SOLUCIÓN DESESPERADA
Aquel primer día fue un caos.
La casa, siempre exacta como un mecanismo sin fisuras, parecía ahora desajustada, tomada por una inquietud que nadie sabía nombrar. Los hombres de seguridad cruzaban pasillos en silencio, revisaban pantallas, accesos, registros… y nada.
Nada que sostener.
Lo tenían todo bajo control. Siempre.
Esta vez, no.
No había llamadas.
Ni mensajes.
Ni movimientos en las cámaras.
Ni archivos alterados.
Ni una grieta.
Solo esa limpieza imposible.
Y ahí empezó el miedo.
Demasiado limpio. Demasiado intacto. Como si alguien hubiera borrado incluso la posibilidad del error.
Pensé en lo que no debía.
¿Y si no se había ido?
¿Y si lo habían sacado de allí?
La idea no llegó de golpe: se fue abriendo paso, lenta, hasta quedarse.
Pero ¿cómo?
¿Cómo se entra en un lugar así sin dejar rastro?
¿Cómo se sale?
La casa era una fortaleza. Sin huellas, sin alarmas, sin una sola desviación en el sistema. Nadie vio nada. Nada falló.
O eso parecía.
Mi cabeza giraba sobre lo mismo, una y otra vez, buscando un punto débil, una fisura mínima que explicara lo imposible.
No estaba.
La tarde se dilató hasta volverse irreal. Pregunté lo mismo demasiadas veces, como si la repetición pudiera forzar una respuesta distinta.
No la hubo.
Cuando cayó la noche, el cuerpo cedió, pero el sueño no. Me tumbé sin desvestirme, a oscuras, con los ojos abiertos sobre el techo.
Cerrarlos era peor.
Pasó una hora. Luego otra.
El tiempo dejó de tener forma.
Me levanté sin hacer ruido. Fui al vestidor. Abrí el armario con una cautela absurda.
Su chaqueta seguía allí, intacta, como todo lo demás.
La cogí.
Me la puse.
Aún conservaba su olor.
No fue un recuerdo.
Fue una presencia breve, suficiente.
Salí a la terraza. La noche estaba inmóvil. El mar apenas respiraba.
Me senté en su silla, la de siempre, y me encogí dentro de la chaqueta, como si pudiera ocupar el lugar que había dejado.
Esperé.
No llegó nada.
Solo el temblor contenido en el pecho, el cuerpo plegándose sobre sí mismo para no romperse del todo.
Pensé en París.
En su manera de mirarme.
En el tacto preciso de sus manos.
En ese hombre que había aparecido sin aviso y que ahora parecía no haber estado nunca.
¿Fue real…o supe tarde que se estaba despidiendo?
La idea surgió sin permiso.
No era una respuesta.
Era una salida.
Solo una persona podía decirme si aquello había sido una decisión…
o si había algo más.
Algo que no se veía.
Alguien que supiera leer lo que no dejaba rastro.
Dudé.
Demasiado.
Ya no confiaba en él.
Y, sin embargo, era lo único que quedaba.
Cogí el teléfono.
Lo sostuve un instante más de lo necesario.
Y marqué.
Dan.
El teléfono sonó dos veces.
—Bueno.
Tragué saliva.
—Dan.
Reconoció mi voz al instante.
—¿Sofía?
—Perdona que te llame a estas horas…
—Si llamas ahora es porque es urgente —cortó—. ¿Qué ocurre?
Dudé un segundo. El silencio al otro lado terminó de empujarme.
—Elías se ha ido.
No respondió de inmediato.
—¿Cómo que se ha ido?
—Ha desaparecido. No está en casa. No contesta. No hay cámaras, ni registros. No hay nada.
Otra pausa. Oí su respiración.
—¿Estás segura de que se ha ido por voluntad propia?
—No lo sé —dije—. Eso es lo peor. No lo sé. Todo está… demasiado limpio.
El nudo volvió.
—Lo siento. No debería haberte llamado.
—Sofía —su tono cambió—. Pese a todo, puedes confiar en mí. Esta vez sí.
Cerré los ojos.
—¿La seguridad ha revisado todo?
—Todo. No hay una sola anomalía.
—¿Secuestro?
La palabra me atravesó.
—No quiero pensarlo… pero sí.
Silencio.
—¿Activo protocolo?
Me incorporé.
—No. Haría demasiado ruido. No ahora.
Respiré.
—Dan… necesito ayuda. Pero discreta.
Mi voz se quebró.
—No puedo con otra pérdida.
Tardó un instante en responder.
—Está bien.
Contuve el aliento.
—Tengo un contacto. Exmilitar. Pasó por Quantico. Es bueno. Y sabe desaparecer. Nada oficial.
—Puedo pagarle.
Un leve suspiro.
—Hablaré con él.
Cerré los ojos.
—Gracias.
—Intenta dormir —añadió—. Mañana hablaremos con algo más que hipótesis.
Colgué.
El silencio regresó.
Pero, por primera vez, no era absoluto.