La Intérprete LA ESCUCHA
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LA ESCUCHA

Apagué las luces de la habitación.

No era necesario, pero ayudaba a concentrarse.

Me senté en la mesa junto a la ventana con el auricular en el oído y la libreta abierta delante. Fuera, Beverly Hills seguía brillando como si nada pudiera romper aquella calma artificial.

Dentro del auricular solo había un leve zumbido.

Luego voces.

La reunión había empezado.

Reconocí a Hrytsenko primero. Su tono era seco, contable.

—Doscientos cuarenta millones iniciales.

Escribí la cifra.

—Dos fondos europeos y una sociedad puente en Nevada —añadió.

Otra línea en la libreta.

Nevada. Sociedad puente.

Una silla chirrió.

Marchenko habló entonces, con su acento más marcado.

—Harbor Crest tiene que cerrarse antes del cuarto trimestre.

Anoté el nombre otra vez.

Harbor Crest.

El micrófono captaba todo con claridad sorprendente.

Copas chocando. Papeles moviéndose. La respiración pesada de alguien demasiado cerca del conducto.

Entonces Kovalenko.

La voz tranquila, casi aburrida.

—Ríos quiere la primera ventana abierta antes de noviembre.

Sentí el pulso acelerarse. Ventana antes de noviembre. Eso era exactamente lo que Park necesitaba.

Papeles.

Una botella abriéndose.

Entonces ocurrió.

Un sonido seco.

Un pequeño chasquido metálico que no pertenecía a la conversación.

Un segundo de silencio.

Luego la voz de Mercer.

—¿Habéis oído eso?

Otra silla moviéndose.

Kovalenko habló.

—Espera.

El ruido de pasos.

Más cerca.

Mi estómago se tensó.

Marchenko:

—Hay interferencia.

Alguien golpeó ligeramente la mesa.

—Revisad la sala.

Activé la llamada cifrada. —Park.

—¿Todo bien?

—Han detectado algo.

Los pasos se acercaban a la puerta.

Alguien estaba levantándose.

—Sal de ahí —dijo Park.

Salí de la habitación rápidamente.

El auricular seguía caliente en mi mano cuando cerré la puerta detrás de mí.

No tenía tiempo para pensar.

Corrí hacia el pasillo.

El ascensor tardaría demasiado.

Tomé las escaleras.

Bajé los pisos casi de dos en dos mientras los tacones golpeaban los peldaños con un sonido demasiado fuerte.

Mientras descendía, la frase de Park me atravesó la cabeza otra vez.

Son gente peligrosa.

Y después la voz de Elías, en algún momento de otra noche.

En este mundo el error no siempre se paga con dinero.

Llegué al lobby con el corazón todavía acelerado, pero el espacio tenía la misma calma artificial. Mármol, flores demasiado grandes, el piano.

Nadie parecía haber notado nada.

Perfecto.

Caminé hasta la barra del bar como si no tuviera prisa y me senté.

—Un whisky, por favor.

El camarero asintió.

Respiré despacio mientras colocaba el vaso delante de mí. El hielo tintineó al caer. Me obligué a tomar un sorbo pequeño, a relajar los hombros, a parecer una huésped más.

Tres minutos.

Cuatro.

Entonces los vi.

Los cuatro salieron del ascensor con paso rápido.

Mercer delante. Marchenko hablando por teléfono. Hrytsenko mirando alrededor. Kovalenko caminaba detrás, rígido, con una tensión evidente en los hombros.

Se dirigieron directamente a la recepción.

Yo mantuve la mirada en el vaso.

—Tenemos un problema —dijo Mercer en inglés, seco.

El recepcionista levantó la vista con su sonrisa profesional congelándose a medio camino.

—¿En qué puedo ayudarle, señor?

Kovalenko dio un paso al frente.

Su voz fue más baja.

Más peligrosa.

—Necesitamos saber quién fue la última persona que entró en la sala privada del piso dieciséis.

El recepcionista parpadeó.

—¿Perdón?

—La sala de reuniones —insistió Mercer—. Queremos el registro de la cerradura.

Sentí un frío lento recorrerme la espalda.

La cerradura.

Por formación profesional sabía exactamente lo que significaba.

Si pasaban la tarjeta por el lector, aparecería la última apertura registrada.

La tarjeta de la limpiadora.

Respiré despacio.

Tenía segundos. El lector ya estaba encendido.

El recepcionista ya estaba sacando un pequeño dispositivo del mostrador.

—Un momento, voy a revisar el registro.

Me levanté.

Caminé hacia la recepción con el vaso en la mano.

—Disculpe —dije al mismo tiempo que ellos.

El recepcionista levantó la mirada, visiblemente incómodo.

—Señorita, la atiendo en unos segundos.

El ruso me miró con irritación abierta.

Kovalenko.

Sus ojos pasaron de mi cara al vaso que tenía en la mano.

El recepcionista ya estaba conectando el lector.

No tenía más tiempo.

Necesitaba una solución desesperada.

Di un paso.

Tropecé con el borde de la alfombra.

Y el vaso se inclinó.

El whisky cayó directo sobre la camisa de Kovalenko… y sobre el pequeño dispositivo del mostrador.

El lector chisporroteó.

El líquido ámbar salpicó la barra.

Kovalenko explotó en ruso.

—¡Maldita sea!

—¡Lo siento! —dije, llevándome la mano a la boca—. De verdad, lo siento muchísimo.

El recepcionista saltó hacia atrás.

—¡Señor!

Kovalenko miraba su camisa empapada con una furia fría.

—Esto es ridículo —murmuró Mercer.

—No fue intencional —insistí—. Lo siento de verdad.

El recepcionista estaba completamente desbordado.

—Voy a traer una toalla, señor…

Pero Kovalenko ya se estaba limpiando con una servilleta del bar.

Respiró hondo una vez.

Luego dijo algo en ruso a los otros.

Un par de palabras rápidas.

Irritadas.

Marchenko respondió.

—No tenemos tiempo para esto.

Mercer miró su reloj.

—La cambiamos.

Kovalenko asintió.

—La reunión se pospone.

Una pausa breve.

—Mañana.

—A las once.

Once.

Mi pulso volvió a acelerarse.

Se alejaron de la recepción sin esperar más. El recepcionista seguía mirando el desastre sobre el mostrador.

Yo levanté las manos otra vez, avergonzada.

—Lo siento.

Pero por dentro ya estaba contando.

Once.

La reunión seguía en pie.

Solo había cambiado el momento.

Pero esta vez, no sabía el lugar.