LA SUITE 16
Subí primero a mi habitación.
No era nerviosismo. Era método.
Cerré la puerta y dejé que el silencio del hotel volviera a envolverlo todo.
Abrí el bolso negro que Park me había entregado en el coche.
Tecnología coreana.
Todo estaba ordenado con precisión.
Saqué primero el micrófono. Era casi invisible, una cápsula negra del tamaño de una moneda, con adhesivo industrial y un transmisor delgado como una tarjeta.
Luego el segundo dispositivo: un pequeño bloque metálico mate con una pantalla mínima.
Park lo había llamado simplemente neutralizador.
No apagaba las cámaras. Solo las hacía creer que seguían viendo lo mismo.
Una imagen congelada durante unos minutos.
Tiempo suficiente.
También una tarjeta de acceso genérica.
Guardé todo en el bolso.
Respiré hondo una vez.
Y salí.
El ascensor tardó más de lo normal en llegar.
Cuando las puertas se abrieron, subí sola.
El panel iluminado marcó los pisos mientras descendía.
Diecinueve. Dieciocho. Diecisiete. Dieciséis.
Las puertas se abrieron con un suspiro suave.
Salí.
El pasillo estaba vacío. Alfombra gruesa color arena, paredes beige y cuadros abstractos demasiado caros para que nadie los mirara.
El silencio era absoluto.
Di unos pasos despacio. Miré a la izquierda.
Nada.
A la derecha.
Nada.
Entonces la vi.
La cámara de seguridad, pequeña, negra, en la esquina del techo.
Saqué el neutralizador del bolsillo y lo levanté hacia la lente.
El aparato vibró una vez.
La pantalla mostró una línea verde.
Imagen bloqueada.
Durante los próximos quince minutos, la cámara seguiría mostrando un pasillo vacío.
Guardé el dispositivo.
Ahora necesitaba entrar.
Utilicé la tarjeta que Park me había dado.
Luz roja.
Error.
Volví a intentarlo.
Nada.
Suspiré.
Tenía que pensar algo.
Quince minutos.
Entonces oí algo.
Ruedas.
Giré la cabeza.
Una limpiadora apareció por el pasillo empujando un carrito lleno de toallas.
Perfecto.
O no.
Avanzó hasta detenerse frente a una de las habitaciones.
Mientras colocaba unas sábanas, vi la tarjeta maestra sobresaliendo del bolsillo lateral del carrito.
Miré alrededor.
Nadie.
Caminé hacia ella.
—Disculpe —dije con tono amable.
La mujer levantó la cabeza.
—¿Sí?
Señalé hacia atrás.
—Creo que alguien ha dejado caer algo cerca del ascensor. Una pulsera quizá.
Frunció el ceño.
—¿Dónde?
—Por allí —respondí, señalando el otro extremo del pasillo.
Caminó unos pasos.
Fue suficiente.
Extendí la mano.
La tarjeta salió del carrito sin hacer ruido.
La guardé en el bolsillo.
Cuando la mujer regresó, yo ya estaba mirando mi teléfono.
—No veo nada —dijo.
—Perdone. Quizá me equivoqué.
Sonreí.
—Gracias.
Me alejé despacio.
No corrí.
No miré atrás.
Seguí avanzando hacia la suite.
A mitad del pasillo escuché su voz detrás de mí.
—¿Dónde la he dejado…?
Sentí un escalofrío.
Las ruedas del carrito chirriaron.
—Seguro que la olvidé en otra planta…
Pasaron unos segundos.
Luego el sonido del carrito alejándose.
Respiré.
Ahora sí.
Llegué a la puerta de la suite.
Saqué la tarjeta.
La pasé por el lector.
Luz verde.
Entré.
El interior estaba en penumbra.
Una sala amplia y elegante, con la mesa de reuniones preparada: copas, carpetas, la pantalla aún apagada.
Primero miré el techo.
Esquinas. Lámparas.
Buscando cámaras.
Nada.
Perfecto.
Pensé dónde podría colocar el dispositivo.
Y entonces escuché algo.
Voces.
Ruso.
En el pasillo.
Mi pulso se disparó.
Alguien se acercaba.
No tenía tiempo.
Miré alrededor.
Armarios empotrados junto a la pared.
Abrí uno y me metí dentro. Cerré la puerta dejando una rendija mínima.
Pasos.
La puerta de la suite se abrió.
Un hombre entró hablando por teléfono en ruso.
Kovalenko.
Lo reconocí por la voz.
—No, la reunión empieza en diez minutos.
Caminó por la sala. Dejó unos documentos sobre la mesa.
Sentí el sudor frío recorrerme la espalda.
Si abría ese armario, me veía.
Kovalenko siguió hablando.
—Sí… los inversores ya están aquí.
Colgó.
Durante un segundo pensé que iba a quedarse.
Pero no.
Se giró y salió de la sala.
La puerta volvió a cerrarse.
Esperé.
Uno. Dos. Tres.
Salí del armario.
Las manos me temblaban.
Tenía que hacerlo rápido.
Miré la ventilación cerca de la pared.
Perfecto.
Me agaché, saqué una pequeña lima y aflojé los tornillos de la rejilla. La separé con cuidado.
El conducto conectaba directamente con la sala principal.
Fijé el micrófono en el interior, orientado hacia abajo. Presioné el adhesivo.
Uno. Dos. Tres.
El pequeño led se encendió.
Activo.
Volví a colocar la rejilla y apreté los tornillos.
Me levanté.
Respiré hondo.
Salí de la suite.
Cerré la puerta.
Recorrí el pasillo sin prisa, mirando a ambos lados.
Nadie.
Entré en el ascensor.
Las puertas se cerraron.
Solo entonces noté que el corazón me latía demasiado rápido.
Cuando llegué a mi habitación, cerré la puerta con pestillo.
Apoyé la espalda en la madera.
Suspiré.
La tensión salió de golpe.
Caminé hasta la ventana y saqué el auricular.
Llamada cifrada.
—Park.
—Te escucho.
—El micrófono está dentro.
Hubo un segundo de silencio.
—Perfecto.
Miré la ciudad desde el ventanal.
—La reunión empieza en unos minutos.
—Entonces, escuchemos.