ALARMA
No dormí.
Ni un minuto.
A las seis de la mañana seguía sentada junto a la ventana, con la ciudad aún a medio despertar al otro lado del cristal. Beverly Hills amanecía de una forma extraña: silenciosa, perfecta, como si lo peligroso ocurriera siempre en otra parte.
Pero yo sabía que sí.
La reunión se había movido a las once.
Sabía la hora.
No el lugar.
Y esta vez no tendría acceso.
Miré la libreta abierta sobre la mesa. Los nombres seguían ahí, escritos con tinta negra:
Harbor Crest. Blackline Storage. Orenda Transit.
Doscientos cuarenta millones.
Era suficiente información para que Park jugara sus cartas… pero no si aquel acuerdo se firmaba antes.
Si cerraban el trato, ya no habría nada que hacer.
Apoyé la cabeza en la mano un segundo. El cansancio empezaba a pesarme.
Entonces el teléfono vibró.
Un mensaje.
Elías.
No me gusta que no estés.
Lo leí dos veces. No porque no lo entendiera.
Porque me sorprendía que él lo hubiera escrito.
Elías.
El hombre de los silencios. De los cálculos. De las frases medidas.
Y sin embargo ahí estaba.
Sonreí apenas y respondí:
En cuanto cierre esto, vuelvo.
Dejé el teléfono sobre la mesa. No tenía tiempo que perder.
Bajé al lobby poco después. El bar ya estaba abierto.
Pedí un café y algo rápido para desayunar. Me senté en un taburete, con un libro abierto delante, fingiendo leer mientras observaba de reojo la entrada del hotel.
Esperé.
Las horas se dilataron.
Cada vez que la puerta giratoria se abría, alzaba la vista apenas unos milímetros.
Nada.
A las diez y media empecé a asumir la peor posibilidad: que la reunión no fuera allí.
Si era así… la misión estaba perdida.
Entonces los vi.
Entraron juntos.
Mercer primero. Después Marchenko y Hrytsenko. Kovalenko, el último.
Miré el reloj.
Diez cuarenta y cinco.
Perfecto.
La reunión seguía siendo en el hotel.
Sentí un leve alivio… hasta que Kovalenko alzó la vista y me miró directamente.
Un segundo de más.
Recordaba mi cara.
La del whisky.
Bajé los ojos hacia el libro y pasé una página sin leer.
No podía volver a subir con ellos. No dos veces.
Los observé desaparecer en el ascensor.
Cuando el panel del lobby indicó su destino, lo memoricé.
Planta diecisiete.
Según el plano que Park me había dado, allí había varias salas de reuniones privadas.
Demasiadas.
No podía arriesgarme a recorrer ese pasillo. Me reconocerían.
Miré el reloj otra vez.
Diez cincuenta.
Diez minutos.
Pensé deprisa.
La información esencial ya estaba en mis manos: los inversores, las empresas, el dinero.
Lo único que necesitaba ahora era tiempo.
Evitar que ese acuerdo se firmara.
Lo suficiente para que Park se adelantara.
Nada más.
El reloj marcaba las diez cincuenta y nueve.
Entonces lo supe.
Corrí hacia el pasillo de servicio. Según el plano del hotel, los paneles técnicos estaban dos niveles más abajo. Saqué el neutralizador y anulé la cámara antes de entrar.
El cuarto de mantenimiento olía a metal caliente y a polvo acumulado. Localicé el panel central: sistema de alarma contra incendios.
Respiré hondo.
Uno.
Dos.
Accioné el sistema manual.
La alarma estalló en todo el edificio.
Sirenas. Luces rojas intermitentes. Voces cruzándose por radio. Puertas abriéndose de golpe.
La evacuación comenzó casi de inmediato.
Salí al pasillo y me mezclé con el personal. Huéspedes desorientados abandonaban las habitaciones. Guardias de seguridad descendían a toda prisa por las escaleras.
Y entonces los vi.
Los cuatro.
Bajaban por la escalera de emergencia, arrastrados por la corriente de evacuados. Mercer maldecía. Kovalenko hervía de rabia.
La reunión había terminado antes de empezar.
Había funcionado.
Quince minutos después iba en el coche, camino del aeropuerto privado. La adrenalina empezaba a disiparse. Saqué el teléfono. Llamada cifrada.
—Park. —Te escucho. —La reunión no se celebró.
Silencio.
—¿Cómo? —La interrumpí.
Se lo expliqué todo: el micrófono, la sospecha, la alarma.
Cuando terminé, Park soltó una breve risa incrédula.
—Has estado muy astuta, Sofía. No se me habría ocurrido. —No tenía muchas opciones.
Miré la ciudad desdibujándose tras la ventanilla.
—Has hecho lo suficiente —añadió—. Con lo que me diste, puedo adelantarme. —Eso espero. —Lo haré.
Pausa.
—Ríos llega tarde.
Días después, Park cerró el acuerdo utilizando exactamente la información que yo había conseguido. La inversión. Las empresas. Las condiciones. Se adelantó a Ríos con una oferta mejor.
Y cuando los inversores volvieron a sentarse a negociar… ya no lo hicieron con él.
Lo hicieron con nosotros.
Horas más tarde subía al jet.
La misión había terminado.