ESPERANZA
Llegaron al día siguiente, cuando la luz empezaba a caer y la casa se llenaba de sombras largas.
—Señora… está aquí Daniel Harris. Viene acompañado —anunció seguridad.
—Que pasen.
Bajé.
Dan estaba allí. Inmóvil.
Más cansado. O quizá más real.
Nos miramos un instante demasiado largo.
—Gracias por venir.
—Vamos a trabajar —respondió—. Es lo único que importa.
Se apartó.
—Mark Reynolds.
El hombre asintió.
No destacaba. Y precisamente por eso lo hacía. Movimientos medidos, mirada limpia, sin ruido. De los que veían antes de preguntar.
—Lamento las circunstancias.
Asentí.
Entramos en el salón. Ellos se sentaron. Yo no.
—Cuénteme todo —dijo Reynolds—. Desde el principio. Sin filtrar.
Respiré.
—Yo no estaba aquí.
Dan alzó la vista.
—¿Dónde estabas?
Dudé.
—Sofía —dijo, sin elevar la voz—. Si ocultas algo, no podemos ayudarte.
Lo miré.
—No es tan sencillo contigo.
No apartó la mirada.
—Esto no existe. Ni informes. Ni registro. Te doy mi palabra.
Sostuvo el silencio.
—Confía.
Tragué saliva.
—Fui a Los Ángeles.
Reynolds no reaccionó. Registró el dato.
—¿Motivo?
—Necesitaba cambiar de aire.
—¿Sin él?
—Sí.
Dan no insistió.
—Siga.
—Al volver, ya no contestaba. Pensé que estaría ocupado. Cuando llegué… no estaba.
—¿Hora exacta en que dejó de responder?
Le enseñé el teléfono.
—Aquí.
—¿Entradas o salidas?
—Ninguna. Salió por la mañana a las dunas. Volvió. Después… nada.
—¿Le dijo algo antes?
Dudé.
—Me dijo “te amo”.
Una leve tensión cruzó el rostro de Dan.
—No es propio de él.
—¿Al personal le dijo algo?
—Que no le molestaran esa mañana.
Callé.
Reynolds se puso en pie.
—Vamos a ver la casa.
Me tensé.
—¿Huellas?
—Todo deja rastro —dijo—. Incluso lo que intenta no dejarlo.
—Necesitamos saber si se fue… o si lo hicieron irse —añadió Dan.
—Proceded.
Durante horas revisaron cada superficie. Reynolds trabajaba sin prisa, sin ruido. Como si el tiempo no le afectara.
—¿Hay otra salida? —preguntó.
El pulso se me disparó.
Dan clavó la mirada en mí.
—Sofía… por favor.
Respiré.
—Necesito discreción absoluta.
—Esto no existe —dijo Reynolds.
Dan asintió.
—Tienes mi palabra.
Los llevé al segundo despacho.
—Daos la vuelta.
Tecleé.
La pared se abrió.
Dan exhaló.
—Esto…
—No.
No dije más.
Avanzamos. Reynolds registraba cada centímetro. Al llegar, el vacío del hidroavión lo ocupaba todo.
Dan y yo nos quedamos atrás.
—Gracias, de verdad.
—No iba a dejarte sola.
—Eras mi única opción.
—Lo sé.
Sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario.
No añadió nada más.
Reynolds regresó.
—He terminado.
—¿Y?
—No hay indicios de intervención forzada.
El suelo cedió un poco.
—No puede ser.
—No hay signos de lucha ni de forzamiento. El uso del pasadizo es limpio. Los tiempos encajan. El avión salió sin interferencias.
Pausa.
—Es una salida planificada.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Otra pausa.
—Quien huye obligado comete errores. Aquí no los hay.
El silencio cayó.
Le tendí el sobre. Lo aceptó.
Hice lo mismo con Dan. Lo apartó.
—No estoy aquí por eso.
Lo miré.
Por un segundo, todo fue antes.
—¿El hidroavión? ¿Sería posible localizarlo? —pregunté.
Reynolds dudó un instante.
—Podría intentar rastrearlo. No es sencillo. Y no es barato.
—Te pago el doble.
Saqué otro sobre.
Dan desvió la mirada y soltó un leve resoplido, como si no quisiera formar parte de aquello.
Lo pesó en la mano.
—Veré qué puedo hacer.
Se levantaron.
—Cuídate, Sofía —dijo Dan—. No me compliques más las cosas.
Asentí.
Los vi irse.
El silencio volvió.
Esta vez, distinto.
Elías no había desaparecido.
Se había ido.