La Intérprete VACÍO
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VACÍO

El agua caía con fuerza sobre mi cuerpo. Caliente. Constante. Casi violenta.

Dejé que resbalara por mi espalda, como si pudiera arrastrar algo de lo que llevaba dentro.

No lo hacía.

Nada se iba.

Nada cedía.

Apoyé la frente contra la pared y cerré los ojos. El ruido del agua lo ocupaba todo y, aun así, mis pensamientos insistían por encima.

Cuando salí, envuelta en la toalla, el vapor empañaba el espejo. Pasé la mano despacio. Mi reflejo apareció poco a poco.

Me quedé mirándome.

No me reconocí del todo.

La mirada estaba apagada. Vacía. Como si en muy poco tiempo me hubieran quitado demasiado.

Y entonces encajó.

París. El viaje.

Ahora lo entendía.

Por qué insistió. Por qué lo preparó en silencio. Por qué se permitió ser otro.

Aquel Elías que se dejó ver sin coraza. El que me miraba como si estuviera memorizando algo que sabía que iba a perder.

Ahora entendía cómo me observaba en cada gesto: mientras caminaba, mientras hablaba, mientras reía como una niña en Ladurée.

No miraba París.

Me miraba a mí.

Todo el tiempo.

Como si quisiera fijarme en algún lugar donde el tiempo no llegara.

Entendía su paciencia. Su forma de tocarme.

Aquella noche en la terraza, cuando despertaba sin encontrarlo y pensaba que algo le inquietaba.

No era inquietud. Era decisión.

Lo tenía previsto.

Aquel “te amo”.

Directo. Sin matices. Sin su habitual distancia.

Me miró y lo dijo.

Como quien cerraba algo sin decirlo.

Como quien se despedía sin hacerlo.

No te puedo prometer el futuro. Solo el ahora.

Nunca prometió más porque sabía que no iba a estar.

El estratega no desapareció. Solo me dejó ver otra cara.

La última.

La rabia subió despacio, desde el estómago.

Rabia.

Por no llevarme con él. Por decidir por mí. Por dejarme aquí.

Con la casa.

Con los hombres.

Con los riesgos.

Había confiado. Había construido algo creyendo que era de dos.

Y no lo era.

Apoyé las manos en el lavabo y bajé la cabeza. El pecho dolía, contenido, como si algo empujara desde dentro.

Había perdido todo lo que importaba.

Tres golpes.

Demasiados.

No tenía fuerzas. Ni para pensar. Ni para sostener nada.

Él mantenía el orden. Siempre.

Yo no.

No sabía cómo protegerme. Ni cómo proteger a nadie. El miedo apareció sin matices.

A Ríos.

A los socios.

Al vacío.

A la soledad.

Y, aun así…

lo seguía queriendo.

Lo amaba.

Con una fuerza que no me sostenía, sino que me arrastraba.

Con una lealtad que dolía.

Con una tristeza sin lugar.

Levanté la mirada. El espejo devolvió otra versión de mí.

Más rota. Más sola. Más consciente.

Aquel viaje a París había sido una despedida.

Y, aun habiendo visto al Elías más íntimo, habría preferido no haberlo conocido así.