechosa en la desaparición del señor Montoya.
Claire intervino con la misma calma.
—No hay una sola prueba que sostenga esa afirmación.
—Ya veremos.
Se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa.
—Vivía con él. Sus cuentas están bloqueadas. Sus movimientos, bajo análisis. Viaje a Los Ángeles… y él desaparece.
Claire no apartó la mirada.
—Mi clienta estaba fuera del país por motivos personales. Debidamente documentados.
Coleman giró la cabeza hacia mí.
—Entonces explíquenos a qué se dedica.
Abrí la boca.
Claire habló antes.
—Mi clienta no va a responder a preguntas ajenas al objeto de esta investigación.
—Todo es relevante —replicó él, sin perder la sonrisa—. Negocios. Socios. Dinero.
Dejó un silencio breve, calculado.
—O lo digo yo.
Dan se tensó en su silla.
—Eso no está probado.
Claire lo miró un segundo de más.
—Agente Harris, cállese —dijo Coleman.
El silencio que siguió fue más denso.
Coleman volvió a centrarse en mí.
—Sigamos —dijo, con una suavidad que no tranquilizaba—. Sofía, puedes hacer esto fácil.
Se inclinó un poco más.
—Declara contra el señor Montoya. Danos nombres. Datos.
Dejó que la frase quedara suspendida.
—Y esto se termina.
Otra pausa.
—Inmunidad. Libertad.
El peso de la sala cayó sobre mí.
Me había abandonado.
La rabia subió primero. Limpia. Precisa. Luego, la decepción.
Y después, el frío.
La salida.
Podía salir de allí.
Bastaba con hablar.
Sentí la mirada de Claire sobre mí.
También la de Dan.
Respiré hondo.
—Todo lo que hacía mi esposo era legal.
Claire sonrió, apenas.
—No hay nada más que añadir.
Abrió la carpeta con calma.
—Y, por cierto, consideramos que esta detención responde a una motivación impropia.
Coleman alzó una ceja, sin perder la compostura.
—¿Perdón?
—Si insiste —continuó Claire—, estaremos encantados de revisar el incidente del aeropuerto de Barajas.
Dejó un leve silencio antes de añadir:
—La maleta.
El cambio en Coleman fue mínimo.
Pero suficiente.
—No tienen pruebas.
Claire inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Seguro?
El silencio se tensó entre ambos.
Coleman desvió la mirada un instante hacia el agente.
—Apague eso.
La grabadora se detuvo con un clic seco.
El aire, de pronto, volvió a moverse.
Coleman se recostó en la silla, como si recalculara.
—Muy bien —dijo al fin—. Puede irse. De momento.
Claire se levantó sin prisa.
—Gracias.
Salimos. Dan se quedó atrás.
En la puerta, nos miramos.
No hizo falta hablar.
Asintió.
Seguí caminando.
Libre, por ahora.